ANDALUCES EN LA CONQUISTA DEL RÍO DE LA PLATA

Catalina Urbaneja
CATALINA URBANEJA

Siguiendo la línea iniciada la semana pasada sobre los pueblos precolombinos, me he animado a sintetizar en sucesivos artículos las gestas de determinados andaluces, y a ser posible las de algunos vecinos de Marbella, que colaboraron en la conquista del continente sudamericano.

El descubrimiento de las Indias Occidentales supuso para los reinos de Castilla la oportunidad de acabar con el «hambre de tierras», un urgente problema planteado tras finalizar la conquista del reino nazarí de Granada cuando, mientras la nobleza se enriquecía con las rentas obtenidas por sus hazañas, el resto de hombres que colaboraron como peones se enfrentaban al fantasma del hambre y a la nula posibilidad de encontrar los medios necesarios para sustentar a sus familias. De ahí que el descubrimiento y colonización del Nuevo Mundo se ofreciera como un campo de oportunidades que les facilitaba el acceso a los repartimientos de tierras.

El caballero Pedro de Mendoza, nacido en Guadix hacia 1487, fue uno de los aspirantes a conseguir un rápido ascenso social y económico en las Indias. A tal fin se apoyó en el renombre de su aristócrata ascendencia -titulares del Ducado del Infantado-, y de una cierta amistad con el emperador Carlos I, nacida tras haber ejercido de paje de cámara y luego consolidada con su participación en las campañas italianas contra los franceses, incluido el famoso saco de Roma. Si bien este episodio le sirvió para acrecentar su prestigio militar, también lo fue para que se contagiara de sífilis debido a las continuas violaciones que se sucedieron tras el asalto a la Ciudad Eterna. Una enfermedad que se agravaría durante su periplo americano, dando al traste con sus proyectos y forzándole a regresar a España en busca de remedios para su dolencia.

Las múltiples posibilidades que encerraban los nuevos territorios incitaron al caballero accitano a conseguir los más amplios poderes para dirigir una armada con rumbo al Nuevo Continente. Amparado por algunos influyentes miembros de su familia, Pedro de Mendoza obtuvo el nombramiento de gobernador y capitán general de las Indias en unas capitulaciones firmadas el 21 de mayo de 1534, justificadas por el emperador en «la mucha voluntad que tenéis de nos servir en el acrecentamiento de nuestra corona real», aunque en el fondo subyacía su imposibilidad para afrontar tan peligrosa empresa, dada su deficitaria economía. Bajo determinadas condiciones, Carlos le concedió la conquista y colonización de la Nueva Andalucía, una franja de doscientas leguas que, atravesando el continente de norte a sur, comprendía las tierras que «ay en el Río de Solís, que llaman de la Plata» hasta el Estrecho de Magallanes, en el Mar del Sur.

Llevaría un total de mil hombres: quinientos en el primer viaje y el resto en el segundo, más cien caballos y yeguas, con armas, artillería y los víveres necesarios, todo a sus expensas, «sin que en ningún tiempo seamos obligados a vos pagar ni sastifazer los gastos que en ello hizierdes». Un destacamento en el que figurarían obligatoriamente un médico, un cirujano y un boticario, cuyos sueldos cobrarían desde el inicio de la travesía; también los religiosos que le fueran asignados, a los cuales «abéis de dar y pagar el flete y matalotaje y los mantenimientos necesarios conforme a sus personas».

Don Pedro se comprometía a construir tres fortalezas de piedra y un camino real desde el Río de la Plata hasta el Estrecho de Magallanes, para lo cual la Corona contribuiría con diez mil vasallos. Por otro capítulo se concretaba que, si «se cativare o prendiere algund caçique o señor que, de todos los tesoros, oro y plata, piedras y perlas que se ovieren del por vía de rescate o en otra qualquier manera, se nos dé la sesta parte dello» y lo demás se reparta entre los conquistadores, «sacando primeramente nuestro quinto», salvo que el cacique muriera en la batalla, en cuyo caso correspondería al emperador la mitad. Todo ello bajo la promesa de unos atractivos estipendios que le serían abonados de las rentas del nuevo territorio, que se suponían cuantiosas dados los rumores que corrían acerca de su riqueza en metales preciosos.

Cuentan las crónicas que, para reunir la dotación necesaria, Mendoza tuvo que vencer fuertes dificultades. Finalmente partió de Sanlúcar de Barrameda el 24 de agosto de 1535 con 13 navíos y una tripulación compuesta por familiares, parientes, allegados de Marbella y algunas mujeres. También formaba parte de este contingente el hermano de Santa Teresa de Jesús, Rodrigo de Cepeda y Ahumada. A mediados de enero se adentraron en el Río de la Plata, en cuya margen derecha encontró los recursos necesarios para establecerse, fundando en febrero de 1536 la ciudad de Nuestra Señora del Buen Ayre, de breve duración ya que sería abandonada cinco años más tarde.