Bob sigue siendo Dylan

Bob Dylan, junto a su banda, en una imagen tomada desde fuera del recinto. /HUGO CORTÉS
Bob Dylan, junto a su banda, en una imagen tomada desde fuera del recinto. / HUGO CORTÉS

El de Minnesota se reivindica en el Marenostrum Fuengirola como un artista vivo que renueva sus clásicos con arreglos frescos y actuales

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Las palabras 'leyenda' y 'mito' junto a su nombre suenan ya manidas. Hace 20 años, cuando Mr. Dylan se subió por primera vez a un escenario de Málaga ya lo era. La sensación de estar viendo a uno de los iconos de la música popular quizás por última vez planeaba entonces sobre la plaza de toros de la Malagueta y lo hizo de nuevo anoche, cuando Bob Dylan subía al escenario del Marenostrum Fuengirola (de la mano de Fox y Riff Producciones) con ese aura de estrella inmortal del que nadie sabe su secreto. Directo al piano, del que apenas se apartó en toda la noche, con el público en pie y entre aplausos. Alrededor de 4.500 personas ocupaban las sillas, y muchos otros seguían el concierto como podían desde los alrededores del recinto.

Pero Bob Dylan no quiere ser objeto de museo, ni una imagen de la que presumir con los colegas por whatsapp. Por eso esquiva la prensa, huye de los fotógrafos y prohíbe tajantemente el uso de móviles en sus conciertos. Una locución y decenas de carteles lo avisaban; y por si alguien no se hubiera querido enterar, un gran despliegue de seguridad controlaba cada flash. Excentricidades aparte, él se reivindicó anoche como un artista vivo que crea arte en directo, un músico capaz de construir momentos sublimes con la sola versatilidad de su fraseo, sin golpes de efecto ni fuegos artificiales. Bob sigue siendo Dylan, pese a su carácter huraño, sus trabajados 78 años (los cumplirá en unos días) y una voz menos clara que en aquellos maravillosos 60. Bastaba con mirar al público mientras tocaba en su armónica los acordes de una renovada 'Simple twist of fate' para comprobar que el de Minnesota hipnotiza como siempre. Justo aquí lanzó un guiño a la audiencia al cambiar «she was born in spring» por «she was born in Spain».

'Things have changed' abría la noche, como ya es costumbre en esta nueva etapa de la gira interminable ('Never Ending Tour'). Una declaración de principios y de intenciones por lo que cantó y por cómo la cantó, con un ritmo totalmente diferente. «Son tiempos extraños, estoy fuera de lugar; solía preocuparme, pero las cosas han cambiado», viene a decir el Premio Nobel de Literatura. Él está ya está de vuelta de todo. A partir de ahí, siguió el guión marcado. Ni una palabra ni más muestras de simpatía hacia el público que un par de tímidos gestos de agradecimiento tras los muchos aplausos del final. De haber sucedido lo contrario, serían el titular de esta crónica por lo singular.

Bob Dylan se ajustó al 'setlist' esperado, con un único cambio introducido estos últimos días en España: el tema 'Dignity', toda una rareza en sus directos. Sin más sorpresas, ni misterios respecto a lo que lleva ofreciendo en esta fase de la gira. El músico nómada se ha acomodado a un repertorio prácticamente inalterable para cada tour, algo que llama la atención en un artista que durante décadas se reinventaba en cada concierto y hacía de ellos un juego de adivinanzas sobre lo próximo que sonaría. Pero queda mucho de ese Dylan inconformista que se niega a reproducir lo grabado hace 50 años. Para satisfacer sus ansias de cambio, la mayoría de los temas sonaron con nuevos arreglos que les daban un toque fresco y actual. Costó reconocer 'It ain't me, babe', pero el resultado gustó; y triunfó con una ecléctica 'Like a Rolling Stone', con partes ralentizadas al máximo mientras Tony Garnier tocaba el contrabajo con arco. Más de uno se levantó de su asiento para cantar a voz en grito el famoso estribillo. Acompañaban al propio Dylan que, como haría en otros tantos temas, tecleaba el piano de pie.

Para alegría de muchos, Bob Dylan repasó un buen número de los clásicos que le han convertido en un autor eterno. Partiendo de la base de que nunca lo tiene fácil para contentar a todos, esta vez se olvidó de sus últimos discos para melómanos (en los que revisa el cancionero americano) y viajó desde los primeros éxitos de su carrera con 'The Freewheelin' Bob Dylan' (1993) hasta el no poco celebrado 'Tempest' (2012). Siempre respaldado por una banda que le seguía con precisión a cada paso. Allí estaban Charlie Sexton a la guitarra, Tony Garnier al bajo, George Receli a la batería y el multiinstrumentista Donnie Herron, que lo mismo tocaba el steel guitar que el violín.

Fantástico el 'Don't think twice, it's all right' con gran protagonismo del piano en el que apeló a esa voz de 'crooner' tan dylaniana que ha explorado en sus álbumes más recientes (con armónica incluida). Creó un momento mágico, casi íntimo, al que ayudaba el lugar, entre el mar y el castillo Sohail. La oscura 'Scarlet town' regaló también minutos memorables, con Dylan en medio del escenario, inclinando el pie de micro y gesticulando más de lo habitual. Electrizante fue 'Highway 61 Revisited', encantó su versión del blues 'Early Roman Kings', la potente 'Love sick' y la descarga de rock and roll de 'Thunder on the mountain'. Con 'Gotta serve somebody', una nueva incorporación a su más reciente 'setlist', dio por terminado el concierto antes de los bises. Para ellos reservó, de nuevo, dos clásicos: una preciosa 'Blowin' in the wind' con violín e 'It takes a lot to laugh, it takes a train to cry'.

El público le escuchó con atención, como asistiendo a una reunión mística donde cualquier otra palabra que no sea la del líder sobra. Pese a la vigilancia, algunos no pudieron evitar las ansias de inmortalizarle y se atrevieron a sacar sus móviles. La inmensa mayoría se conformó, que no es poco, con retenerlo en sus retinas. Y probablemente, antes de que el último dylaniano abandonara el Marenostrum, Bob Dylan iba ya camino de su casa, la carretera.