Una dinastía de anticuarios

Una dinastía de anticuarios

Juan Fernández Antic padre e hijo abren la puerta al universo de antigüedades que no sólo es su hogar, sino también su vida y la de cuatro generaciones de su familia

LORENA CODES

A los cuatro años, el pequeño Juan Fernández Antic solía jugar entre tallas de arte románico, manuscritos medievales y piezas de mobiliario centenarias. Creció, al igual que lo hizo su padre, en medio del trajín que se genera normalmente en la tienda de un anticuario. Lo mismo que el abuelo. Cuatro generaciones de anticuarios cuyo punto de partida fue la trapería que la abuela Dolores Sada abrió a principios del siglo XX en Los Encants de Barcelona. La pasión por el arte y por la conservación del pasado fue heredándose de generación en generación hasta llegar al padre de Juan, del mismo nombre, que abrió una tienda en la calle Baños Nuevos del barrio gótico de Barcelona, en plena crisis del golpe de Estado del 23-F, cuando Juan aún estaba en el vientre de su madre.

Con los años, Fernández Antic hijo realizó un viaje que lo llevó desde la inocencia infantil de jugar con un caballo de cartón centenario al cual no le daba más valor que el de proporcionarle diversión hasta una adolescencia en la que ya distinguía estilos, siglos y hasta precio de los artículos que pasaban por el comercio de su padre. «Siempre me ha gustado; para mí ha sido algo natural; la casa de Barcelona parecía una galería y mi familia siempre habló de estos temas como en otros hogares se hablaba de fútbol», señala el joven anticuario, mientras muestra el patrimonio que conserva en su casa de la zona este de Málaga, almacén también de su tienda de antigüedades online.

Un negocio al que lleva dedicándose desde siempre y en exclusiva desde hace diez años. El amor lo arrastró desde su Barcelona natal a Málaga, donde Juan ha formado una familia y ha dado una nueva vida a la herencia laboral de su familia. De hecho, en abril de 2011, justo en mitad del huracán de la crisis, su padre y él abrieron una tienda física en el paseo de Reding, número 3, que aguantó el tirón durante dos años. «En aquel momento fuimos muy conscientes de la necesidad de internacionalizar el negocio; la principal vía de entrada de clientes desde que tuvimos la web era el extranjero», remarcaJuan. Españoles o no, la lista de celebrities que los han visitado incluye a Mira Sorvino, Faye Dunaway, Johan Cruyff, María Jiménez e Isabel Gemio, entre otros.

Ahora, desde su refugio con vistas al mar, Juan Fernández padre e hijo abren las puertas a este singular universo de historia, conocimiento y sensibilidad que es el mundo de las antigüedades. Su vida. Juan hijo se ha encargado de aportar la dosis necesaria de innovación al negocio y su padre, de recordarle la importancia de la experiencia y el olfato a la hora de «fichar» piezas extraordinarias. Juntos conforman un equipo de enamorados de una profesión que requiere aprendizaje continuo, pues nunca se llega a conocer del todo un estilo, época o autor.

De hecho, Fernández Antic asume que «aunque se pueda tener un poco de todo es necesario focalizar, especializarse en algo, si se quiere controlar del todo algún aspecto». En su caso, el foco se dirige hacia la pintura desde hace algún tiempo, un territorio que le fascina. En su casa hay una buena representación de autores, al igual que en la tienda, cuyo fondo posee nombres como Denis Belgrano, Bernardo Ferrándiz Badenes, Lucas Villaamil, Dámaso Ruano o Revello de Toro, por mencionar algunos. Del mismo modo, desde que aterrizó en la capital malagueña intensificó el interés por lo local en cualquiera de sus manifestaciones y posee, por ejemplo, una buena colección de barros malagueños del XIX, uno de los artículos más solicitados dentro y fuera de nuestras fronteras.

Su casa es testigo de ese gusto por lo auténtico, por lo refinado y por el valor per se de cada pieza, independientemente de su juego en el conjunto. Mientras descubre una de las salas de almacén, Juan Fernández Antic relata que acaba de mandar al extranjero dos mantones deManila bordados con nácar, dos auténticas reliquias. «Internet lo ha revolucionado todo, para bien o para mal; por un lado, la facilidad para adquirir y vender piezas se ha multiplicado y, por otro, esa misma fluidez ha devaluado el precio de muchos artículos que antes sólo se podían conseguir si se viajaba al país de origen», apunta.

El almacén es como la cueva de Alí Babá, las pupilas se ensanchan para poder abarcar tantos secretos centenarios contados a través de trozos de madera, de grabados, cristal, tinta o encaje. Un viaje que abarca más de dos mil años, puesto que la pieza más remota es una cerámica de la Antigua Grecia. En medio, veinte siglos desglosados en artículos variopintos en aspecto y valor. «Desde poco más de cien euros cualquiera puede llevarse a casa un detalle con historia que aporte un toque de distinción a cualquier hogar», asegura Fernández Antic, quien recalca el prejuicio general que existe hacia el sector de las antigüedades. «Lo bueno es que antes había muchos compradores que adquirían piezas por ostentación y ahora la gente ha viajado más y lo hace por educación, por cultura». El arte sacro sigue en boga y ahora se está produciendo una vuelta a los clásicos de la denominada Alta Época. «Sea como sea, y aunque unas piezas se revalorizan más que otras, yo siempre aconsejo comprar por flechazo, porque entonces no querrás desprenderte nunca de ese pedacito de historia viva», concluye.

 

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