NO SOY JULIO VERNE

Nielson Sanchez-Stewart
NIELSON SANCHEZ-STEWART

Porque de predicciones ando regular no más. Creía que el referéndum del Brexit iba a ganarse por los 'remainders' y no. Me imaginé que los resultados de las elecciones generales iban a ir por otro camino y tampoco. Cierto es que el hombre evocado no era un adivino ni un gurú. Tenía imaginación y escribía sobre cosas que eran fantasías entonces pero que después se han ido sucediendo. Hoy a nadie le impresionan. Hay submarinos en todos los puertos, generalmente atracados porque moverlos cuesta un riñón. Se puede dar la vuelta al mundo en un fin de semana, no es necesario emplear muchos días; dicen que se ha ido a la luna, yo vi el desembarco y ahora me dicen que fue un montaje, para que te fíes de lo que echan en televisión. En fin.

Modestamente, cuando chiquillo hice unas predicciones escribiendo unos cuentos que debía haber llevado a protocolizar ante notario para darles fecha cierta. Porque aunque creo que se publicaron en una revista infantil, largamente desaparecida, no tengo ni la menor idea de cómo se puede encontrar una copia. Me costó media vida rastrear un poema inmortal que escribí de niño: Mi perrito salchicha se llamaba. Y todo para que no me pudieran autorizar a fotocopiar la página porque parecía un incunable aquello.

Mis predicciones, recuerdo, eran dos. Una descabellada en los años cincuenta o sesenta. Cada cual tendría su propio número de teléfono. Era una época en que el servicio era un lujo asiático. Conseguir que le instalaran uno en casa era una misión imposible. Se pedía a la compañía que, por supuesto, era un monopolio. Colocaban la solicitud en una lista de espera. Probablemente, corría más la de los trasplantes de hígado. Al fin, era como sacarse la lotería, venían unos técnicos, cableaban todos los muros, desde la calle hasta el sitio donde decidían que era el adecuado y te dejaban un siniestro artefacto de color hormiga de luto. La línea se compartía con un vecino y, a veces, con un desconocido. Cuando se levantaba el auricular se escuchaba la conversación del socio a quien se le rogaba que fuera despachando porque se quería utilizarlo. Con el tiempo, se fijaban horas para su uso sucesivo. Se inmortalizaron estas curiosísimas situaciones en películas: Días de radio, por ejemplo, donde la prima daba cuenta al resto de la familia sobre las operaciones quirúrgicas centradas en los países bajos de la señora con la que se compartía la línea. También en canciones: Daddy, daddy get a phone in my room, las desventuras de una adolescente que quería, como todas las adolescentes, hablar con su novio largo rato. Pensar que cada ser viviente pudiese disponer de su propio medio de comunicación era casi ridículo. Y si este sistema era inalámbrico, no te digo nada. Creo que no llegué hasta ahí. Mis teléfonos individuales exigían más cableado, más destrozo doméstico. Pues mira por donde. Hoy hay más teléfonos que narices. No exagero. La Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia que no sólo persigue al Consejo General de la Abogacía Española y a mi profesión sino que también hace otras cosas, ha determinado en un informe que hay más de cincuenta y tres millones de líneas en nuestro país. En cambio, en España sólo respiran un poquito más de cuarenta y siete millones de habitantes y de ese número hay que descontar los bebés que aún no han desarrollado suficientemente la oposición del pulgar, los ancianitos que pueblan las numerosas residencias y los desnarigados que, por suerte, no son muchos desde que se suprimió el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición que no a todo el mundo relajaban al brazo secular. A los que no hay que descontar es a los sin techo porque techo no tendrán pero móvil sí. Por lo menos, uno que vivía en un portal cerquita de casa y le sonaba en el momento menos apropiado, cuando estaba tratando de conmover la caridad del viandante contándole que necesitaba unos céntimos para el café. Además, el hombre lo cogía y te dejaba en espera de que terminase su conversación. Igual que cuando vas a una oficina pública y estás siendo digamos que atendido por el recepcionista.

Claro es que hay quien tiene más de un teléfono y alguno, una pléyade como un antiguo alcalde de Marbella que no le cabían en la mesa de despacho.

La próxima chorrada que imaginé en el próximo capítulo.