HÉROES DEL VOLANTE

Antes, el uniforme disuadía a los delincuentes, parece que hoy se pretenda conseguirlo sólo con el temor de que tu vecino sea la autoridad camuflada

Nielson Sanchez-Stewart
NIELSON SANCHEZ-STEWART

Y yo que creía que el único riesgo que corrían era el morir congelados o, por lo menos, coger una pulmonía. Porque hay que ver la temperatura de los autobuses de Marbella. Una nevera, sí señor. Se reciben dos golpes inolvidables. Uno, al montarse porque el pecho se comprime y parece que en lugar de ser un vehículo, ha entrado uno a un iglú -aunque dicen, no he estado nunca en ninguno, que son calefaccionaditos, no sé cómo-. El segundo golpe se recibe al descender. El cuerpo, en estado previo y muy próximo a la hibernación vuelve a ser sometido a la temperatura ambiente que, a las cuatro de la tarde da gusto. Ignoro cuál es el sistema de refrigeración que emplean, me imagino que será como el de todos los vehículos que determina un incremento importante del combustible y, por eso, los profesionales escatiman el ponerlo en marcha a expensas de su achicharramiento. Es que pagan ellos el repostar la gasolina o el diesel y duele, claro que duele. En el transporte público, no paga nadie como piensa una vicepresidente del gobierno y entonces, no duele.

Me entero, tarde, como siempre, que el riesgo que corren estos esforzados trabajadores es otro. A pesar de lo duro de su labor siempre les he envidiado. Desde pequeño. Cuando me llevaban al colegio -soy usuario del transporte público desde mi lejana infancia- soñaba con ponerme en su lugar. Me bajaba en la parada cargado con mis libros y cuadernos, no se usaba la mochila en esas épocas, asustado por el examen que rendiría en unos minutos, compungido por lo haber estudiado lo suficiente, atemorizado por el resultado ya que las consecuencias de un suspenso o de una calificación regular eran terroríficas en mi casa, caras largas, reproches, llamadas de atención, predicciones catastróficas sobre un futuro lleno de incertidumbre. Rodeado de personas que se sacrificaban cotidianamente, si fallabas en el cumplimiento riguroso del deber, tu estatus peligraba y te sentías un paria. Mientras todo esto pasaba por mi imaginación el conductor seguía sentado en su poltrona. ¡Con cuanto gusto me habría cambiado por él!

Bien mirada, la actividad no es demasiado apetecible. En circunstancias normales, debe atender a una multiplicidad de funciones. Lo primero, conducir un monstruo atendiendo a las circunstancias del tráfico, siempre adversas. Cualquier error puede tener consecuencias fatales. No digamos volcar ni tropellar a un peatón despistado: basta con toparse con otro vehículo y causarle daño. Si el recorrido transcurre sin novedades, se toma como lo más natural del mundo y nadie le felicita, lo condecora ni siquiera le recibe con un aplauso o con un abrazo. Desarrolla una de esas labores que nadie reconoce cuando se hacen bien pero que se castigan severamente cuando se equivoca. Como la de los guardagujas que se prodigaban antes de la existencia de los pasos a nivel. Pero no solo conduce el pobre. Debe recibir los pagos de los billetes, cierto es que los pases gratuitos le han liberado algo del servicio, dar los cambios, cortar los tickets, ser amable con los viajeros, indicarles, a requerimiento dónde deben descender para llegar a su destino y mantener el orden en el entorno.

Y, hablando de orden, ahora resulta que están amenazados por la grosería, la mala educación, la sinvergonzonería, el descaro, la violencia y hasta la brutalidad. Varios conductores han sido atacados o vejados por tratar de cumplir con su deber, controlando el acceso de los pasajeros, instándolos a cumplir con las normas elementales de convivencia, impidiendo el abuso y la trapacería. Leo que para evitar estos desmanes -es lo que le faltaba al transporte para fomentar su popularidad- viajarán policías de paisano emboscados entre el personal. Antes, el uniforme disuadía a los delincuentes, parece que hoy se pretenda conseguirlo sólo con el temor de que tu vecino sea la autoridad camuflada. Ojalá que el método resulte.

Si a un Abogado le preguntas en qué consiste su profesión te podrá contestar, actor, vendedor, comerciante, empresario, sicólogo, ideólogo, cumplidor de objetivos imposibles, mindundi autónomo...

Un chófer podrá hacerlo también y agregar, víctima heroica.