Territorios del mal

La investigación pinta tan mal para ellas como las fracturas de la pequeña

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

La capacidad de asombro indignado ante los sucesos de violencia y humillación no basta aunque sea la condición necesaria para alejar cualquier espiral de indiferencia. La vida, la dignidad y la empatía nunca podrán ser bienes en almoneda ni esos minutos de silencio ante los asesinatos de mujeres solo un gesto tristemente habitual. Faltan más medios, pero quedan también años de lluvia fina en la educación, que es mucho más que feminizar palabras. A la legión de maltratadores y abusadores también se han sumado esta semana sin salir de casa ni del instituto esa madre adolescente y la abuela treintañera detenidas en Málaga tras las graves lesiones con las que ingresó una niña de dos años en el hospital. La investigación pinta tan mal para ellas como las fracturas de huesos de la pequeña. La sociedad quizás se haya vuelto líquida en su incapacidad de contagiar valores pero lo peor es que se ha vuelto también un espacio corrosivo y extraño para una minoría que ha normalizado una precocidad transversal que incluye el maltrato y la rabia en cualquier dirección, con destino a semejantes de cualquier edad. Pegar como respuesta a la propia impotencia y frustración no importa si lo que hay es un biberón tras un llanto o una madre que niega el wifi a un pequeño tirano de metro ochenta. Violencia de adolescentes a padres y de padres a españolitos que viene al mundo y a los que España quizás no tenga tiempo de helarles el corazón.

No caer en la derrota ante este panorama es un síntoma de salud, un espejo en el que mirarnos aun a riesgo de ver un reto imposible en un paisaje de crueldad doméstica con páginas inéditas en la crónica de sucesos. Huir de la indiferencia y combatirla tiene algo de chaleco salvavidas hacia un futuro mejor, y también toca indignarse si las soluciones se confían solo a la cocina del poder como si la arquitectura de los sentimientos desde la infancia fuese cosa del Gobierno y no de los que están más cerca del niño. Condenar y lamentar no dejan de ser el mínimo placebo cuando flaquean las recetas para una realidad áspera donde una incansable legión de desalmados convierte la vida de los más débiles en tierra hostil. La sorpresa indignada, por lo menos, sigue estando ahí para recordarnos que el parentesco del hombre con carroñeros oportunistas no se fue del todo y la depredación acecha bajo los más insólitos personajes. El escándalo ante las conductas aberrantes garantiza al menos oleadas de higiene colectiva. No entienden de fronteras. Las fechorías sexuales de cooperantes de Oxfam en un Haití hecho escombros han arrasado la confianza de miles de socios que seguirán tras la filantropía químicamente pura. Pasó también con cascos azules en otros lugares porque la depravación tampoco conoce de uniformes, sotanas ni chalecos con logos honorables. La variedad de espantajos humanos tiende al infinito y si en Vélez un asesino se agazapaba en Facebook, en Florida un adolescente al que la quinta enmienda le oscureció el cerebro de racista blanco ha silenciado incluso la verborrea tuitera de Trump, un estadista de fogueo ahora ante 17 muertos y una América grande pero locamente armada.

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