El jardinero

Los árboles saben más de la supervivencia que cualquiera de nosotros. A las plantas, en general, les gusta vivir juntas compartiendo el agua y la luz

El jardinero
José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

 No me pongo guantes cuando manejo la tierra para quitar malas hierbas, realizar trasplantes o simplemente removerla con el fin de que los pulmones de las plantas cojan aire y puedan respirar mejor. Me gusta el tacto de la tierra. Cuando termino me siento orgulloso al ver el fruto de la operación. Entonces contemplo las flores que brotan en silencio, sin hacer ruido, sin herirse las unas a las otras salvo en contadas excepciones. También hay seres egoístas en el mundo vegetal que buscan adquirir protagonismo sin tener en cuenta la vida de los otros, pero son casos aislados, lo mismo que esas personas que enredan y asfixian a quienes tienen al lado.

Desde hace tiempo soy un hombre moderadamente feliz dedicado a la jardinería y algunas cosas más. Un árbol vive solo pero posee ramificaciones y las raíces que se extienden bajo la superficie. Los árboles saben más de la supervivencia que cualquiera de nosotros. A las plantas, en general, les gusta vivir juntas compartiendo el agua y la luz. He vislumbrado raíces avanzar metros bajo tierra hasta encontrar agua. Y ramas que buscan el sol teniendo que sortear todo tipo de adversidades hasta encontrarlo. Un rayo de luz les devuelve la vida. Al contrario que muchos seres humanos, las plantas son solidarias. Como las raíces de los vegetales me muevo lentamente por los mundos subterráneos buscando los secretos que inspiran historias, el agua que me da la vida. También busco la luz del sol. Cierro los ojos y sus rayos me iluminan por dentro. Y qué voy a decir de la lluvia milagrosa. Una bendición del cielo. Los desconocidos que me observan creen que estoy jubilado. Sin embargo, no paro de trabajar en aquellas labores que me atraen. Lo que pasa es que sólo cobro por una de ellas y muy de vez en cuando.

A lo largo de los años que llevo conviviendo con las plantas he aprendido a tomarme la vida tranquilamente y procurar hacerla agradable a los demás. No se trata de nada especial, simplemente facilitar la convivencia. Cada árbol es como es y nadie lo va a cambiar salvo que se hagan injertos u operaciones plásticas. Por eso las plantas que piensan igual suelen crecer juntas, lo mismo que sucede con los animales y las personas. Pienso en una manada de bisontes, un campo de girasoles, un partido político. Hay excepciones, árboles que crecen solos en medio de nada, animales que se escapan del rebaño, personas que se retiran en soledad. Deberíamos aprender de las plantas que viven en comunidad, los girasoles, por ejemplo. Cada uno de ellos contiene diminutas flores que se han unido para protegerse y utilizar mejor los recursos. Un girasol es una ciudad en miniatura perfectamente diseñada donde cada persona, cada flor, tiene su función dentro del entramado social. Una ciudad con sus calles y sus habitantes conviviendo en armonía.

Al día de hoy, con el cambio climático, me pregunto cómo saben los árboles que ha llegado la primavera. Los observo de cerca, huelo sus flores, limpio las hojas que han pillado infecciones. Pienso en los niños, los enfermos, los ancianos, los que dependen de un jardinero fiel que los cure y proteja a diario. Las plantas, como los animales, enseguida aprenden a buscarse la vida, no les queda otro remedio. También en el mundo vegetal existe la emigración que solemos provocar los seres humanos. Si por ellas fuera, las plantas se quedarían en el lugar donde nacieron, se buscarían la vida sin moverse del sitio, porque según adonde vayan saben que difícilmente sobrevivirán. No es lo mismo que haga frío, apriete el calor, sople el viento o caiga granizo. Es preciso acoplarse al clima y otras condiciones. Al caer la tarde, guardo las herramientas de jardinería. Me siento a contemplar el resultado de la operación y siento un agradable cansancio. No hace falta desvelar el lenguaje secreto de las plantas para saber que ellas lo agradecen.