Historia de Málaga: El Perchel

Historia de Málaga: El Perchel
/ SUR
  • Barrio que cita Cervantes, que fue cantado por poetas, elevado a símbolo de leyenda por sus gentes y convertido en historia pura del vivir de una buena parte de malagueños que lo poblaron, en sus callejas se escribió una crónica de humana presencia y se afirmó un sentido de existencia personal característico de sus vecinos. Por Perchel o Percheles se le conoció y nombra

Nadie olvide que el Perchel o Percheles fue el primer asentamiento relativamente urbano e industrial periférico de Málaga y que, si bien su existencia se pierde en la memoria ciudadana, ya era el primer barrio extramuros de la ciudad hispanoárabe.

Mundo tipológico separado de la urbe hasta la demolición de sus muros, los percheleros fueron «los otros» vecinos de la ciudad, los del lado allá del río Guadalmedina. Gente díscola, libertarias gentes del vivir al día e industriosas cuando les apretaba la necesidad, eran la lógica consecuencia de una sociedad y de unos sistemas sociales que parecían detenerse con una cierta intencionalidad al borde de los murallones del río cuando al fin los tuvo para no inundarlo.

El Perchel no es hoy una aproximación de lo que fue. En pie todavía algunas de sus antiguas casas y calles como las de Ancha del Carmen, Peregrinos, Angosta del Carmen, Huerto de la Madera, Eslava, Salitre o Cuarteles, se echan de menos antiguas algarabías, rumores y músicas urbanas que nos recuerdan la antigua plaza de Ortigosa o de San Pedro y Mamely, de las calles Esquilache, Cerezuela, Istúriz, Matadero Viejo, La Puente, Zúñiga, San Jacinto, Santa Rosa, Cerrojo, Huerta del Obispo..., en las que un abigarrado y concurrido friso humano hecho a todas las vicisitudes y carestías aprendió que ser perchelero lo era a costa de la propia persona, pues defender tal peculiaridad ciudadana de origen acarreaba no pocas dificultades para integrarse en la población intramuros.

Esta es la razón por la cual las gentes del Perchel —más tarde ocurriría lo mismo con las de la Trinidad—, a medida que ambos barrios acabaran por unirse a través del «Llano», tuvieron que desarrollar un sistema de vida siempre a la defensiva en relación con los ciudadanos abrigados por las murallas árabes. Precisamente si Cervantes menciona los Percheles en su «Don Quijote», es por la circunstancia de que ya en el siglo XV era la zona de un muestrario tipológico de la picaresca más que un retablo diseñado por convencionalistas usos urbanos.

En el Perchel se tejió la vieja institución del chulo de barrio, del amo de la calle o del «guapo», sin cuyo consentimiento difícilmente se podía realizar ninguna iniciativa particular o colectiva.

Salieron del Perchel generaciones de marengos que dieron afán, leyenda y vida al rebalaje; de aquel barrio se nutrió la ciudad de activas faeneras para la vendeja, la industria estacional del cítrico y la almendra; sus animadas calles, escuela de vida al fin y al cabo, aportaron pimpis, barateros, granujas y descarados vividores de ocasión que, pese a todo, supieron izar por encima de su misma picardía la gracia y espontaneidad de unos modos tanto en el ser como en el decir. Un perchelero, por la lógica de su extracción social, sería siempre distinto de un limítrofe trinitario, pero donde siempre estaría en sus respectivas antípodas sería frente a capuchineros, victorianos, malaguetos o paleños.

LO DISTINTO FUE SU NORMA

Indisciplinado y arbitrario, lo suyo consistía en vivir al día —una de las pocas libertades que Málaga le tenía concedida—, de manera que el estilo de vida perchelero necesariamente tuvo que traducir el hecho diferencial entre vecinos de una misma ciudad. Tendrá que llegar el siglo XIX con sus primeras formulaciones obreristas, reivindicaciones y exigencias callejeras a partir de su último tercio, para que la moda burguesa iniciara una estrategia de acercamiento y, so pretexto de participar en sus fiestas, costumbres y usos populares, establecer una línea de presencia que le exculpara de toda execración anterior y evitara en lo posible riesgos posteriores que ya se veían venir a lo lejos.

No nació el Perchel como otros barrios malagueños al pie de una iglesia o convento, por lo que tampoco recibió de ninguno de ellos prestado nombre como en los casos de Trinidad, Capuchinos o Victoria. Su bautizo no necesitó de ceremonia protocolaria ni fe de origen. El nombre le vino espontáneo y popular como popular fue la industria que desde muy antiguo hizo famosa la zona: el secado del pescado.

La voz del cronista nos asegura: «... Para que la población no sufriera los malos olores que despedían de tal industria, destináronse los terrenos existentes del lado allá del río a tales operaciones, y como para éstas fuese necesario utilizar perchas o palos en los cuales poníase el pescado a secar, de aquí recibió el primero de los barrios a extramuros el nombre de los Percheles».

Fueron los Percheles, pues, continuación histórica de aquellos originarios asentamientos tirio-fenicios que se establecieron sobre las lomas de la actual Alcazaba y que desarrollaron, entre otras distintas, la industria de las salazones. Esta tradición de mercadeo pesquero y producción industrial siguió después a lo largo de los distintos segmentos históricos de invasiones, dominios e irrupciones territoriales más o menos consentidos por la distinta ciudadanía que soportó godos, bizantinos, romanos y árabes. Esta última dominación enlaza con la Málaga hispanomusulmana, periodo dentro del cual los Percheles comienzan a desarrollarse como gran barrio periférico de pescadores mitad urbano y mitad industrioso.

Roa, Morejón, Medina Conde, Guillén Robles, Rodríguez de Berlanga, los Díaz de Escovar, Bejarano Robles y otros distintos estudiosos de la Málaga de los siglos XVI al XX coinciden en afirmar que durante el largo periodo de presencia romana el Perchel o Percheles alcanza verdadera definición de zona entre industriosa y urbana del extrarradio malagueño, lo cual se apoya, a su vez, en no pocos hallazgos arqueológicos que son documentados durante el siglo XVII.

A través de ellos, y mediante piedras labradas que no ofrecieron dudas acerca de su autenticidad, se demostró en su día que justamente donde hoy se encuentra la iglesia del Carmen se halló una curiosa y reveladora inscripción que rezaba: «Los barqueros pescadores de Málaga pusieron y dedicaron a Quinto Elio Próculo, sujeto rico y de mucha pesquería en esquifes por el mar y patrono de los barqueros malagueños», lo cual confirma lo que otros historiadores ya tenían asegurado en el sentido de que Málaga, durante la Roma Imperial y por su condición de ciudad federada y no sumisa, disponía en la capital del imperio de toda una organización para el mercadeo de sus salazones y salsamentos, disputados en banquetes, francachelas y lúdicas noches de sus gentes principales.

Es también el canónigo Medina Conde, siguiendo el hilo de Morejón, quien reflexiona: «Por el sitio en que se encontró en el barrio de los Percheles, se puede venir en conocimiento de lo antiguo que es el destino de aquel barrio para los pescadores y patronos de los barcos de pescar».

¿Nació el Perchel o Percheles antes incluso que la ciudad que hoy conocemos? ¿Surge la urbe de la antigüedad como consecuencia del establecimiento de aquel emporio pesquero-industrial? ¿Planificaron Málaga sus primitivos vecinos intencionadamente alejada de los Percheles por las molestias que les causaba tal industria?

En los patios, clásicos lebrillos para hacer la colada.

En los patios, clásicos lebrillos para hacer la colada.

Queda demostrado, al menos, que desde la dominación romana todo el terreno cercano a las playas tras el lecho del Guadalmedina en la dirección del poniente ya era industria salazonera, varadero de esquifes, solario para la desecación del pescado, residencia de patronos pesqueros y bosque peculiar de perchas de palo donde se oreaba gran parte del suculento manjar robado a diario a las entonces limpias e incontaminadas aguas litorales.

Si la larga presencia romana en nuestra ciudad señala los primeros momentos del Perchel como zona ciertamente aparte de la urbe, la también larga permanencia árabe acentúa el carácter que desde muy antiguo le definió. Es claro que los musulmanes organizaron una ciudad relativamente estructurada en base a corregir grandes defectos de sus precedentes colonizadores, y así como los romanos levantaron la monumentalidad malacitana sobre los restos tirio-fenicios en las lomas que ocuparon frente a la mar de Málaga —calle Alcazabilla y estribaciones de Gibralfaro—, los árabes hollaron, junto a ella, los salsarios industriosos donde se habían preparado durante siglos las salmueras en las que solían conservar los pescados malagueños.

Pero llegaron a más, porque fue durante los inicios de la cultura africana cuando verdaderamente los Percheles centran la atención de toda su actividad en las salazones. Los árabes no querían sus pestilencias tan cerca de la ciudad, de manera que, cuando realizan el diseño de las murallas y su recorrido definitivo, al barrio se ingresaba por la Puerta de la Espartería como camino más directo.

Los árabes hicieron definitivo barrio de pescadores a los Percheles y mantuvieron durante ocho siglos su condición de zona periférica, y cuando la Malaca hispanomusulmana comienza a organizar la nueva ciudad partiendo del modelo anterior, todavía persiste en marcar las diferencias.

En realidad, desde los romanos hasta Isabel y Fernando, el Perchel es una crónica de marginación por su singularidad industriosa. Ello ocasionó el establecimiento de familias relacionadas con las faenas de la mar, y si a ello se une el indeferentismo mostrado por la ciudad intramuros, el resultado final sería el desarrollo de un territorio habitado por una tipología humana claramente distinta, para bien o para mal, de aquella otra que moraba en el núcleo cerrado que abrazaba torres, bastiones y edificios notables.

Se comprenden las diferencias en el hecho, no menos diferencial, de que los percheleros vivieron más cerca de la mar de Málaga que cualesquiera otros vecinos. Esta condición de gentes próximas a la marina, de usuarios preferentes del rebalaje y durante siglos los más constantes vecinos del territorio permitió a tan abigarrada comunidad de intereses humanos, industriales y artesanales alcanzar poco a poco y con el paso de las generaciones las ya aludidas características de vida y costumbres que los hacían distintos a los ojos de cualquiera.

Es más, lector, cuando los ministros de Carlos III redactan las primeras instrucciones para que se derriben las murallas árabes del paño sur que corría al largo de lo que posteriormente sería la Alameda Principal, las singularidades tipológicas de los percheleros habían alcanzado ya tales grados de definiciones indelebles que Málaga les tuvo como de otro pueblo.

«CASA DE ANCHOVAS»

Para dar idea de cómo el Perchel adquirió inusitado desarrollo a partir de agosto del año 1487 —fecha en la que la ciudad se rindió a los Reyes Católicos— y de qué manera iba en aumento la industria de las salazones, bastará consignar que no pocos de los que estuvieron en el cerco de Málaga durante tres meses y once días solicitaron lugares para instalar «casas de anchovas» para elaborarlas o percheles en los que colgar el pescado para secarlo. Bastantes de aquellos sitiadores alcanzaron del poder real tales peticiones, en tanto que otros distintos tuvieron que esperar quince años para que se pudieran atender sus demandas para lo propio.

Gustavo García Herrera, tomando la referencia del libro «Documentos históricos de Málaga», de Luis Morales García-Goyena, nos presta una información muy concreta del año 1502, según la cual los regidores municipales, a fuerza de soportar presiones de una parte de la ciudadanía que deseaba instalarse en el barrio, deciden abrir la mano, entendiendo que a mayores instalaciones tanto más progreso.

«Mandaron que se pregone que cualquier persona de las que tienen pedidos solares a la cibdat o les están dados e agora los quisiesen pedir, que den su petición para que visto por la cibdat se provea según oviere logar de justicia. Pregónese lo susodicho conforme a lo que los dichos señores mandaron en la dicha cibdat de Málaga, día, e mes, e año, sobre dichos». (22 de abril de 1502.)

Testigos del expresado documento de convocatoria pública fueron Pedro de Villalva, Alonso García Montenegro, Antón Ximénez Herrero y Francisco Camacho. También figuró Juan Lorca, en calidad de pregonero.

«En este dicho día los dichos señores e Fernando Pérez de Toledo, Regidor, se juntaron al pie de las Torres de Fonseca delante del mesón de Christoval de Berlanga e acordaron que por quantos algunos vezynos han pedido sytyo para casas do hagan anchovas e aquello es nobleza e byen de la cibdat e vezynos della, que pues ay buena disposyción para ello que se provean e den por horden otra acera de casas frontero a las que agora estan fechas dexando la del araval, e que los dichos solares sean por la orden y del tamaño que se dieron los otros que por Repartymiento están proveydos, e que se pregone e aperciba que las personas que han pedido e los quisyeren, parezcan e den su petición para que sean proveydos cada uno segund oviere logar de justicia».

La convocatoria pretendía ser justa en la medida en que pudo ser injusto el repartimiento de años anteriores, por lo que declaraba: «Otro sy, dixeron que en cuanto a lo de los percheles para escalar pescados sobre que algunos vezynos han dado petición, mandan que se midan los que están dados por Repartimiento e cumplido aquello en lo que más oviere e quedare se den e midan a las personas que la cibdat viene que los deven a ver del tamaño e según que las Hordenanzas del libro de la Reformación lo contyene, e mandáronlo asy. Testigos Diego de Vargas e Diego Morales, tendidores, e Pedro de Quenca y Antón López, vezynos desta cibdat».

Pero hay más gente que testificó los actos de aquel 22 de abril de 1502, fecha en que los Percheles se vieron invadidos por un aluvión de entusiastas asentadores, bien para iniciar actividades industriales salazoneras, bien para una dedicación concreta a las pesquerías:

«Alonso de Córdoba medidor dio fe que medió los sytios de viñales e percheles para enxugar pescado de la otra parte del Guadalmedina hacá las Torres de Fonseca entre el camino de la playa, seys varas de medir cada soga, conforme a la copia de Relación de los libros de la Reformación».

Durante la jornada de referencia fueron medidos veinte percheles, ocho de los cuales se otorgaron por Reformación y los doce restantes a quienes los regidores acordaron. Otros percheles distintos a los anteriores quedaron para varadero libre de los barcos, o de uso común, por lo que «no se puedan dar a persona alguna los dies sytios caberos, que sería mucho perjuysio estar aquello embargado».

Con estos acuerdos el barrio alcanzó dos cosas fundamentales: primera, que el movimiento vegetativo creciera proporcionalmente al industrial, y segunda, que la urbanística resultante de otros cíclicos aluviones humanos desarrollara un diseño de gusto más popular y utilitario, con lo que definitivamente el Perchel también impulsó un modelo exclusivo de vivienda: el corralón.

CALOR HUMANO

Tiene inusitada importancia la cuestión habitacional perchelera, pues el tipo de convivencia que nació al desarrollar viviendas comunitarias creó unas interrelaciones humanas que fueron mucho más allá del trato convencional entre vecinos al fomentar todo un sistema particular de comportamientos, hábitos y costumbres que acabó dando definición a todo el colectivo. Pero hubo más: la larga convivencia de muchas familias durante generaciones, además de crear nuevos y crecientes vínculos a través de uniones matrimoniales, hizo posible el sistemático intercambio de genes al alborear una cultura eminentemente perchelera, de unas pautas de comportamiento del ser y del estar perchelero; tanto, que había momentos en que las respuestas colectivas del barrio, respecto al resto de los malagueños, denunciaban su carácter cerrado más próximo al gueto que al universalismo urbano.

Naturalmente se forjó un sistema de vida, y, bien por la promiscuidad de un ambiente que en muchas cosas recordaba la cultura árabe o por la mezcla de tantos elementos urbanos compartidos, maduró todo un proceso bioquímico que culminó en la síntesis de las llamadas esencias percheleras, muchos de cuyos vicios y virtudes trascendieron por el Llano avanzando hacia el barrio de la Trinidad o, escurriéndose, por los portillos del Guadalmedina hacia el interior de la ciudad murada.

Hitos tradicionales del barrio fueron, según consta en las crónicas locales, las famosísimas Torres de Fonseca, vigías oteadoras y defensivas frente a invasiones indeseables, en el punto más occidental del Perchel y referente más antiguo. Próximas a ellas se construyeron la ermita de San Andrés —de ahí el nombre de las playas que posteriormente conoceríamos como del Bulto— y la iglesia y convento del Carmen, de devota presencia todavía.

Al adjudicar los representantes municipales terrenos para casas de anchovar, percheles para secar el pescado y viñales para colgar las redes, limitaron la actividad industrial a la ribera derecha del Guadalmedina; quedaba, por tanto, absolutamente prohibido prolongar dichas dedicaciones a la margen izquierda del río. Fueron conscientes los munícipes de la necesidad de que se respetara aquella limitación, toda vez que el objetivo seguía siendo el de defender a la ciudad de las agresiones perfumantes que dimanaban de dicha industria. Toda transgresión a tan fundamental norma se penalizaba con la pérdida de la madera y cuerdas de los percheles otorgados, además de abonar 600 maravedíes para los propios del consejo municipal.

A cada uno de los vecinos solicitantes se le ofrecía un solar para perchel de tres sogas de largo y tres de ancho, equivalentes a unos quince por quince metros, y en cuanto a las casas para anchovar «se alinearían una junto a otra, abrirían sus portales en dirección al mar y tendrían cada una de ellas treinta pies de largo y quince de hueco en ancho (8,37 por 4,18 metros hoy), en explicaciones de don Francisco Bejarano Robles que posteriormente recogió el profesor Pedro Portillo Franquelo en un meritorio estudio topográfico de los planos de la ciudad de Málaga que levantaron José Carrión de Mula en 1791 y Onofre Rodríguez en 1805.

ESTRUCTURA DEL BARRIO

Según los citados planos, la ciudad estaba dividida en veintiséis grandes cuarteles, término equivalente a distrito, de los que correspondían al Perchel los números 21, 22, 23 y 24. Cada uno de estos cuarteles tenía su comisario y alcalde de barrio, especie de enlaces políticos con la gobernación cívica y el Ayuntamiento, respectivamente. El primero de ellos podía o no vivir en el mismo barrio, pero al segundo se le exigía su condición de vecino del mismo.

El cuartel 21, en el que comenzaba la distribución territorial perchelera, tenía como comisario a Gregorio Casadevals, un catalán que vivía en la plazuela de los Moros; era su alcalde de barrio José González, domiciliado en Huerta del Obispo. La extensión del cuartel abarcaba: puente de Santo Domingo, pasillo del mismo nombre, calles de la Puente, San Jacinto, Agustín Parejo, Riviera, Fuentecilla y Santa Rosa hasta la de Calvo. Tenía 11 manzanas de viviendas y comercios y en ellas se albergaban 565 vecinos.

Del cuartel número 22 también era comisario el citado señor Casadevals y alcalde de barrio José Miraya, que habitaba en la calle Cerezuela. Su territorio estaba configurado por 8 manzanas de casas en las que se cobijaban 523 vecinos, y sus calles principales comenzaban en la puerta del matadero, discurriendo por los Callejones del Perchel y calles Santa Bárbara, del Horno, Matanza y Rosal.

El siguiente cuartel estaba bajo la responsabilidad del comisario Pedro Rumbar, distinguido ciudadano que vivía en calle San Juan, y del alcalde de barrio Juan Ramírez, residenciado en calle Barragán. Sus diez manzanas de casas y sus 495 vecinos estaban distribuidos a lo largo de la plaza de San Pedro y calles del Arco, Angosta del Carmen y del Quartelejo (Cuartelejo, según podemos recordar todavía).

Finalmente, y como cerrando un territorio ordenado a la manera de aquellos siglos, el cuartel número 24, uno de los más extensos de Málaga y desde luego el principal del Perchel. Tenía quince manzanas de casas y 483 vecinos. Su comisario era el mismo que atendía el cuartel anterior y ejercía de alcalde de barrio Juan Casas, residenciado en la vía principal de los Percheles. Dentro de su distrito estaban las calles Ancha del Carmen, Plaza Vieja de Toros, Picadero, San Andrés y Huerta de San Telmo, «orilla del mar en el Guadalmedina».

Según ya quedó referenciado, el Perchel no nació bajo ninguna torre parroquial ni espadaña conventual, ya que unas y otras fueron surgiendo en puntos diferentes del barrio a medida que se producían, por aluviones humanos más o menos cíclicos, asentamientos vecinales a todo lo largo y ancho de su territorio.

La cronología de su monumentalidad religiosa, la única que en realidad tuvo, consigna los años 1494, 1584, 1658, 1757 y 1793 como aquellos en que se crean el convento de Santo Domingo, el de Carmelitas, la iglesia de San Pedro, el convento de la Aurora María y el de filipensas de San Carlos por el orden citado. Cabe hacer una aclaración: el antiguo convento de la Aurora María, que se tiene actualmente como trinitario dada su situación, nació perchelero, y sólo al abrirse la calle Mármoles y posteriormente construirse el puente de la Aurora alineado hacia dicha calle quedó unido al barrio de la Trinidad.

Medina Conde, Pascual Madoz, Guillén Robles, Bejarano Robles y García Herrera, entre otros autores, al estudiar la cronología que alude a la monumentalidad religiosa de los Percheles, difieren en algunos puntos no demasiado fundamentales, por lo que en esencia los datos que de ellos hemos tomado resultan fiables, pues siendo en lo anecdótico diferentes coinciden por el contrario en lo fundamental.

El nacimiento del convento e iglesia de Santo Domingo tuvo su origen sobre las siete huertas que, a la hora de los repartimientos de Málaga, los Reyes Católicos adjudicaron a los dominicos. Sobre una de estas huertas, justo la que estaba más próxima a la ribera del Guadalmedina, había existido la ermita de Santa María de las Huertas; fue allí precisamente donde se hicieron los cimientos del convento e iglesia dominicos

Según la leyenda, al efectuarse las primeras excavaciones fue descubierto un pozo, en cuyo fondo se halló una antiquísima talla de la Virgen María. Por el inusitado hallazgo y las singularidades de la obra de imaginería, la talla fue bautizada y popularmente conocida como Virgen Antigua, recibiendo culto en la misma iglesia cuando fue finalmente abierta al culto feligrés. Convento e iglesia que recibió en siglos posteriores el apoyo personal de fray Alonso de Santo Tomás, obispo de Málaga tenido por hijo espurio del rey Felipe IV, sufrió las lamentables consecuencias de las tres más importantes riadas del Guadalmedina, la de 1661, 1769 y la última de septiembre de 1907, en la que el agua, desbordada por rompimiento de los muros del río, penetró en el interior del templo cubriendo la nave de agua enlodada hasta la altura del propio sagrario.

Se convirtió en parroquia perchelera el día 8 de agosto de 1841. Cuando Pascual Madoz acaba el volumen «Málaga» de su famoso diccionario en 1850 consigna en sus páginas que ya existe la iglesia, pero «el convento se halla ocupado por la Casa de Beneficencia», lo cual indica que las leyes desamortizadoras ya habían afectado al uso del convento dominico.

El dato de la existencia, ya entonces, de la Casa de Beneficencia en lo que fue convento también nos sitúa ante el hecho cierto de que la misma fue el antecedente más lejano de la existencia de uno de los primeros centros oficiales de atención a los niños pobres, hijos de padres sin recursos o claramente mendicantes, y de ancianos que carecían de techo y necesitaban protección —casa, comida, cama y refugio— para sobrellevar con relativo confort sus achaques y enfermedades, cuando no sus últimos días de vida.

Otro popular centro benéfico del barrio del Perchel ha sido, durante los últimos 130 años, el Asilo de las Hermanitas de los Pobres, que se creó por la Casa Larios y que, inaugurado el día de San José de 1868, es uno de los hitos arquitectónicos y benéficos del barrio desde aquellos lejanos días. En él recibieron asistencia muchos ancianos malagueños, pero fundamentalmente del propio barrio donde nació y, reformado en su interior totalmente, todavía continúa realizando meritoria labor.

Un tercer centro benéfico, el Asilo de San Manuel, continúa en el barrio. Este fue un centro que ayudó a levantar y mantener una insigne malagueña: doña Trinidad Grund, que con otros distintos coetáneos puso a disposición de las madres trabajadoras de finales del pasado siglo una institución para atender a sus hijos en tanto ellas acudían a diario a sus obligaciones obreras.

Centros benéficos, iglesias y cenobios dieron al Perchel no sólo arquitectura, sino servicios. A ellos acudían, por las singularidades sociales de las familias que allí vivían, muchos de sus vecinos en distintas épocas, momentos y situaciones.

El convento del Carmen fue fundado por fray Gabriel de la Concepción, un carmelita calzado de la ciudad granadina que llegó a Málaga con el encargo fundacional de sus superiores y se encontró a su llegada con una urbe víctima de una de sus tradicionales epidemias de peste.

Eran los meses iniciales de 1583, de manera que el recién llegado tuvo que ponerse a trabajar en la asistencia a enfermos contagiados, dejando para más adelante la tarea de fundación para la que fue enviado a nuestra ciudad.

La crónica malagueña de fray Gabriel de la Concepción —conocido en Málaga como «Peñuela» por haber participado en la fundación conventual de Peñuela, Jaén— no es muy generosa en datos.

Para algunos cronistas llegó fray Gabriel para la fundación del carmelo perchelero, en tanto que para otros varios su presencia obedeció a distinto asunto, aunque no lo aclaran. Lo cierto es que este fraile socorrió a la gente apestada que moribunda o no pobló las calles percheleras de los primeros meses de 1583. Fray Gabriel tomó como hospital propio la ermita de San Andrés, junto a las Torres de Fonseca, donde más tarde se levantaría el complejo monacal carmelitano.

Las múltiples defunciones que produjo aquella epidemia de peste, la penuria económica del Obispado y del Ayuntamiento como consecuencia de la situación sanitaria y la negativa actitud de los dominicos percheleros, opuestos a que se llevara a cabo la fundación de la iglesia y del convento del Carmen, dificultaron las pretensiones del carmelita. No obstante, fray Gabriel de la Concepción debió ser todo un estratega de escuela diplomática porque el día 8 de marzo de 1584 obtiene licencia de la ciudad para llevar a cabo la fundación de la que fue encargado por sus superiores. Así, diez días más tarde de la fecha mencionada, toma para su Orden la antigua ermita-hospital de San Andrés y sus almacenes, y para el 27 de junio siguiente ya está funcionando el convento con las lógicas limitaciones de amueblamiento y personal necesario para su mejor gobierno.

El ejemplo del fundador respecto a su actuación benefactora durante la epidemia de peste, así como su heroica ejemplaridad al ayudar a la población afectada, debió alcanzar entre los percheleros de entonces gran predicamento, puesto que al final hasta sus propios enemigos de religión, los dominicos, rectificaron.

El propio fray Gabriel dejó escrito: «... tomé una casa vazía en aquellos barrios que avían quedado muchas desde la peste, hice acomodar en un portal della una iglesia y altar y metime en aquella casa con mis frayles, y por la facultad que nos da la Bula de la Cruzada, pedí licencia al obispo, que fue acomodando las cosas de suerte que los mismos padres dominicos nos llevaron en procesión con el Santísimo Sacramento desde su casa hasta nuestra Yglesia de San Andrés, donde lo primero que se labró fueron unas tumbas o sepulturas en el campo donde se avían enterrado los de la peste, que se cerró y luego se comenzó a labrar la casa, dándonos la ciudad una torre en que está la campana grande que suelen tocar a rebato cuando vienen los moros».

Este relato del fray fundador del carmelo masculino del Perchel nos permite hoy confirmar sin apenas proponérselo que las actuales playas de San Andrés reciben su nombre de la antiquísima ermita que allí existió, sin duda levantada por los pescadores, que a tal santo tenían por celestial patrono; también dicha crónica nos aclara que, en efecto, ermita y hospital del mismo nombre estuvieron situados donde las famosas Torres de Fonseca, otero, vigía y bastión contra invasiones. Por último, que una de sus populares torres fue prestado campanario de la inicial iglesia carmelita.

La presencia carmelitana en los Percheles malagueños, si hemos de traducir fielmente las crónicas, dan a entender que aquella fundación se hizo en el barrio a causa precisamente de la marginación que sufrían sus vecinos, pues con «el ejemplo y la acción de los carmelitas el barrio de los Percheles cambió tanto espiritual como materialmente, se suavizaron sus costumbres pendencieras, sus prácticas acuchilladoras, y hasta alcanzó épocas de prosperidad con la salazón y comercio del pescado».

Historia de Málaga: El Perchel

Santo Domingo, primero, y el Carmen, después, con una diferencia cronológica de 90 años, fueron los iniciales conventos e iglesias del Perchel. Tampoco serían los únicos pese a que históricamente las avalanchas y asentamientos populares del barrio distaban mucho de buscar cobijo clerético; y si en realidad a aquellos conventos siguieron otros distintos, incluso su parroquia titular de San Pedro, fue debido al carácter de barrio populoso que alcanzó hacia la primera mitad del siglo XVII, y nunca por específica demanda ciudadana.

Esta misma crónica recoge con alborozo de qué manera la presencia carmelita en el barrio contribuyó a que amainaran no pocas tormentas procedentes del comportamiento de muchos de sus vecinos, entre quienes los había decididamente matones; jóvenes bragados y dispuestos a jugársela con cualquiera a propósito de insignificantes nimiedades; chulos declarados con evidente poder e influencia en su calle; jabegotes del ocio diario a la sombra de una jábega varada, dejándose sus escasas monedas en el juego; barateros que navaja en mano exigían su parte en la timba, so pretexto de procurar orden en su territorio en tanto la partida estaba en marcha; cobradores marrulleros, traficantes oportunistas de usureros préstamos y maritornes voceadoras de ajenos ires y venires...

Guapas, jacarandosas y bellas mozuelas faeneras de la pasa, la almendra y los cítricos, que a diario cruzaban el Guadalmedina por sus portillos llevando a la ciudad su irrenunciable aire perchelero, regresaban al cabo de una larga jornada obrera de extenuante labor con los estigmas de su cansancio. Ello no fue inconveniente para que tan nutrida y alegre muchachada perdiera casi nunca su espíritu de supervivencia en medio de una ciudad que de alguna manera les discriminaba por su procedencia. Sus fiestas populares —cruces de mayo, veladillas del Carmen, Coso Blanco, Semana Santa— eran, con sus fiestas de patios y calles, ocasión singular para el reencuentro.

Si en realidad con el establecimiento del convento del Carmen en la parte más occidental de los Percheles se produjo, según coinciden diferentes autores, un cierto cambio en la vida y en las prácticas diarias de muchos de sus vecinos, es de suponer que no por ello desaparecerían totalmente sus conflictos.

La precisa estructura de comunidad cerrada que tenía, sus tradicionales modos culturales sin posible gemelación con ningún otro barrio, su manga ancha para otorgarse dosis de libertades individuales y su escasa generosidad para identificarse con conductas extrapercheleras no cambiaron nunca.

Pesaba sobre el barrio la existencia de su propia historia, hecha a base de largos periodos de silencio como de escandaleras extemporáneas, casi siempre relacionada con la situación social que allí se vivía, con los distintos momentos políticos que se protagonizaban como extensión de inquietudes obreristas o necesidades municipales que nunca se cubrían pese a la existencia de comisarios y alcaldes de «cuarteles», según ya pudimos comprobar en el capítulo anterior.

En cierta manera, y es una clave más para entender sus tradicionales relaciones con la ciudad, el Perchel, cuando alcanza conciencia de barrio singular a lo largo de todo el siglo XIX, acentúa sus diferencias con la ciudad que le margina. Es en esos momentos cuando ciertamente la larga peripecia de barrio distinto vivida por los percheleros a espaldas de Málaga hace aflorar las definitivas malquerencias que fijan para un largo periodo de tiempo lo que en realidad significaba para los vecinos del barrio la Alameda Principal, la calle Larios, el paseo de Reding y la misma Caleta, símbolo no sólo de la ciudad burguesa, sino escenario habitual de sus influyentes familias.

Un nuevo símbolo perchelero nace en el corazón del barrio, la plaza de Ortigosa, al iniciarse la segunda mitad del siglo XVII. Es la iglesia de San Pedro, creada como ayuda de la parroquia de San Juan, de la que dependía todo el territorio perchelero. La noticia nos la facilita el canónigo Cristóbal Medina Conde al estudiar el pontificado malacitano de Diego Martínez de Zarzosa:

«Nuestro prelado erigió en el barrio de los Percheles, año 1658, la Ayunda de Parroquia de San Juan, dedicada al Señor S. Pedro como en el barrio de la Trinidad al señor S. Pablo. Como erector de ella se conserva en la sacristía un retrato de dicho obispo Zarzosa».

Al mismo canónigo debemos noticias acerca de uno de los más ilustres vecinos nacidos en el mismo barrio, el que, con el tiempo, fuera obispo de Cádiz y personalidad cuasi ministerial, cuasi política y, finalmente, hasta aristocrática, al recibir título nobiliario.

Medina Conde dice sobre él: «Este barrio tuvo la fortuna y dicha de haber nacido en él en noviembre de 1663, y bautizándose el 5 de dicho mes en su parroquia de San Juan, don Lorenzo Armengual de la Mota, que llegó a los empleos y honores de abad de San Mamés en Galicia, obispo de Gironda, auxiliar de Zaragoza y vicario y visitador general. También fue presidente del Consejo de Hacienda y, últimamente, obispo de Cádiz. En reconocimiento al barrio de su nacimiento, y para beneficio espiritual y temporal de sus vecinos, dotó en 1724 cinco capellanías servideras en ellas, una, para cura teniente, y las otras quatro, para quatro sacerdotes y confesores para oír la penitencia de aquellos feligreses, y otros dos cantores para oficiar las misas, Vísperas y Completas los domingos, días de fiesta y en los sábados, la Misa de Nuestra Señora. A más de esto dexó dotada en los jesuitas (actual iglesia del Santo Cristo, entonces templo de la Compañía de Jesús) una Misión para la explicación de la Doctrina Christiana, que hoy se cumple por otros predicadores en dicha iglesia».

Y sigue: «Para mayor alivio de sus paisanos, dividió las rentas de sus mayorazgos en tres partes. Una para vestir pobres, y viudas de su barrio de los Percheles; otra para redimir cautivos, principalmente malagueños; y la tercera para dotes de doncellas pobres huérfanas, naturales de esta ciudad, bien para religiosas o para casarse, de 200 ducados cada una. Por patronos de obra pía tan magnífica nombró al Deán, y a los tres canónigos de oficio de esta Catedral, a cuyo cargo corre la distribución de sus limosnas y el cumplimiento más exacto de obra tan útil. Para condecorar más las personas de los Deanes, les agregó el título de Marqués de Campo Alegre, que en atención a sus méritos le concedió el Sr. D. Felipe V en 6 de mayo de 1716 en cabeza de su hermana Doña Jacinta Armengual de la Mota».

Es posible que a través de las cinco capellanías creadas en el barrio por el perchelero obispo Armengual de la Mota en 1724, precedidas en el tiempo por el carmelo y la parroquia, dieran aquellos frutos de coexistencia vecinal a los que aludieron las antiguas crónicas carmelitanas.

HERMANDADES

En un sentido estrictamente religioso, las aportaciones de convento, parroquia y las meritorias decisiones del propio obispo —aunque fuera a distancia— movilizaron a los vecinos hacia el fenómeno cofrade, algo en lo que, hasta entonces, no se habían ocupado. En este sentido, se constata a finales del siglo XVIII las fundaciones de las hermandades de Nuestra Señora del Mar, un título muy adecuado dado el carácter marinero del barrio, así como la del Cristo de las Penas, de Nuestra Señora de los Dolores, del Santo Rosario, de Jesús de la Buena Muerte y la del «Chiquito» o Misericordia, «que es la última que se ha erigido en esta iglesia de San Pedro», revela Medina Conde, «... para socorro de los pobres enfermos de este barrio, administrándoles todos sus alimentos, medicinas y médico para su curación. Sus Constituciones impresas, que aprobó S. M. por su Real Cédula en Madrid a 10 de diciembre de 1791, es la que se fundó con el citado título de la Misericordia, que llenan sus caritativos y ejemplares cofrades con mayor exactitud».

La otra gran creación cofradiera fue la de la Archicofradía del Nazareno, fundada en la primera mitad del siglo XVI, fusionándose con la Hermandad de la Esperanza en 1641 al quedar fundada ese mismo año.

La tercera fundación religiosa en los Percheles fue el Convento de la Aurora María, que estando hoy más próximo al barrio de la Trinidad nació perchelero por una simple cuestión de morfología urbana. En efecto, en 1767 el muro occidental del Guadalmedina discurría desde el vomitorio del río por el pasillo de Guimbarda hacia la calle del Cañaveral. Allí se formaba una plazoleta innominada que abarcaba todo lo que en la actualidad es la entrada a la calle Mármoles y la placita del Padre Miguel Sánchez. No estaba definida como ahora la calle Trinidad, pues esta vía se formó desde la colina del antiguo convento, después cuartel del mismo nombre, descendiendo desde las populares Barrera y Calzada del barrio.

Como para el año indicado la urbanística trinitaria estaba todavía por definir y el eje natural del barrio, calle Mármoles, no había establecido aún la línea divisoria entre ambos territorios, resultaba que el Perchel invadía la parte trinitaria más próxima a la ribera occidental del Guadalmedina. En ocasiones, antes y después de la Reconquista, aquella explanada fue célebre por la organización frecuente de una feria de borricos.

Ya desde el año 1680 en distintos puntos de la ciudad se practicaba la devoción procesional del Rosario de la Aurora. Se tienen noticias de las que para entonces salían de las calles San Jacinto, Parras y, posteriormente, de la iglesia de la Merced.

Al instalarse las monjas de la Aurora y Divina Providencia en la ribera del Guadalmedina en 1728, la devoción del rosario matutino se extendió de manera tan notable, que resultó relativamente fácil que los vecinos del Perchel, los procesionistas y adeptos a la devoción mariana, ayudaran de forma tal que el templo de la Aurora María —todo su exterior labrado en piedra— pudiera inaugurarse en el mes de enero de 1758. La misión por la cual se construyó la iglesia-convento fue la de fomentar devocionalmente el Rosario de la Aurora, objetivo que dejó de cumplirse en diferentes momentos históricos del siglo XIX y primeros años del presente, tanto a causa de inestabilidad y cambios políticos de signo anticlerical o por furores laicos.

Por último, el convento de San Carlos Borromeo. Este convento, tal como nosotros lo hemos conocido en la calle Calvo habitado por monjas filipenses que tanta paciencia e inspiración pusieron siempre al bordar enseres procesionales para las cofradías y hermandades procesionistas locales, fue, en la intencionalidad de su origen, una fundación orientada a la reinserción social de las prostitutas.

La primera casa de recogimiento para esta clase de mujeres ya la fundó en Málaga fray Alonso de Santo Tomás en la segunda mitad del siglo XVII, pero por falta de apoyos tuvo que desistir en su idea, igual que ocurrió a otros obispos sucesores.

Tuvo que ser Carlos III quien, a través de sus ministros, diera decidido amparo a lo que su precedente Carlos negara. Así, el Colegio de San Carlos Borromeo —Casa de Misericordia, Correccional para Mujeres, Beaterio o «Casa de Arrecogías» como finalmente se le llamó— se abre primero en la calle Pozos Dulces, pero, siendo inadecuada aquella casa y ubicación, se adquiere en la calle Calvo de los Percheles una más adecuada con huerta y jardín, que permitió mayor cabida de mujeres.

Las primeras «magdalenas» fueron 50 aquel día 10 de mayo de 1793 en que queda oficialmente inaugurado el beaterio, cuya vida, después de haber rendido buenos servicios sociales a mujeres de la calle durante sus primeros decenios de existencia, y a niñas desamparadas más tarde hasta totalizar un largo siglo y medio de existencia, acaba prácticamente cuando los proyectos urbanísticos del Polígono Residencial Alameda se ponen en marcha hacia la mitad de 1950. El progreso lo barrió del mapa urbano; Málaga perdió, con aquél y otros símbolos percheleros, parte fundamental de la historia de su primer barrio.

HUELLAS DEL PASADO

Una serie de pinturas al fresco —de implícita y cambiante simbología religiosa, mitológica, heráldica y de carácter artesanal— aparecidas a medida que iba avanzando el proceso de degradación arquitectónica de los viejos edificios percheleros nos permitió confirmar personalmente hace diez años la importancia de la zona como primer barrio organizado de Málaga.

Tales descubrimientos fueron resultado de la paciente labor del jesuita malagueño Jorge Lamothe —entre 1983 y 1988 coadjutor de la iglesia de Santo Domingo y luego párroco de Los Asperones—, que, siempre atento al medio y arquitectura percheleros, había venido estudiando diferentes aspectos monumentales del más antiguo barrio de Málaga.

Jorge Lamothe observó con detenimiento algunas fachadas percheleras que sucumbían al paso del tiempo, logrando reunir más de dos millares de fotografías en las que documentó parte del adorno inmobiliario que fue característico en muchas de sus casas principales. Son fotografías no sólo crónica estética y arquitectónica, sino explicación y claro discurso de su mejor lejano ayer.

Que el Perchel fue un barrio importante de la periferia malagueña ya se constata en su pasado romano y musulmán, cuyas culturas respetaron la zona como asentamiento entre urbano, mercantil y de relación social. Es más, cuando se extendió a extramuros por los pésimos olores con que su industria castigaba a la población, el sector no perdió el pulso primitivo ni se abandonaron los destacados inmuebles que, conocidos o no, representaban parte de su patrimonio arquitectónico, muchos de los cuales —sin que hasta hace diez años se conocieran— ocultaban tras las numerosas capas de cal o estuco que tuvieron a lo largo de los siglos excelentes pinturas de los siglos XVI, XVII y XVIII.

A juicio del padre Jorge Lamothe, y tal como históricamente sucedió en otras muchas ciudades durante los mismos periodos, los frescos exteriores de los edificios de las mencionadas centurias indicaban singularidad y dependencia de oficio, arte, industria, comercio o actividad. Eran dichas pinturas las que orientaban a la población acerca del negocio al cual se dedicaban, el carácter industrial del mismo, propiedad y uso público, administrativo o privado.

Según durante aquellos años pudimos recoger siempre acompañados del padre Lamothe, dichas pinturas al fresco fueron realizadas sobre fachadas previa y hábilmente preparadas para ello. Los adornos aparecidos no se ceñían exclusivamente al tema simbólico o representativo de la actividad artesanal, mercantil o religiosa, sino que en ocasiones fueron creaciones pictóricas muy creativas hechas para acentuar o mejorar el propio diseño arquitectónico de los edificios. Así, se comprobó la existencia de pinturas sobre marcos de puertas, ventanas y restantes huecos de las fachadas, en las que la creatividad del artista de turno pintó columnas sobre bases rematadas por capiteles que, en algunos casos, sostenían airosos frontones; arcos, grecas, cenefas y ménsulas aparecieron en número abundante.

Los colores predominantes fueron siempre los azules, amarillos, rojos y rosáceos, los cuales aparecieron generalmente a partir de las sucesivas capas de cal con las que las fachadas fueron «enlucidas» a partir de la ejecución de los temas pictóricos.

Del extenso muestrario que en diversos momentos pudimos contemplar hay que destacar la figura de un San Francisco de Asís con crucifijo en las manos y sangrante corazón en el pecho en calle Pulidero, 3; portal, cierros y ventanas exteriores engalanados en calle Zurradores, 5; adornos y enmarcados de huecos, ventanas y balcones en Agustín Parejo, 7; figura masculina semidesnuda con niño al hombro —semejante a la conocida iconografía de San Cristóbal— en calle Santa Rosa, 4; anciano sentado junto a un escudo heráldico y medallón ático de hombre con canastos en San Jacinto, 4 (antiquísima Casa del Administrador ya demolida); jarrón rococó y otros adornos de la época en Pulidero, 7; adolescente con máscara de elefante, figura de Minerva y adorno de huecos y rehundidos, ventanas y cierros en pasillo de Atocha, 5.

Igualmente, otras numerosas fachadas presentaban, como en el caso de la calle Cerrojo, número 8, conocida como Casa del Obispo, exquisitos y muy bien ejecutados adornos neomudéjares que hablaban de la relevancia y singularidad que, en tiempos, tuvo la casa.

Estos descubrimientos tardíos pero oportunísimos, dan respuestas afirmativas acerca de la importancia que tuvo el barrio del Perchel durante los siglos XVI, XVII y XVIII, hablan por sí mismos de la potencia y significación de su carácter industrial y acentúan la sospecha de que todo su territorio fue desarrollando poco a poco una especie de urbe paralela a la de Málaga en la que evidentemente se entreveraban lo culto e industrial con una tipología humana también mezclada de gente culta y faenera.

En esa doble perspectiva industrial-cultural y vecinal-faenera se explica el carácter del barrio y el distinto acento que el Perchel aportó al resto de Málaga.

HITOS DESAPARECIDOS

Recoger aquí las industrias, comercios, establecimientos, fábricas y edificios que fueron populares en el tramo final de la historia del Perchel como barrio resultaría largo y, en ocasiones, imposible de citar en deseable orden cronológico. Por ello, permitirá el lector que el cronista viva de nuevo su propia experiencia niña como espectador que fue de la lenta agonía perchelera. Debo decir que cada malagueño, incluso cada perchelero de nascencia, vivió el barrio a su propia manera y según sus personales gustos y proclividades. Los míos eran sencillos a los diez años: escaparme del barrio de Capuchinos —costumbre absolutamente prohibida por mi familia por los «riesgos» que entrañaba para un niño «cruzar el puente»— y vivir aquellas calles sorprendentemente estrechas, animadas, siempre bulliciosas, en las que, como poco, podía uno escuchar unas maneras coloquiales bien distintas a las del resto de la ciudad de entonces.

El hecho de tener algunos compañeros de colegio en la Escuela Aneja al Magisterio, en la plaza de la Constitución, me permitía casi siempre estar acompañado de alguno de ellos, lo que era indudable escudo protector si mi presencia de «extranjero» era detectada por alguna pandilla de incorregibles nenes de aquellos tan numerosos que se apedreaban en el lecho del Guadalmedina, jugaban a los trompos en el pasillo de Santo Domingo o hacían largas colas ante la taquilla del Cine Rialto, en la calle Conde de Aranda, para asistir a la sesión de tarde —programa doble con «Kit Karson» y la primera parte de «El tanque humano»— con entrada de general a quince céntimos

Sin duda alguna, el pasillo de Santo Domingo tenía un atractivo singular: en él se celebraban las animadas ferias de «borregos» en la cual los rebaños «pastaban» con paciencia melancólica sobre la zona terriza y arbolada que existía hasta no hace tanto frente al templo de Santo Domingo.

También allí, y con puntualidad navideña y semanasantera, se instalaban los circos que venían a la ciudad y el siempre sorprendente espectáculo de la compañía Capullitos Malagueños» —que solía descubrir a nuevos valores de la canción española o aflamencada— y el no menos histórico Teatro Chino de Manolita Cheng, sustitutivo de los espectáculos del Cervantes, entonces dominado por la Compañía de Colsada y sus alegres chicas o las últimas agrupaciones zarzueleras en trance de absoluta desaparición.

En el pasillo de Santo Domingo, la academia de baile de Angelita Didier era un verdadero santuario en el que cada día, mañana y tarde, quedaban reunidos no sólo los pequeños y jóvenes artistas en ciernes, sino sus mamás y parientas más cercanas, que gustaban de seguir desde incómoda silla de anea —o de pie— las evoluciones del baile y los giros de la canción de sus tiernos ensayantes.

Casi próximo, Conservas Santa Rosa, resto de la que fue importante industria conservera de Diego Martín Caballero, el primero que en Málaga comercializó los boqueroncitos fritos manojados al vacío en envases de hojalata. Conservas Santa Rosa inundó el barrio de los últimos aromas procedentes de la industria que dio origen al barrio. En ella trabajaban docenas de mujeres y su fábrica abastecía no sólo a la ciudad, sino a gran parte de la región y otros muchos mercados provinciales de España.

Entre Cerezuela y Matadero Viejo, la muy activa Gráficas Alcalá, en la que a diario nacían prodigios litográficos que más tarde se enmarcaban para el adorno interior de viviendas populares y aun cultas, dada la excelencia de sus trabajos y la inspiración y arte de los pintores y dibujantes que los realizaban.

También en el pasillo de Santo Domingo, los talleres de Juan Gallego Gallego, que en su tercera generación de los del mismo apellido allí mantuvo sus instalaciones hasta que en 1970 se traslada de lugar al crear la Factoría Naval de Málaga, S. A.

Paisaje abigarrado de industrias, comercios, establecimientos y viviendas particulares, todavía destacaba por su actividad la Fábrica de Curtidos de Fernández Requena, que ocupaba, como decenios más tarde se demostró, la parte más artística del desamortizado Convento de Santo Domingo. Los Franquelo tuvieron en la calle Don Iñigo su fábrica de Cerveza Victoria, la que generalmente se consumía en la ciudad y que hizo popularísimo el logotipo del ciudadano orondo, de traje blanco y canotier que, enjugándose la cara por el calor, se refresca con una de aquellas botellas verdes que la hicieron famosa.

Sin duda, habrá todavía muchos percheleros que recuerden con una cierta nostalgia la escalinata que, desde la Alameda Principal, daba acceso al barrio. ¿Qué perchelero niño no se dejó alguna vez deslizar por sus espléndidas y muy pulimentadas «chorraeras» formadas por anchos pasamanos de piedra?, y ¿quién, también de niño, no intentó subirlas gateando, esforzándose para mantener el equilibrio en tan singular e incómoda postura?

Desde aquellas escalinatas, especie de mirador al barrio, el Perchel asomaba como un paisaje de campo abierto a la vega que tenía inmediatamente detrás, y que hasta pasados los años cuarenta no la tuvo tan cerca y nutrida de huertas y arboleda.

¿Pudo olvidar algún perchelero o amante del barrio aquel increíble edificio que fue Casa de Socorro, con su torre con reloj a cuatro direcciones y su artística y bien labrada fachada revestida de piedra? Se encontraba hasta su demolición junto al Asilo de las Hermanitas de los Pobres, y era, por encima de todo, una extraña construcción que siempre mereció más céntrico emplazamiento.

¿Y el cuartel de los «Gurripatos», en el que tantas generaciones de malagueños hicieron la mili voluntaria —luego sería edificio de la Base Aérea de Málaga— y que tuvo como prolongación la Escuela de Especialistas del Ejército del Aire?

¿Se perdió ya de la memoria de sus antiguos vecinos el obrador-confitería de La Imperial, que tenía su entrada por el actual Mercado Municipal del Carmen? ¿Y la fábrica de caramelos de E. López, en calle Cuarteles, o la Jabonería de Silva, o, simplemente, la casa donde vivieron Pepe Mena y el pintor Manolo Garvayo?

Percheleros fueron negocios de vinos y telares de la Casa Larios. En calle Constancia estuvieron sus bodegas locales durante decenios, y en la finca La Aurora, además de existir como metáfora muy distinguida de la familia del mismo apellido su famosísima «estufa» —gran vivero de aclimatación de plantas de todos los continentes con gigantesca cúpula acristalada—, existió la primera fábrica de hilados de la historia de Málaga, que más tarde aumentó su producción en la Industria Malagueña, en Huelin, también de la misma familia.

No fue un barrio cualquiera el Perchel. Hay que considerar que por el gran territorio que con los siglos ocupó, el número elevado de casas que en su perímetro se construyeron y el no menos importante de sus industrias de todo tipo, el flujo y reflujo vecinal fue constante, y su nombre, a causa de la ocupación humana y su espíritu industrial, famoso.