LA OBJETIVIDAD DEL HISTORIADOR

Catalina Urbaneja
CATALINA URBANEJA

Estupor y sorpresa me ha causado el artículo que se ha publicado en la revista La Garbía, sobre la sublevación de los moriscos en el que parece cuestionarse mi objetividad como historiadora y, más concretamente, mi recién estrenada faceta de novelista histórica. Me ha sorprendido que una persona de tanto prestigio y tan dilata trayectoria, baje al ruedo a lidiar en una arena que no domina y discrepe con tanta rotundidad sobre los hechos reflejados en mi novela, aunque no se mencione expresamente. En efecto, Atayfora es una novela histórica en el más estricto sentido, basada en una ingente cantidad de documentación y apoyada por publicaciones de autores que conforman «la nueva ola» de historiadores, es decir, aquellos profesionales que han dado un vuelco a la Historia sacando a la luz aspectos hasta hace poco desdeñados por la historiografía clásica y que han contribuido al reforzamiento de la «historia total».

Me sorprende que desde las páginas de La Garbía se me recuerde tácitamente la «obligación rigurosamente analítica» de todo historiador y el error a que conducen las actitudes de «incomprensión y autoritarismo rígido sean cuales sean las bases que las sustenten», precisamente cuando su autora no predica con el ejemplo. En cualquier caso, hace mucho tiempo que me ocupo de los moriscos por libre decisión, pues los considero un pueblo que sufrió la intolerancia religiosa de un monarca dominado por la Iglesia; un grupo social aculturado a la fuerza por una cultura dominante que subordinó a la suya; un pueblo cuya economía fue lacerada por unos impuestos desmesurados e incomprensibles, etcétera. Y estas afirmaciones no son producto de mi apasionamiento, sino de la información recogida en fuentes archivísticas rigurosamente contrastadas. Y si alguien tiene dudas al respecto, le sugiero que pregunte a los moriscos cómo sobrellevaron esas actitudes de incomprensión, autoritarismo y xenofobia. Mas, como ellos no pueden responder, podría dedicarse a investigar los Protocolos Notariales, la sección Cámara de Castilla del Archivo General de Simancas, o en la Inquisición del Histórico Nacional. Claro está que es imprescindible que domine o esté familiarizado con la Paleografía, cosa que no siempre ocurre.

Como reflexión final escribe que la única función del historiador «debe ser la de exponer los hechos con la seriedad (que incluye frialdad a veces) de los documentos que le han servido de fuentes, dejando al margen cualquier interpretación propiamente subjetiva». Una magnífica recomendación de no ser porque es algo inherente al oficio del historiador que nos enseñaron en las aulas de la universidad y que no siempre se tiene en cuenta. Me surge la duda si, tras esta frase lapidaria, se esconde una actitud de prepotencia y menosprecio hacia mi trabajo como historiadora, que, no hace falta recordarlo, fue calificado con un sobresaliente cum laude por un tribunal compuesto por prestigiosos profesores de distintas universidades andaluzas.

Viene a la memoria la distinción entre historia novelada y novela histórica

A colación con este lamentable artículo, me viene a la memoria la distinción que hizo José Luis Sampedro entre la historia novelada -aquella en la que se trata de legitimar unos hechos para los que su autor no tiene una información completa y recurre a la ficción acaso para resaltar a personajes de la élite local - y la novela histórica -que parte de datos concretos de los que el historiador puede tomarse cualquier licencia, ya que su libertad a la hora de escribir es total-. La ventaja que tiene esta última es que no aburre al lector con las necesarias notas a pie de página, ya que la narración se agiliza, se hace más comprensiva y atractiva, un incentivo a tener en cuenta por aquellos historiadores que, como en mi caso, pretenden divulgar unos acontecimientos sobre los que se ha vertido demasiada literatura, pues son pocas las personas que leen los áridos tratados históricos. Partiendo de estas premisas, es comprensible que la obligación del historiador-novelista no sea otra que la de facilitar a sus potenciales lectores el acceso a un periodo concreto del pasado, porque la Historia es la memoria colectiva de un pueblo, con sus luces y sombras, sus tiranos y sus mártires, su nobleza y sus plebeyos.

Los personajes de Atayfora han existido en un elevado porcentaje y los hechos narrados se ciñen fielmente al discurso histórico que, en este caso, no distingue entre buenos y malos, que los hubo como en cualquier otra época. En mi novela he tratado de demostrar que ni todos los moriscos fueron víctimas de su ideología, ni todos los cristianos viejos abusaron de la preeminencia social que les atribuían las leyes de Castilla. Sencillamente, no supieron o no quisieron convivir. Seamos sinceros y apliquémonos el viejo refrán que tanto gustaba a mi abuela: «de todo hay en la viña del Señor», o quizá sería mejor decir eso de «zapatero, a tus zapatos».