BABILONIA

Entre las mejoras que ha experimentado Marbella en vísperas de la cita con las urnas, como dicen los cursis, está la colocación de jardines verticales, denominación actual de los jardines colgantes

Nielson Sanchez-Stewart
NIELSON SANCHEZ-STEWART

UNA de las ventajas de la democracia frente a otros regímenes es que los cargos de mando se renuevan periódicamente. Por alguna razón que no termino de entender, los que ocupan las poltronas tienen tendencia a mantenerse en ellas todo lo que pueden. No han descubierto el encanto de ser «ex». Generalmente se disfruta de la misma categoría que el que está en activo, pero sin ninguna de sus responsabilidades. El único problema que veo es que hay que mantener la boquita cerrada y no dar opiniones sobre lo que está ocurriendo: hay que permitir que cada uno tenga su minuto de gloria. Bueno esta limitación no se está produciendo en la política porque los que han estado aspiran a volver estar y critican todo lo que pueden para tratar de demostrar que son mejores que los que ostentan el poder, sugiriendo que nos hemos equivocado al elegirlos y que tendremos la oportunidad de rectificar en los próximos comicios. Es que se ha acuñado lo de la «carrera política». Hay algunos que no han hecho otra cosa en su vida, no han pagado una nómina, no han abierto una cortina, no han atendido un cliente, no han repercutido un IVA. No sé como entienden el duro vivir de los demás. Este espíritu de buscar la continuidad se me ha contagiado, tengo que admitirlo, porque como dijo un titular de este periódico, he «encadenado» un tercer mandato consecutivo en el Consejo General de la Abogacía Española y ya está bien. Me consuelo pensando que no es un cargo que impida que cualquier otro lo desempeñe porque somos doce los que allí estamos, como los Apóstoles y hasta aquí debe llegar la referencia.

Donde quería ir y, como de costumbre me he despistado, es que entre las mejoras que ha experimentado Marbella en vísperas de la cita con las urnas, como dicen los cursis, está la colocación de jardines verticales, denominación actual de los jardines colgantes. Resultaba muy pretencioso denominar este invento con el nombre de una de las maravillas del mundo antiguo. Por cierto, no sé cómo se las arregló para alcanzar esa categoría porque todo lo vivo es, como diría el Principito, efímero, y quizá nadie existía ya cuando a alguien se le ocurrió formar un grupo de siete monumentos que debían ser recordados siempre. Quizá la técnica es diferente y no sólo la denominación. Los colgantes, a lo mejor, pendían de la parte superior y los nuevos se fijan a una parrilla interior que trata de pasar desapercibida. Pero también tienen que colgar porque si no, se irían al suelo. Me encantan. El primero que vi estaba en el paseo del Prado, tapando un muro horroroso que enfrentaba una plazoleta delante del edificio que una entidad bancaria o de seguros destina a albergar reuniones multitudinarias. Siempre, como los maridos, soy el último en enterarme, pero esta vez parece que no porque se formaban corros que miraban hacia lo alto e intercambiaban comentarios. Ya ahora no llaman la atención de nadie, se han incorporado al paisaje como tantas otras cosas. Pero son bonitos y aunque cueste mantenerlos mucho más que una muralla pelada debemos hacer lo posible por difundirlos. Hemos hecho todo lo posible por destruir las arboledas, los bosques y las alamedas urbanas y hemos dejado desnudos las muchas veces horrendas construcciones decoradas con los no menos horribles carteles y anuncios que, no contentos con amenazar la estética, se iluminan para que no pasen desapercibidos. Las Vegas.

Me he resistido a pensar que exista alguna relación, aunque remota entre la capital de la Mesopotamia y el conjunto del electorado, aunque los jardines podrían ser un elemento de unión. Ya se sabe que estar en Babilonia es una derivación jocunda de estar en babia simplemente por la similitud de algunas de sus letras que puede llevar a la errónea conclusión que la algo recoleta comarca de las montañas de León se denominó así por la influencia de la mítica ciudad desaparecida para siempre. Creo que no tiene nada que ver, que su nombre viene del latín, de una expresión más bonita. Pero estar en babia (con minúscula) es estar distraído y como ajeno a aquello de que se trata. Como nosotros ahora, cuando se está decidiendo el futuro del país, de su maltrecha unidad, de Europa y del mundo entero, en manos de personajes manifiestamente mejorables.

Nosotros, a lo nuestro, a esperar el próximo fin de semana.