La división de los partidos secesionistas se traslada a la calle

Manifestantes en Barcelona. /Susana Vera (Reuters)
Manifestantes en Barcelona. / Susana Vera (Reuters)

En las protestas de este viernes en Barcelona se vio por primera vez a grupos soberanistas enfrentándose entre sí

CRISTIAN REINOBarcelona

Las protestas independentistas del viernes en Barcelona contra el Consejo de Ministros provocaron disturbios y una novedad: por primera vez, grupos de secesionistas encarándose con otros soberanistas. En este caso, los que no querían algaradas reprochaban su actitud violenta a los encapuchados de los CDR, que tenían ganas de dejar sentir que sus movilizaciones van más allá de las manifestaciones masivas.

El choque más significativo se produjo en el acto que Ómnium Cultural convocó muy cerca de donde se estaban registrando los enfrentamientos entre CDR y Mossos. A media mañana llegó una columna de los CDR al acto de Ómnium. Huían de la zona caliente y buscaban refugio entre los asistentes al mitin de la entidad secesionista. Sus voluntarios no lo permitieron y les obligaron a marcharse. Eran varias decenas de encapuchados, muy jóvenes. Situaciones similares se dieron en otros puntos de la ciudad.

El independentismo oficial y mayoritario quería protestar contra el Consejo de Ministros, pero quería hacerlo sin enfrentamientos con la Policía. Durante los seis años del proceso, en que se han celebrado decenas de manifestaciones, algunas de ellas multitudinarias con cientos de miles de personas, no se registraron nunca actos violentos. Ni un enfrentamiento con la Policía. Hasta que la CUP ha roto esta legislatura con Junts per Catalunya (JxCat) y Esquera (ERC) y con el Gobierno catalán, y el anticapitalismo ha dado rienda suelta a los sectores más radicales.

Ya no hay un bien superior (el 'procés') que proteger. Al independentismo le entró además el vértigo en los días previos al 21-D ante el temor de que se pudieran producir algaradas, justo un mes antes de que empiece un juicio, donde precisamente se pone sobre la mesa si durante el proceso los líderes secesionistas cometieron el delito de rebelión, que implica violencia.

De ahí que los máximos responsables del Gobierno catalán, JxCat y ERC bajaran el tono en los últimos días. Quizá tarde, pues fue la propia consejera de la Presidencia, Elsa Artadi, la que calificó de «provocación» la celebración del Consejo de Ministros o el presidente de la Generalitat quien habló de la 'vía eslovena', que acabó en una guerra de diez días que causó más de sesenta muertos.

La división está en la calle, pero sobre todo hay falta de estrategia unitaria a nivel político. La Asamblea Nacional Catalana y Ómnium Cultural ya no van a la una. Ómnium, de hecho, se desmarcó de la organización de la manifestación del viernes por la tarde en Barcelona, ante el temor de que acabara como el rosario de la Aurora.

Ómnium aboga por el diálogo y ensanchar la base secesionista. La ANC quiere quemar las naves ya. La organización que presidieron en el pasado Jordi Sànchez y Carme Forcadell, no obstante, fracasó el viernes en su llamada a provocar un caos circulatorio con una protesta masiva de coches. Y es que la ANC ya no es lo que era. Hasta se atreve a desafiar a los partidos, impulsando una candidatura electoral independentista para las elecciones a la alcaldía de Barcelona, que competirá contra el PDeCAT, JxCat y ERC. Esta división podría beneficiar al sector constitucionalista, muy especialmente a la candidatura de Manuel Vals, quien parte como uno de los rivales a batir en las municipales.

La ANC amenaza a Torra

La división en el independentismo quedó probada ayer tras la concentración convocada por la ANC, no compartida por Ómnium. La presidenta de la asamblea, Elisenda Paluzie, lanzó una amenaza nada velada a Torra, un presidente separatista y para nada sospechoso de 'españolista'. «Puede -dijo Paluzie- que no estemos preparados para llegar a la cima, pero no aceptaremos pasos atrás». La advertencia vino motivada por el tímido acercamiento entre el Gobierno central y la Generalitat del pasado viernes. «Si tenéis que negociar, hacedlo con moral de victoria, no derrochéis las victorias. Hemos ganando muchas veces», clamó la presidenta de la ANC ante sus más fieles. Después, Paluzie lanzó su ultimátum acto seguido: «Los fiscalizaremos (al Govern) y eso es un trabajo riguroso y serio».

El Gobierno de la Generalitat se enfrenta a un sinfín de desafíos. La CUP ya no le apoya por «autonomista» y los CDR, ya radicales de por sí, comienzan a escindirse en grupos que, al menos de palabra, abogan por la toma del poder por la fuerza. Y mientras que Torra trata de cuadrar el círculo, estudiantes, Mossos, bomberos o médicos catalanes, ya sean independentistas o no, se manifiestan día sí y al otro también para exigir medidas sociales. Y éstas últimas podrían llegar a través de los casi 500 millones de euros extra que contemplan los Presupuestos del próximo año para Cataluña, que necesitan el visto bueno del independentismo.

«Apretad, hacéis bien en apretar», animó el presidente de la Generalitat a los CDR el pasado 1 de octubre. Es lo que a él le reclama ahora la ANC: una independencia inmediata, ya sea por la buenas o por las bravas.

Fractura política

Esta división en las entidades se traslada a los partidos. ERC y el PDeCAT se mueven en unas coordenadas pactistas. Tratan de arrastrar a Torra, Puigdemont y JxCat. En el seno de la formación neoconvergente también hay diferencias. Elsa Artadi apuesta por el diálogo, el que se han comprometido a explorar el Gobierno central y el catalán en el texto político que suscribieron en la reunión entre Sánchez y Torra del jueves. La posibilidad de que se abra un diálogo real aterroriza a los más radicales, que acusan a Torra de apostar por un «pacto autonómico». Esta es la posición de la CUP, Arran, los CDR y la ANC.

La incógnita está en saber hasta qué punto se podrá tensar la cuerda entre las distintas sensibilidades secesionistas, porque la distancia entre los secesionistas que apuestan por no pisar el freno y los que han aprendido la lección de la aplicación del artículo 155 se hace cada día más grande.

Frente a Puigdemont y Torra, republicanos como Oriol Junqueras o el diputado Joan Tardà apuestan por la calma y avanzar paso a paso. Dejar que la fruta madure y caiga por sí sola. Los dirigentes de Esquerra son tan independentistas como el que más, pero como han señalado en algunas ocasiones no existe aún la masa social necesaria a favor de la secesión como para hacer realidad la república.

Su táctica es la de esperar, más aún cuando los jóvenes catalanes se suman por miles a la causa soberanista. La cuestión es si esta versión prágmática del separatismo logrará imponerse a la defendida por los más fanáticos.

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