Yo me lo guiso, yo me lo Icomos

Los partidarios de rechazar el hotel del puerto sacan pecho por un informe encargado por ellos y del que se intuía de antemano cuál iba a ser su conclusión

Javier Recio
JAVIER RECIOMálaga

Los detractores de la torre del puerto, que no deja de ser el proyecto de un hotel, están de enhorabuena porque el informe del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos) les ha dado la razón al considerar que no es buena idea construirlo. Apunta que tendría un impacto irreversible por la naturaleza permanente de la edificación. Hombre, hasta cierto punto eso estaba claro, pues un rascacielos en principio no es algo de quita y pon. No hay que ser muy listo también para intuir que Icomos se opondría. De ahí que fuera la plataforma que rechaza su construcción la que le pidió su opinión. Es por tanto lo que se denomina un informe de parte, terminología que suele utilizarse en el ámbito judicial para que quede constancia de que no se rige precisamente por el criterio de la independencia. Se acude a quien se sabe que te dará la razón.

En esta caso además podría decirse que es de un 82% de más parte que de la otra, porque de las 17 fuentes consultadas sólo hay tres favorables a la torre. El resto, 14, es gente que se ha declarado abiertamente en contra. Podría decirse que están casi todos los que son. Icomos no ha defraudado a su respetable. Es como si a una asociación de ecologistas se le preguntara si está a favor de construir en primera línea de playa. Estos expertos, a los que por supuesto hay que respetar su postura, apuntan que tendría un impacto sobre el paisaje. Pues claro. No podría ser de otra manera. A lo mejor hubiera estado bien cuestionarles sobre el Palmeral de las Sorpresas y el Muelle Uno, que sin duda han cambiado el paisaje y la fachada litoral de Málaga. ¿Es ahora mejor o peor que antes, cuando había un triste silo y unos muelles medio abandonados? Con la teoría de estos conservacionistas no se podría hacer prácticamente nada, porque toda actuación, en menor o mayor anchura o altura, siempre va a suponer un cambio. Pero es respetable. Por supuesto.

Lo que llama la atención es el protagonismo que de repente, a los 200 años, ha tomado la Farola. Qué pasada. Y eso que ha estado casi abandonada durante años ante la indiferencia de todos y ya no ejerce función alguna. Pues ahora se ha convertido en uno de los icomos, perdón iconos, de la capital. Se alega que no podrá ser vista. Supongo que será como ocurre ahora. Se verá o no dependiendo de donde te pongas. Si se pone uno en la playa La Malagueta, justo delante del Club Mediterráneo difícilmente se verá. O en unas de las calles traseras del citado barrio. Se podría caer en la desgracia de no verla durante unos instantes si se viene desde el mar cuando se pasara justo delante de la torre aún nonata. No se sabe muy bien si la gente podría soportar tal desgracia.

Ya puestos, les voy a contar una experiencia personal. Hace unas semanas tuve una vivencia parecida. Fui a Barcelona. Me atreví a visitarla. Llegué a pensar que tendría que ir con un machete imaginario para apartar a los miles de turistas que según algunos la hacen insoportable. Corrí el riesgo de ser usuario de uno de los parques temáticos en los que los más exquisitos suelen calificar los centros urbanos de las ciudades, porque están llenos de bares y tiendas. Me considero una persona afortunada porque he tenido la suerte de viajar bastante y ver numerosas ciudades españolas y de otros países. Aunque haya gente que no lo crea, casi todas son iguales. Tienen sus centros repletos de tiendas y bares, con sus correspondientes terrazas. ¡Qué iba a haber si no! ¿Una sucesión de salas de conferencias para que los siempre se escuchen mutuamente? Lógicamente tuve que soportar una cola en la Sagrada Familia. Por mucha estima que se tenga uno, ningún monumento está vacío esperando a que llegues para ponerte una alfombra roja para visitarlo. La gente también tiene derecho a ver este tipo de obras artísticas. Tras comprobar que podía pasear tranquilamente por las Ramblas (sí, soy muy poco original y confieso además ahora que estamos en cuaresma que no tuve cargo de conciencia por actuar como un vulgar turista), me atreví a ver la ‘monstruosidad’ que habrían hecho los catalanes con su fachada litoral. Pues bien, para mi asombro, la Barceloneta sigue siendo igual de encantadora con los dos grandes hoteles que hay en primera línea de playa, muy similares al planteado por José Seguí en Málaga. Pero faltaba el premio gordo. El hotel Vela, que luce majestuoso y se puede ver desde kilómetros a este y oeste del lugar donde está situado. Ahora bien, es un sacrilegio lo que han hecho con la estatua de Cristóbal Colón. No hay derecho que cuando estaba en la parte del hotel que da al mar no pudiera verla. Aunque anduviera veinte pasos a un lado y ya la divisara no era lo mismo. ¡Icomos tendría que haberlo impedido de cualquier manera! Se ve que en Barcelona no tienen a un Mister Niet como en el Ayuntamiento de Málaga.

Eduardo Zorrilla, líder de Málaga para la Gente, hace honor a aquel ministro comunista soviético de la época, Gromiko, que siempre contestaba con una negativa a lo que se le cuestionara. Aunque su postura de oponerse a todas las torres que se plantean en la capital quizá tenga una explicación freudiana basada en el apellido de su opositor político, el alcalde. En este asunto, está claro que se pueden adoptar argumentos a favor y en contra. No cabe el pensamiento único. O te gusta o no te gusta. No deja de ser en un momento dado en un divertimento para debatir y provocar. El problema es que hay gente que se está jugando su dinero. No el de los opinadores. Por eso, siempre hay que agarrarse a la ley y a sus procedimientos. A lo que digan los representantes de los ciudadanos, que en este asunto, salvo que se rajen por la escandalera ficticia que se forma, es bastante mayoritario a la torre. El informe en cuestión, pese a que esté elaborado por asesores que presentan trabajos para la Unesco, no es vinculante. Por fortuna. Al menos se evita la antigua vía Juan Palomo. ‘Yo me lo guiso, yo me lo Icomos’.

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