El saco de las mil caras

El saco de las mil caras
Sr. García .

Cuando oigo sonar la campana me retiro del combate y dejo que mi doble, mi fiel sicario, resuelva el asunto

José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Nos conocimos un día en que los dos íbamos paseando por la playa en sentido contrario. Al cruzarnos volvimos la cara de inmediato y nos quedamos pasmados, sin palabras, al descubrir que éramos iguales, como si estuviéramos frente al espejo que reflejaba la imagen de un desconocido. Pero no tenía ningún espejo delante, simplemente había encontrado a ese doble que dicen que todos tenemos en alguna parte del mundo. Fui yo quien rompió el silencio, me presenté y él tragó saliva antes de pronunciar su nombre mientras nos estrechábamos la mano sin desviar la mirada el uno del otro. Me propuso tomar una cerveza que acepté de inmediato, ¿cómo iba a negarme algo a mí mismo? El azar había dispuesto que ambos viviéramos en la misma ciudad, tuviéramos pensamientos similares e idénticas aficiones. Bebimos otra cerveza y otra, a los dos no gustaba beber, nos sigue gustando. Desde entonces nos citamos a menudo para tomar unas cañas y desahogarnos. Como si por fin hubiéramos conseguido hacer hablar al hombre del espejo que teníamos enfrente toda nuestra vida.

Yo escribo y él dice que también escribe, aunque todavía no ha publicado ningún libro. Sin embargo afirma que vive del cuento. Me reconforta hablar con él, me regala ideas fantásticas que después plasmo en mis relatos. He llegado a la conclusión de que su cabeza es un fiel reflejo de la mía. Hasta ahora yo creía que el cráneo se reducía al margen de conocimiento que se agolpaba en su interior, no imaginaba que el cerebro pudiera hallarse repartido en dos cuerpos distintos. Ninguno conoce a la familia del otro, ni siquiera sé si vive solo o en pareja, si tiene hijos. Las relaciones íntimas son nuestro particular secreto.

Desde el primer momento me dio la impresión de ser un hombre tranquilo. Yo también lo parezco, aunque soy todo lo contrario. «La procesión va por dentro», respondió cuando le dije que transmitía serenidad. Después confesó que se desfogaba pegando golpes a la figura de trapo que había colocado en el recibidor. Desde que había comprado el saco de boxeo se sentía mucho más aliviado. Cuando por cualquier motivo llegaba enojado a casa, le lanzaba un crochet con el puño izquierdo y un gancho con e l derecho que lo dejaba grogui. Él se quedaba como nuevo, aliviado, en paz consigo mismo. Se desquitaba pegando golpes a diestro y siniestro al saco que cambiaba de nombre cada vez que alguien trataba de hacerle la vida imposible. A mí no me hace falta comprar ningún saco de boxeo. Cuando oigo sonar la campana me retiro del combate y dejo que mi doble, mi fiel sicario, resuelva el asunto.

 

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