LOS COSTES DEL EJÉRCITO EN MARBELLA

Catalina Urbaneja
CATALINA URBANEJA

Con la llegada de los Borbones al trono se fue produciendo una modernización en el ejército que, desde finales del siglo XVII hasta principios del XIX, incluirá a regimientos compuestos por extranjeros. Uno de ellos fue el Hibernia, del que ya nos ocupamos el pasado abril; otro, el de infantería de Brabante, también permaneció en Marbella al menos durante tres años, periodo que planteó serios inconvenientes y un quebranto económico para las arcas municipales. No existe unanimidad en cuanto a su creación, sólo que, al parecer, fue en 1718 mediante Real Decreto y sus componentes podrían haber llegado a España procedentes de los tercios de Flandes. Compuesto por valones, el regimiento de Brabante se mantuvo en activo hasta 1791 en que fue disuelto, posiblemente debido a las dificultades que entrañaban el reclutamiento de sus efectivos. Los «supervivientes» fueron integrados en dos regimientos: el de España y el de Hibernia.

Pilar Pezzi analizó en un interesante artículo la situación dada en Vélez-Málaga ante la llegada de esta tropa que, ya fuera con carácter «estante, en tránsito o acuartelada en la ciudad, supondrá un incremento de la criminalidad, de la inseguridad femenina y seguramente de las preocupaciones capitulares para su mejor acomodo y acuartelamiento». Lo mismo ocurrió en Marbella, aunque, si bien por el momento no tenemos constancia de escándalos públicos, las cuentas municipales referentes a ese periodo, 1728-1732, reflejan los continuos gastos derivados de su estancia, pues los «alojamientos», es decir, el mantenimiento de soldados y oficiales, dependían del municipio, sometido a unas arcaicas disposiciones que ponían de manifiesto la falta de instalaciones adecuadas para el acuartelamiento de los militares. Un problema que solventará Felipe V, decidido a liberar a los particulares de una carga tan impopular.

La llegada a la ciudad de un elevado número de personas y caballos constituía un desequilibrio, tanto a nivel social como económico, puesto que el concejo se veía obligado a organizarles el hospedaje dentro de la precariedad existente. Una de las necesidades más acuciantes fue la provisión de paja con que alimentar a los caballos, para lo cual tuvieron que recurrir a los excedentes que los vecinos pudieran ceder voluntariamente, como don Tomás Domínguez, que recibió por su contribución 800 reales, «valor de una porción de paja con que socorrió a esta ciudad en una urgencia», sin embargo, resultó insuficiente y fue necesaria la forzada aportación del mesonero Juan Pablo Eslava, de cuyo establecimiento sacaron otras tantas arrobas por orden del consistorio.

La gestión del aprovisionamiento, ya fuera en la propia ciudad como en otras cercanas, corrió a cargo de los regidores. Así, don Pedro Quiñones se desplazó a Málaga para conseguir suficientes arrobas de paja ya que, al ser la producción de cereales escasa, los precios habían subido considerablemente. En resumen, durante el tiempo que el regimiento de Brabante permaneció en Marbella, el coste del forraje para los caballos supuso un desembolso de casi 5.500 reales. Cantidad a la que debían sumarse el alquiler de diferentes habitaciones para almacenar la paja; los 75 reales «que costó una romana para el recibo y entrego de la paja en el almacén»; o los 550 reales que el mayordomo de los bienes de propios, Luis Alcocer, abonó a «don Roque de Alconchel, administrador del hospital de la Encarnación, por el arrendamiento del mesón de la Puerta de la Mar que sirve de cuartel de los caballos de las compañías que existen en esta ciudad». Lo que no sabemos es a cuanto ascendió el acondicionamiento del inmueble para adecuarlo a los animales puesto que necesitarían colocar pesebres, argollas y otros elementos propios de un establo.

En estas cuentas que venimos analizando, no encontramos ninguna alusión sobre el alojamiento de los soldados, salvo los 330 reales que cobró Francisco Caracuel por el arrendamiento de la casa donde vivió el conde Talvete, comandante del regimiento. La inexistencia de partidas alusivas a los gastos devengados por el resto de la tropa, nos induce a pensar que fue un coste nulo para el ayuntamiento en detrimento de los vecinos, obligados a cederles parte de sus viviendas y el ajuar doméstico para su uso personal. Un ajuar que, suponemos de escasa entidad en las economías más modestas, acaso compuesto por un precario menaje que debían compartir con unos «huéspedes» desconocidos.

Pero independientemente de esta forzosa contribución, el sufrido ciudadano estaba, además, sometido al cumplimiento de levas de soldados para el servicio real, al que Marbella y su ámbito jurisdiccional contribuían con cuatro hombres seleccionados por el alcalde mayor, que elegía entre personas idóneas en edad y estado civil, evitando el alistamiento de «inútiles, incapaces, casados y mayores». Aunque en teoría debían ser sorteados, no fueron pocas las ocasiones en que los más ricos reclamaban una remoción que terminaba recayendo en los menos afortunados.