Juan Manuel Pascual, la fuga feliz de un cerebro

Juan Manuel Pascual. :/Salvador Salas
Juan Manuel Pascual. : / Salvador Salas

Un cuarto de siglo en EEUU le moldean como investigador. Juan Manuel Pascual, responsable de la cátedra de enfermedades neurológicas de la University of Texas Southwestern Medical Center, es un científico cargado de filosofía y literatura para el que cerebro y mente son sólo una construcción imaginaria.

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Cuando era muy joven pero ya ampliamente documentado –empezó medicina con 17 años– se acercó al anciano Severo Ochoa en un acto del instituto Gaona y le pidió consejo sobre qué hacer con su futuro. «Gracias a él me empecé a interesar por la investigación», telegrafía el arranque de su aventura el hijo único de los catedráticos de la UMA Guadalupe Fernández Ariza (Literatura) y Pascual Toledo (Filosofía). Ese determinismo ambiental fue clave en una «infancia ilustrada», como él dice, y también cronificó un espíritu crítico que le haría removerse del asiento como alumno en la Facultad de Medicina. «Buscaba en mis libros de medicina el nombre de mis profesores, y salvo alguno, la mayoría nunca aparecían», recuerda aquella temprana decepción que el tiempo no ha cambiado excesivamente en lo que toca a la enseñanza superior en España, tan diferente del modelo en el que ha crecido como investigador y médico desde hace 25 años. Las lecturas, la curiosidad y el ecosistema intelectual en casa le entrenaron sin alambradas entre letras y ciencias, un equipaje con el que emigró junto con el título de medicina y la carta de presentación del nobel asturiano. Se siente un «privilegiado» al frente de la cátedra de enfermedades neurológicas pediátricas en el University of Texas Southwestern Medical Center, un feliz bucle profesional entre los laboratorios y su labor clínica –un hospital de 980 camas– y en uno de los campus de excelencia del país. «Allí está también la segunda maternidad en partos al año –17.000 – después de la de Nueva Delhi», compara la magnitud de sólo el campus de Dallas, uno de los 16 de la institución en un estado mayor que España. La UT es la primera del mundo por el impacto de sus publicaciones y la quinta en productividad, financiación y tamaño, pero Pascual no usa pedestal de hiperespecialista para compartir asombro y curiosidad. Su bagaje científico, su inmersión en la filosofía desde los presocráticos hasta el trashumanismo y su viaje por la literatura contribuyen a unas sinapsis muy singulares en este científico más condesdenciente con la aportación de la literatura que de la filosofía: «Los problemas de la filosofía no se han resuelto, sino que se han disuelto», sentencia. Ante el conocimiento se siente, dice, como Vargas Llosa, un «aguafiestas sin remedio» al que le gusta hablar más de retos que de logros. Es inconformista, y eso tuvo mucho que ver en su sueño americano hacia el conocimiento. Con ese diseccionar ideas y escudriñar en el cerebros de otros, y de ratones de laboratorio –«mi animal preferido»– los proyectos le ocupan ahora en el ámbito de la genómica, que considera el futuro y un empeño de largo recorrido con los roedores como aliados en su equipo. «El genoma del ratón es en un 93 por ciento idénticos a los del ser humano y aunque los del mono lo son en un 98 con el ratón se trabaja mejor. Estamos mutando uno a uno esos 22.000 genes para ver qué efecto tiene, algo que nunca se ha hecho. Sólo se sabe la cuarta parte de lo que hacen los genes en el ser humano, y se trata de hacer como una enciclopedia de los 22.000 genes porque hemos descubierto que cuando algunos genes se destruyen dan más capacidades a los animales».

Ahora trabaja desde Dallas en un proyecto para mutar todos los genomas del ratón

Sus proyectos y sus ideas las difunde con una pedagogía rompedora allí donde le inviten, como el pasado verano en Málaga, de la mano de la fundación Unicaja. Allí habló de los atardeceres «rojo y fuego, únicos», de Texas con la misma pasión con la que se deleita en el punto de fritura de los boquerones en un chiringuito o en tratar de desmontar atávicos lugares comunes del imaginario occidental: «Mente y cerebro son sólo una construcción. No se deben atribuir los procesos mentales al cerebro, sino a la persona en su totalidad. Es la persona la que actúa, no el cerebro, aunque éste tiene que funcionar bien. Son las personas las que ven y perciben; el cerebro ni ve ni percibe nada. Quien ve y memoriza no es una zona del cerebro, sino el individuo completo», sostiene. La exploración de nuevas fronteras del conocimiento, dentro de la neurología infantil, no sólo aportan a su campo de conocimiento; también le han procurado como investigador donaciones que allegan dólares para una cátedra vitalicia como la suya, sostenida por una familia adinerada. Pascual cedió hace unos años una patente sobre una molécula que permite combatir desde la alimentación casos de epilepsias recurrentes e intensas, un hallazgo que no vinculó a esa parte de su agenda laboral del profesorado americano que consiste en buscar financiación para seguir investigando.

Primeras puertas

Lleva la mitad de su vida en EEUU,. y los últimos 15 años en Dallas. El nobel Severo Ochoa le abrió las primeras puertas en el Baylor College of Medicine de Houston. Allí se formó como doctor en fisiología molecular y biofísica, para pasar después a la especialidad de Neurología y en Neurología Infantil por la Universidad de Columbia. En el Instituto Neurológico de Nueva York se forjaría en la practica clínica y las guardias con los mejores neurocirujanos. Siempre anduvo alejado de las zonas de confort de la medicina y la ciencia y más cerca de la reflexión y el descarte de caminos trillados. «Una gran parte de la producción científica es inútil y no conduce a ningún camino, y mucha no es ni siquiera reproducible, dando lugar a infinitas distracciones», defiende mucho tiempo antes de que pinchara la burbuja española de las tesis y los másteres. Una vez que terminan la formación en España, «los mejores no tienen adonde ir», se lamenta. «No hay centros equivalentes. No sirve de mucho tener un centro muy especializado si se tienen que ir fuera. Y eso lleva pasando desde hace un siglo. Cuando Ramón y Cajal desapareció, tenía discípulos muy buenos, gente muy capacitada: Ortega, Achúcaro, Montreal... pero todos se fueron, a Filadelfia, a Buenos Aires y La Habana. Ni uno se quedó en España», indaga quizás empujado por una secreta neurona espejo un malagueño que rehuye acariciar los postulaciones exprés y precoces para la Academia sueca. «Esto es una carrera de fondo, y desengáñese, no hay candidatos con menos de 60 años».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos