La gracia de San Juan de la Cruz, por El Brujo

Rafael Álvarez 'El Brujo', anoche en el Cervantes. /Germán Pozo
Rafael Álvarez 'El Brujo', anoche en el Cervantes. / Germán Pozo

Solo Rafael Álvarez es capaz de hacer reír con un relato sobre la vida y obra del místico sin caer en la irreverencia

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Solo El Brujo es capaz de provocar una risa tras otra relatando la vida de San Juan de la Cruz sin caer en la irreverencia. Porque, como se escuchó a la salida del Cervantes, «si hubiera hecho el clásico tal cual, habrían venido cuatro gatos». Y anoche eran más de 500 y hoy –de momento– serán 800 los iluminados por 'La luz oscura' del último juglar. Rafael Álvarez 'El Brujo' volvió a Málaga para recrear solo en la escena, como ya es costumbre, la biografía del poeta y místico español a su manera, con ese lenguaje tan particular que ha pulido durante años de escenarios. Y esta es una plaza que conoce bien, a la que regresa prácticamente cada temporada, donde siempre es recibido con ganas y despedido entre aplausos. Anoche –aunque con el teatro a medio aforo– no fue una excepción.

El Brujo comenzó con la primera experiencia mística de Juanito de Yepes, el nombre secular del santo, y terminó con Felipe VI una hora y 45 minutos después. Por el camino, la existencia casi novelesca de San Juan de la Cruz contada según «dicen los documentos» y entremezclada con breves fragmentos de sus escritos, con el Quijote y hasta con Iker Jiménez. Así es. El Brujo es un 'cómico pop' que toma referencias de la actualidad para refrescar el pasado. Las redes sociales, Pedro J. Ramírez, las 'tarjetas black', un país donde «se junta el que sea con el que sea», los chinos... todo cabía en un monólogo al que solo acompañaba el sonido de un violín y el golpe de tambor de Javier Alejano, sobre un escenario en penumbras cubierto de velones.

Fue El Brujo sin sorpresas, con su maestría para conectar el pasado con la actualidad y para moverse con naturalidad de lo espiritual a lo cómico

El Brujo pasa del misticismo a la pura comedia en un instante solo con la modulación de su voz. Afronta con gravedad y solemnidad los pasajes más espirituales y con tono juglaresco los mundanos. Cambiando el registro, se convierte en San Juan, en la 'Señora' que se le aparecía en los momentos clave, en los niños que en su infancia le lanzaron a un pozo, en el carcelero de su reclusión en Toledo y hasta en el ratón de la celda. Con su magistral capacidad para hilar un argumento con otro, conectó al santo con Cervantes por medio de 'El Quijote'. Según su hipótesis, el escritor escuchó a su paso por Granada la leyenda sobre el traslado de las reliquias del carmelita desde Úbeda a Ávila y la plasmó en la primera parte del capítulo 19 de su obra. Tanta información guarda en su cabeza este trovador del siglo XXI que hasta en dos ocasiones dijo encontrarse en el Festival de Teatro Clásico de Málaga, aunque en el que ahora nos ocupa sea de teatro sin más. Pero eso, sin duda, es lo de menos.

Fue El Brujo sin sorpresas, lo esperado por quienes ya le han visto transitar por la vida de Santa Teresa, convertirse en un yogui o jugar con Esquilo. Reiterativo a veces –puede que casi dos horas de monólogo sean excesivas–, pero hasta de esa repetición consigue arrancar al final la sonrisa del respetable. Y, entre ironías y juegos de palabras, desliza con naturalidad el pensamiento de quien fue capaz de ver la luz en la oscuridad. Esa es la magia de El Brujo.