El primer hotel de Torremolinos, a golpe de topless

Playa y acantilado de Torremolinos. En lo alto, el Castillo del Inglés en los años cincuenta./
Playa y acantilado de Torremolinos. En lo alto, el Castillo del Inglés en los años cincuenta.

La filantropía de un militar inglés y los pechos de Gala Dalí marcaron la historia del Castillo de Santa Clara, la residencia que inauguró el turismo en la Costa del Sol

ALBERTO GÓMEZ

Antes de convertirse en un oasis de libertad y excesos en plena negrura franquista, cuando aún faltaban décadas para que la costa se masificara y el hormigón impusiera su ley, Torremolinos abrazó algunos de los primeros grandes hoteles de Andalucía. Todo comenzó con la labor filantrópica de George Langworthy, un militar nacido en Manchester en 1865 y que, tras la I Guerra Mundial, ya afincado en este municipio malagueño por el que quedó fascinado, se dedicó a repartir una peseta de plata, que por entonces garantizaba el sustento de una familia durante varios días, entre ancianos sin hogar, pescadores que se quedaban en tierra o cualquiera que se acercara hasta su finca, un espectacular castillo alzado en primera línea de playa.

Aquella construcción, erigida en 1763 para frenar el avance de los piratas después de que la quema de casas y molinos resultara devastadora para la localidad, era el Castillo de Santa Clara, simiente del primer gran hotel de la Costa del Sol. Langworthy contrató a varios jardineros y asistentes y se ocupó de rodear el inmueble de grandes jardines y de dotarlo de miradores sobre el mar. Sin saberlo, estaba dando los primeros pasos en la historia del turismo torremolinense.

Pero ninguna fortuna es eterna y la de George Langworthy, a quienes los vecinos conocían como Don Jorge o El Inglés de la Peseta, fue languideciendo por la inversión y las donaciones realizadas hasta el punto de que se vio obligado a arrendar la finca. El de Santa Clara no fue el primer hotel de la zona, porque por entonces ya existía el Campo de Golf de Torremolinos, actual Parador de Málaga Golf, pero sí el que adquirió fama con mayor celeridad. Luis Cernuda, guiado por los malagueños Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, fue uno de los primeros residentes ilustres del castillo y su estancia durante el verano de 1928 inspiró el relato El indolente, ambientado en el Torremolinos de la época.

Por allí, un par de años más tarde, pasaron también Salvador Dalí y Gala Eluard, invitados igualmente por los poetas impulsores de la revista Litoral. La musa del genio catalán, díscola y libertaria, en un gesto que descorchó el descaro que acabaría siendo el gran reclamo turístico de la zona, se retiró la parte superior del traje de baño para dejar sus pechos al aire en el primer topless de la historia de la Costa del Sol, felizmente inmortalizado en una fotografía.

El Castillo de Santa Clara adquirió el nombre de Hotel Costa del Sol y siguió recibiendo huéspedes durante años. También la casa que mandó construir en Torremolinos la bailaora Lola Medina, uno de los mayores referentes de la comunidad gitana, se convirtió en un hotel, el Residencia Miami, inaugurado para aliviar las deudas de su propietaria. Los años cincuenta resultan clave para entender el auge del sector turístico, que por entonces empezaba a ser uno de los puntos de apoyo de la economía malagueña. La apertura del Pez Espada, el primer gran establecimiento hotelero de cinco estrellas y buque insignia de la hostelería de la provincia, propició la llegada de estrellas como Brigite Bardot, Frank Sinatra, Ava Gardner, Marlon Brando o Grace Kelly y Rainiero de Mónaco.

Llegó el turismo de masas y el litoral se pobló de nuevos hoteles, quizá más modernos y cómodos, probablemente con menos encanto, pero en los inicios del turismo en Torremolinos siempre seguirán escritas con letras de oro historias como la del inglés que regalaba monedas de plata o la de los pechos al descubierto de Gala Dalí, anécdotas sobre las que se construyó uno de los municipios más visitados del país y que hoy despiertan una extraña nostalgia.

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