Leonor

Rafael J. Pérez
RAFAEL J. PÉREZMálaga

Leonor yacía muerta sobre un charco de sangre en la cocina. Había sido acuchillada. Había recibido más de diez puñaladas. Su hijo también estaba en casa y presentaba arañazos en el cuello y en un antebrazo. Es la segunda mujer asesinada en el ámbito doméstico por un hombre en lo que va de año; el sábado era 12 de enero. La primera víctima mortal de 2019 ocurrió a los tres días de comenzar el año. ¿Lo recuerda el lector? En los últimos quince años casi mil mujeres han sido asesinadas, 975 para ser exactos. Con nombres y apellidos, con familia y vida, con historia y un futuro por delante. Más allá de la siempre necesaria revisión legal de las leyes, hechas por hombres y mujeres, por tanto susceptibles de mejora; más allá de la necesaria reflexión sobre la violencia en el ámbito del hogar; más allá de la urgente voz que alerte del drama y lacra de la violencia machista que se extiende silenciosamente entre los más recónditos lugares de nuestra geografía; la violencia contra la mujer es un grito en la calle que necesita de nuestra atención prioritaria.

La violencia contra la mujer, además de un casi un millar de mujeres muertas, dejó el año pasado tres niños asesinados y treinta y nueve huérfanos. ¿Qué ocurre para que esto ocurra? ¿Qué sucede para que lleguemos a este punto? El Ayuntamiento de Fuengirola convocó ayer domingo una concentración a las puertas del Consistorio en repulsa por este crimen y decretó tres días de luto. Gestos necesarios pero insuficientes, no tanto por parte del Ayuntamiento, que hace lo que puede, sino por parte de la sociedad, porque sorprenden los atropellos continuos a la mujer. La violencia que pervive en hombres y mujeres, especialmente se ceba en mujeres y niñas que siguen siendo agredidas, asesinadas, secuestradas, violadas, prostituidas, mutiladas, vendidas como mercancía... Que el indecible dolor de la mujer sea escasa prioridad internacional es una muestra del escaso nivel de compromiso con la dignidad humana. Hay que despertar del sueño y estar cerca de las víctimas. Son necesarias políticas internacionales que recuperen la dignidad del hombre y la mujer. Las personas no somos mercancías, no somos objetos, no somos propiedad de otro ser humano. No soportemos el maltrato de la piel ni del alma; no justifiquemos ni callemos; sintamos nuestro el dolor que genera la violencia.

 

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