Verónica Forqué: «Pensaba que el cine se había acabado para mí»

Verónica Forqué./Luis Ángel Gómez
Verónica Forqué. / Luis Ángel Gómez

«Soy cero nostálgica y si miro al pasado me acuerdo de las cosas que me hacen gracia», asegura la actriz que acaba de estrenar 'Remember Me'

Iker Cortés
IKER CORTÉSMadrid

Pocas personas hay que se abran tanto ante un desconocido como lo hace Verónica Forqué (Madrid, 1955). Con un desparpajo a prueba de bombas y una mente preclara, a sus 63 años la actriz madrileña ha visto cómo se reactivaba su carrera en la gran pantalla con varios proyectos. El primero en estrenarse ha sido 'Remember Me' (Martín Rosete), en el que da vida a la directora de un centro que atiende a personas mayores, una cinta en la que se codea con Bruce Dern o Brian Cox.

-¿Cómo lleva el verano?

-Pues me voy a Buenos Aires el sábado y es la gran noticia de mi vida porque nunca he estado allí y estoy emocionada. Es que soy muy paleta y he viajado muy poco.

-Imposible, ¿con esta profesión?

-Sí, porque estuve 34 años con Manuel Iborra, el padre de mi hija, y él no viajaba porque no cogía aviones, así que yo la península ibérica me la sé muy bien, pero el resto…

-¿Y qué se le ha perdido allí?

-Pues es que voy a conocer familia. Mi abuelo era gallego pero se fue con 17 años a Buenos Aires y mi abuela era asturiana y se fue con 18 años. Se conocieron allí y mi madre nació en Argentina. Después mi madre vino aquí de jovencita y conoció a mi padre, que era de Zaragoza. Y nosotros ya nacimos aquí.

-Regresa a la gran pantalla con un papel en inglés. ¿Es el primero?

-Es el segundo. Yo había rodado en inglés muy joven, en una película que hice con mi padre que se llamaba 'El segundo poder' (José María Forqué, 1976). El protagonista era Jon Finch, que era un actor inglés que había trabajado con Roman Polanski. Yo hacía un papel importante, una bruja a la que acababan quemando en la hoguera.

-No me diga.

-Era un plano genial. En aquella época no había efectos y se hizo a pelo. Colocaron un cristal entre la hoguera y yo, pero claro el cristal estaba cada vez más caliente. Además, en la cabeza me maquillaron una herida sobre la que me pusieron unos algodones y encima una peluca, de tal forma que me quemaban también el pelo. Y mientras mi padre rodaba, el decorador, Rafael Richart, me cogía las manos por detrás y me decía: «¡Ay! Parece mentira que tu padre te haga pasar por esto». Pero ya se sabe, los directores al final van a lo suyo, incluso aunque sean tu padre (ríe).

-¿Y cómo se fraguó este proyecto?

-En esta ocasión me llamó Ramón, mi representante, y me preguntó si estaba dispuesta hacer una película en inglés. «Bueno, si no es un papel muy largo y si la mujer no es ni inglesa ni americana, sí», le respondí. Y ya leí el guion y vi que era un personaje secundario que podía hacer con dignidad.

-¿Es difícil interpretar en otro idioma?

-Afortunadamente mi madre se puso muy pesada con el inglés, así que daba clases tres días a la semana y consiguió que aprendiera. Nunca se lo agradeceré lo bastante porque leo en inglés y voy al teatro y lo entiendo y he traducido mucho teatro del inglés. Me manejo bastante bien y tengo un acento raro pero dice Martín Rosete que a los americanos les hace gracia, así que menos mal.

Imagen durante el rodaje de 'Remember Me'.
Imagen durante el rodaje de 'Remember Me'.

-Comparte escenas con Bruce Dern y Brian Cox, ¿es usted muy mitómana?

-Hombre tengo mi punto. Por ejemplo yo tengo delante a Woody Allen y me muero, pero me refiero a su faceta como cineasta, como persona ya sabemos que es muy 'raruno', pero hay gente muy rara en el mundo, ¿no? En fin, que tampoco ha matado a nadie. Y bueno luego están Marilyn Monroe, Katherine Hepburn, Meryl Streep, Carmen Maura, Julia Gutiérrez Caba... Hay muchas.

-La película apela a la nostalgia. ¿Mira a menudo atrás?

-No, soy cero nostálgica. Creo que la nostalgia no sirve para nada y procuro estar en el presente. Y si miro al pasado lo hago con alegría y me acuerdo de las cosas que me hacen gracia.

-¿Y no da algo de vértigo?

-Lo que da vertigo es llegar a todos los sitios y ser la más mayor (ríe). Porque para mí hace nada que empecé con mi padre y ahora soy la más vieja en todos lados: en la radio, en las entrevistas, en el teatro. Bueno, en esta película me he sentido muy pequeña (ríe).

-Hablando de su padre, ¿cómo sentaba lo del enchufe entre sus compañeros de profesión?

-Cuando empecé en la escuela de arte dramático yo era una más con todos los alumnos. Hicimos nuestro examen, que entonces era más fácil entrar que ahora, y tan feliz. Pero, claro, vino Adolfo Marsillach a dar un cursillo a la escuela y cuando yo salí pues lo típico: «¿Cómo te llamas?». «Verónica Forqué». «Ah, ¿tu no serás hija de Jose María? ¿Y cómo está tu padre?». Estas cosas a los compañeros les jorobaba. Es más, él hizo una serie a los pocos meses y me llamó. Era un papelito minúsculo en 'Silencio, estrenamos', una serie de televisión sobre una compañía de teatro y ya vi que me seguían llamando y que me seguían saliendo cosas y decía «bueno, no será todo por mi padre». Y fui cogiendo seguridad pero sí, al principio un poco de puteo sufrí. Es lógico y lo entiendo perfectamente, yo habría hecho lo mismo (ríe). «Esa zorra… Menudo enchufe, no es justo». Es algo que te abre puertas y te da un empujón, pero luego ya te tienes que ganar la vida tu.

-¿Echa de menos algo de la Verónica que empezaba?

-Mira, yo daría lo que fuera porque mi padre estuviera aquí y me dijera «vamos a hacer una serie o una película» y trabajar otra vez con él y ser la más buena. «Papá, ¿estás contento? ¿Quieres que hagamos otra toma? ¿Te ha gustado? ¡Qué bien te ha salido! ¡Qué bonito te está quedando!». Estaría en este plan porque cuando trabajé con él yo era muy joven y, claro, era la más lista y lo sabía todo, sabía mucho más que él... A los 20 años te crees que sabes más que nadie y yo era bastante impertinente a veces, pero bueno es lo que tiene la juventud. Supongo que me lo perdonaría porque me quería con locura, y yo a él.

«A los 20 años te crees que sabes más que nadie y yo era bastante impertinente. Es lo que tiene la juventud»

-¿Ha cambiado mucho la industria desde entonces? ¿Cree que se hacía mejor cine antes?

-Creo que en proporción no hacemos peor cine que el resto del mundo. Hay un cine europeo ahora interesantísimo, con gente joven muy buena, pero hacemos lo que podemos. Los cuarenta años de dictadura no son en balde. Todos esos años de secano hay que recuperarlos y nos está llevando tiempo en todos los aspectos. Aquí, ahora mismo, para levantar una película hay que ser un titán: les cuesta hasta cinco años ponerla en marcha. Yo ahora he hecho un filme en Lanzarote, con una directora que se llama Ángeles Reiné, una mujer de 50 años que ha dirigido su primer largometraje, 'Salir del ropero'. El caso es que esta mujer ha estado cinco años para poder hacer esta película. Y en la época de mi padre era diferente. Venía a casa y nos contaba que había estado con tal productor y que les interesaba el proyecto y normalmente las cosas salían adelante. Pero ahora hay mucha gente que quiere hacer cine, muchos de ellos con talento, y pocos medios y, sobre todo, muy poco dinero para las promociones, que es donde nos ganan por goleada los americanos.

Forqué, en 'La guerra de papá'.
Forqué, en 'La guerra de papá'.

-¿Cuándo se dio cuenta de que la comedia era su campo de acción?

-Con 'La guerra de papá' (1977), de Antonio Mercero. Fui al estreno de la película en el festival de San Sebastián y me di cuenta de que cada vez que yo decía algo la gente se reía y me entraban unos nervios y un subidón... Fue precioso. Fue como mi debut, porque estaba yo sola, sin el apoyo de mi padre.

-Y sin embargo, la crítica y los galardones siempre acaban denostando a la comedia.

-Sí, porque fíjate que pocos Oscar tiene Woody Allen. Es porque en general parece que la comedia es un género menor y que lo importante de la vida parece que es cuando hay una tragedia o una muerte, pero no es verdad. No podemos separar el humor de la vida y está presente en ella hasta en los momentos más trágicos y dolorosos.

Almodóvar, su gran oportunidad

-Su gran salto profesional llegó con Cristal, su personaje en '¿Qué he hecho yo para merecer esto?' (Pedro Almodóvar, 1984). ¿Era más fascinante lo que ocurría delante de las cámaras o lo que ocurría detrás?

-Tuve la suerte de conocer a Pedro entonces. Él estaba buscando una actriz para ese personaje, que era maravilloso, como todos los de la película, pero no encontraba actriz y estaba desesperado. Carmen Maura le dijo que yo era muy graciosa y que lo iba a hacer muy bien y él, que me había visto en 'Ramón y Cajal', en la serie de mi padre, pensaba que era muy dramática y sostenía que necesitaba una actriz que tuviera mucho sentido del humor. Como todas le dijeron que no, pues me tuvo que llamar a mí. Recuerdo que los primeros días me pedía un tono más grave e, imagínate, yo que tenía una voz de pollito con 25 años... Estaba muy desesperado y a mí no me salía porque yo no sé trabajar así. A los pocos días me dejó a mi aire y fuimos felices. Era tan divertido, nos reímos tanto en ese rodaje... Es que yo era muy joven, pero él también. Él es un hombre de un enorme talento y una enorme capacidad de trabajo. Lo recuerdo como una gran experiencia e importantísima para mí porque fue lo que me dio la entrada al cine. Gracias a ese personaje me dieron el premio de los críticos de Nueva York y dije: «Aquí sí que mi padre no tiene nada que ver».

-Hay quien sostiene que ahora Almodóvar lo tendría muy difícil para llevar a buen puerto alguna de sus películas.

-Pues un poco sí. Cuando hicimos 'Kika', con la famosa escena de la violación, fuimos a estrenarla a Francia y hubo movida con feministas allí. Fue un poco desagradable. Yo creo que ahora le dirían de todo, cosa que me parece profundamente injusta porque creo que los creadores no deben tener absolutamente ningún tipo de límite a la hora de contar sus historias. Es arte, es ficción, cualquier cosa se puede contar.

«Creo que los creadores no deben tener absolutamente ningún tipo de límite a la hora de contar sus historias. Es arte, es ficción, cualquier cosa se puede contar».

-Y en esta época de lo políticamente correcto, ¿qué le parece el auge de Vox y los populismos? ¿Le dan miedo?

-Claro que me da miedo. Hay que ir a votar. Pero bueno me parece mejor que Vox esté en el Parlamento a que sean una serie de personas que están a su aire molestando y agrediendo. Yo creo que si un partido no es violento y defiende sus principios, me parece guay. Están ahí y tienen el derecho a exponer lo que piensen que es mejor para los ciudadanos de España. Pero yo creo que estas generaciones no han conocido a Franco, no han vivido la dictadura. La generación de mi hija y de los amigos de mi hija tienen una idea de Franco muy vaga y muy borrosa y los que sí la hemos vivido pues sabemos lo que era el horror. Pero yo no creo que Vox sea un partido violento y tienen el derecho a estar ahí. Yo soy una persona de izquierdas, siempre he votado a la izquierda y lo llevo en los genes. Defiendo la igualdad ante el universo. Para mí el respeto al otro es fundamental.

-Parece que su carrera en el cine se ha reactivado.

-Yo ya pensaba que el cine se había acabado para mí y no lo vivía con rabia ni con frustración. Decía: «Bueno, he vivido una etapa muy buena y he hecho un puñado de películas que a la gente le han dado alegría y ya está». Recuerdo que mi madre siempre me decía: «Nena, aprovecha el cine, pero acuérdate de que el teatro no te abandonará nunca». Y es verdad. Yo he vivido todos estos años sin parar haciendo teatro. Pero este año, desde la película de Martín, que la rodamos en febrero, pues han salido más películas y muy contenta. No es justo que cuando pase una edad, desaparezcas. Porque además es cuando, en muchos aspectos, más vales y más puedes ayudar.

Rosa María Sardá y Verónica Forqué, en 'Salir del ropero'.
Rosa María Sardá y Verónica Forqué, en 'Salir del ropero'.

-¿Significa eso que la industria avanza hacia la igualdad?

-Sin duda. Aparte de que en la industria hay unas leyes de paridad, lo que me parece muy bien. Si quieres hacer una película, para obtener ayudas, necesitas tener paridad de chicos y chicas, así que ahora somos más mujeres y eso está muy bien.

-Pero no deja el teatro.

-No, qué va. De hecho voy a dirigir una cosa ahora en septiembre con tres actrices y una dramaturga. Se va a titular 'Españolas, Franco ha muerto' y comienza cuando sale Carlos Arias Navarro a dar la noticia. A ver qué sale. También he hecho una serie para Netflix, dirigida por Pau Freixas, de tres capítulos que va sobre cuatro hermanas y que salen de niñas, de jóvenes y de mayores. En la etapa mayor estamos Ángela Molina, Charo López, Victoria Abril y yo, los cuatro loros. Y lo hemos pasado muy bien. Lo pondrán en Navidad. Así que ha sido un año muy bueno, no he parado.

Sobre el oficio

-Supongo que para ser actor el pudor uno se lo tiene que quitar pronto.

-Hay que tener un poquito de pudor porque el actor no puede hacer cualquier cosa y de cualquier manera. Hay una dignidad. El actor no debe nunca tratar de hacer reír al público, sino que debe tratar de trabajar desde la verdad, desde la inocencia, desde lo que le está pasando en ese momento. Debe escuchar al compañero, mirarle, oírle. Todas esas cosas y todo eso lo aprendes con el tiempo. De joven aprendes un poco los tonos. En mi época, que no había escuelas, aprendías a golpe de intuición y de instinto. Ahora afortunadamente los jóvenes vienen con una preparación que ya quisiera yo.

-Bueno, alguno vocaliza un poco mal.

-(Ríe). Eso es verdad, lo del hablar es una asignatura a la que le dan muy poca importancia porque piensan que si hablan muy bien van a hacer tono y van a parecer actores antiguos y no. Se puede entender todo sin ser un actor anticuado.

«Los actores jóvenes le dan poca importancia a vocalizar porque piensan que si hablan muy bien van a parecer actores antiguos y no es así»

-¿Y la inocencia también se pierde antes?

-Yo creo que una persona nunca debe perder la inocencia. Nunca. Hasta que se muere, porque si te vuelves una persona desconfiada, la vida es una mierda. Hay que confiar en los demás y en el universo.

-¿Se enfada alguna vez?

-Sí, pero cada vez menos porque me han pasado muchas cosas en los últimos años. Te haces mayor, se te muere la gente y ahora estoy bastante sola porque solo somos mi hija y yo. Pero estoy disfrutando de una época de mi vida muy feliz, con mucha libertad. Me operé de la espalda hace dos años y salí muy bien pero me asusté mucho y, en fin, tuve una depresión muy gorda en el año 2014, antes de separarme, cuando me di cuenta de que ya no quería al padre de mi hija y era como el portero. Eso es horrible, darte cuenta de que ya no sientes nada por tu pareja con la que has pasado 34 años. Eso es muy duro y me hundí en una depresión que me duró mucho pero de la que salí muy fortalecida y empecé con el psicoanálisis y me he enganchado y se lo recomiendo mucho a la gente. Eso y la meditación.

-¿Cuál ha sido su mayor error?

-No sé si te lo puedo decir (reflexiona medio segundo). Mi mayor error ha sido confundir el amor universal, el amor espiritual, el amor por el otro, al que hay que aceptar tal y como es, vivir mucho en eso y olvidarme de mí misma. He estado muchos años tratando de agradar al otro, de hacer feliz al otro y de que el otro no se enfade, de que no ponga caras largas y he cuidado poco de mí. Y eso nos pasa bastante a las mujeres porque, y yo soy una privilegiada, pero muchas mujeres tienen que cuidar a la madre enferma, al suegro, a los hijos, al marido que se ha jubilado y se ha partido un brazo, y estas mujeres son heroínas. Y es un trabajo que no está reconocido, ni materialmente ni espiritualmente, porque parece lo normal que las madres hagan de madres hasta que se mueren.

-Fíjese que yo pensaba que iba a hablarme del doblaje de 'El resplandor', aunque siempre he pensado que el mayor problema es que todo el mundo piensa en usted cuando ve la película.

-(Carcajada). Pero no era así entonces. En el momento en el que yo hice ese doblaje tenía 22 años y a mí no me conocía nadie. Kubrick quería que las voces de los que doblaban se parecieran a las de los actores originales. A mí Carlos Saura me llamó y cuando llegué allí y vi a Shelley Duvall en un vídeo, que yo la adoraba, pensé que teníamos la misma voz. Teníamos un timbre de voz muy parecido. Kubrick oyó las voces y por eso me cogieron. Pero claro, ni yo ni Joaquín Hinojosa habíamos hecho mucho doblaje y no teníamos el estilo del doblador. En España ha habido muy buena escuela de dobladores y grandes dobladores. Y yo llegaba hablando más normal, como si estuviera en mi casa, aquí eso era novedad porque los actores actuaban de forma más impostada. Si yo ahora doblara 'El resplandor' lo hubiera hecho con otro estilo, pero es que a Saura no le gustaba eso. En cuanto quedaba una frase con un tono más de doblaje, se quitaba. Quería espontaneidad y a la gente le chocó mucho eso y en estos años me han dicho de todo, pero ya no me importa. Al principio me escocía un poco (ríe).

Arriba, al recibir el premio honorífico de los Feroz, el año pasado; debajo, en una escena de la obra de teatro 'Shirley Valentine' y en la película 'Enloquecidas'. / Agencias

-O sea que las críticas le afectan.

-Las críticas afectan siempre. Por eso lo mejor es no leerlas. Yo no las leo, solo cuando me dicen que son muy buenas. «Pero, ¿de verdad es buena? ¿No dicen: 'Todos están muy bien excepto Verónica Forqué'?», pregunto (ríe). Si no, no las leo porque escuecen. Pero también es verdad que hay muchas críticas que escuecen y que luego dices: «Joder, pues tiene razón». De eso te das cuenta cuando eres más mayor.

La edad y el envejecimiento

-¿Qué es lo que más odia de envejecer?

-Estar más fea. Me gustaría estar más mona y estar igual de feliz que como estoy ahora (ríe). Me jode también no tener a algunas personas ya conmigo como a mi hermano mayor o amigos. Pero tengo salud y tengo ganas de vivir. No es un pecado envejecer, parece que está prohíbido, sobre todo para las chicas. Es como de mala educación.

-En cambio, se habla mucho del madurito interesante.

-Sí, pero porque los hombres, aunque tengan sesenta años, ligan, enamoran y encuentran a una chica de 30 que se vuelve loca por él. Eso es así porque la sociedad es así, mientras que lo contrario ocurre muy raramente. Hasta a mí se me hace raro y eso que veo chicos de treinta años que me encantan, pero yo me muero de vergüenza si me tengo que acostar con uno de ellos. La tetilla, la venilla… Qué vergüenza. En cambio para los hombres es tan importante el sexo…

«No es un pecado envejecer, pero parece que está prohíbido, sobre todo para las chicas. Es como de mala educación».

-¿Para las mujeres lo es menos?

-Hombre sin duda. Y desde luego a partir de una edad. Yo te lo digo por mis amigas. A las que están casadas les da mucha pereza, te lo digo de verdad. Y no se habla en profundidad del tema porque les da corte, porque acostarte con tu marido sin ganas da mucho corte. El sexo y el matrimonio después de treinta años es muy aburrido y un coñazo.

-Igual el problema es la monogamia.

-(Ríe). Lo es. La monogamia es un problema y hay que solucionarlo. No sé cómo, ni tengo la solución, pero hay que hacerlo.