Javier Soto y la paleontología

Catalina Urbaneja
CATALINA URBANEJA

AUNQUE nacido en Barcelona, Javier es marbellero de convicción y sentimientos que, además, está casado con Paquita, una nativa de pura raigambre que siempre le ha prestado su incondicional apoyo. Como tantos otros, llegó a Marbella a principios de los sesenta y desde el primer momento comenzó a mostrar indicios de esa afición que le ha convertido en una persona singular.

Su currículo es impresionante: Junto a José Manuel Vallés, fundó la Sección Espeleológica Marbellí (la SEM), en la que desempeñó una entusiasta actividad que abocó en esa especial predilección por Sierra Blanca, de la que tantas incógnitas está desvelando. Colaboró con Carlos Posac en la Basílica Paleocristiana; con Rafael Rafael Puertas Tricas en la ciudad romana de Lacipo y con la Universidad de Granada merced a Miguel Botella, uno de los más cualificados antropólogos forenses del mundo, cooperación que mantuvo a lo largo de nueve años. Perteneció al Grupo de Rescate de las Cuevas de Andalucía, interviniendo en gestas tan sonadas como la de 1976, cuando salvaron a cinco espeleólogos alicantinos perdidos en la Cueva del Gato. Al año siguiente formó parte -junto a espeleólogos rusos, la SEM y miembros de Sociedad Excursionista de Málaga-, de la expedición que obtuvo el récord mundial en la Sima G.E.S.M., de 1.072 metros que, situada en la Sierra de las Nieves y con un desnivel de -1.101 metros y 30 de aguas subterráneas, es una de las más profundas de Europa.

Consecuencia de los cursos de topografía del subsuelo impartidos por Cantos Liébana en la SEM, fue la plasmación en un mapa del relieve de la cueva de La Pileta, de la que llegó a descifrar parte de su simbología. Una tarea de dos años en agradecimiento de la cual, una de sus galerías lleva su nombre. Es más, siempre interesado por las distintas fases del Paleolítico, durante seis campañas buscó neandertales en la Cueva Horada de San Roque; en Zamborino, cerca de Orce; en el Peñón de la Reina y en los Millares, ambos en Almería.

Sus profundos conocimientos sobre este periodo histórico y su dilatada experiencia, han sido fundamentales para que reconozcan su prestigio los más reputados paleontólogos, quienes le invitaron a trabajar en el yacimiento de Atapuerca, donde participó durante catorce temporadas. A Soto le cabe el honor de aparecer en la relación de colaboradores inserta en un panel del Museo de la Evolución Humana de Burgos, nominación que conoció a través de un amigo, proporcionándole la satisfacción de comprobar que aún quedan entidades que reconocen y agradecen la desinteresada participación de los voluntarios. Gesto poco habitual en estos tiempos. Un sencillo homenaje hacia un hombre que tuvo el privilegio de formar parte del equipo que, en 2007, descubrió en la Cueva del Elefante los restos fósiles de una muela y un mentón del Antecessor más antiguo de Europa, datado en 1.200.000 años.

Pero también su nombre está inscrito en el museo de Estepona, ya que es asiduo colaborador de su departamento de Arqueología y, más concretamente con Ildefonso Navarro, el arqueólogo municipal, de cuya mano se ha introducido en campos tan diferentes del suyo como son los iberos, romanos, tardorromanos y musulmanes. Su pasión por la arqueología le ha llevado este verano hacia la calurosa provincia de Jaén, donde ha intervenido en las excavaciones realizadas en Bedmar, con tan excelentes resultados que, según sus propias manifestaciones, «nos hemos posicionado a nivel nacional».

Centrándome en el territorio marbellí, debo resaltar que en 1996 encontró, en una brecha cuaternaria de Sierra Blanca, restos de un parietal humano y una muela que fueron datados entre 450 y 500.000 años. Pertenecían a un preneandertal, un Homo Heidelbergensis, que vivió hace más de 600.000 años y perduró al menos hasta los 200.000, ya mediados del Pleistoceno. Estos fósiles, hoy depositados en el Departamento de Antropología de la Universidad de Granada, fueron previamente examinados por los directores de Atapuerca, Eduald Carbonell y Bermúdez de Castro. Ahora centra sus investigaciones en los grandes enigmas ocultos bajo las entrañas de Puerto Rico, cuyos descubrimientos esperamos divulgue pronto.

Tras este increíble bagaje se esconde un ser humano entrañable, con una gran facilidad para transmitir sus conocimientos; un explorador resistente, espeleólogo incansable y terco, que nos ha reconciliado con la Prehistoria desde su saber hacer y la pasión que siente por un periodo tan difícil de descifrar. Un hombre que ha difundido sus hallazgos en congresos y, sobre las cavidades de Sierra Blanca, en algunos artículos de la revista Cilniana, asociación de la que es vicepresidente.

Este es Javier Soto, una persona muy valorada en los medios especializados, pero escasamente conocida entre sus conciudadanos; un hombre del que somos deudores por ser el promotor de una cultura paleontológica poco apreciada, pese a formar parte intrínseca de nuestro pasado.