Todo son facilidades

La paz sólo se producía gracias a la distancia y, por eso, nunca, que yo recuerde, hemos solucionado nuestras diferencias con Letonia, por ejemplo, mediante la guerra

Nielson Sanchez-Stewart
NIELSON SANCHEZ-STEWART

Aunque creo entender a los que piensan de manera diferente soy un «remainer» y me parece que el Bréxit es un error de proporciones. La Unión Europea tiene sus efectos ¿quién o qué no los tiene? pero no se ha inventado una organización mejor para un continente que durante milenios se ha empeñado en sacarse los ojos y pelearse con quien tenía más cerca. La paz sólo se producía gracias a la distancia y, por eso, nunca, que yo recuerde, hemos solucionado nuestras diferencias con Letonia, por ejemplo, mediante la guerra. Cierto es que tampoco teníamos ninguna con ese hermoso país báltico. Queda muy lejos y en carreta, mucho más. Pero con Francia no hemos combatido más porque se acabaron las fuerzas y con Portugal, con Italia, con Flandes y con todo el que teníamos al alcance de la mano. Pero desde que el señor francés aquél con apellido alemán se planteó que ya estaba bien de romperle la crisma al vecino, hemos vivido medio siglo de paz como no veíamos desde Augusto. Bueno, aclaro que esto de veíamos es un decir porque a pesar de que hace algún tiempo desde mi primera comunión no vivía para ver en ese entonces. También por esa misma razón me parece equivocada la idea de algunos de separarse de España para crear una república -que no existe, idiota- porque es la unión la que hace la fuerza y si no, que le pregunten a los reinos de taifas que cayeron uno a uno.

Mi modesta aproximación a disfrutar o aportar de algo en común se manifiesta en el transporte. Por esas cosas de la vida no tengo más remedio que ir de un sitio a otro y, a diferencia de mis paisanos, utilizo todo lo que puedo el público. Me parece tan elemental que si varios, aunque no nos conozcamos ni nos hayamos visto en la vida y no nos volvamos a ver jamás, compartimos aproximadamente a la misma hora, el mismo destino, emprendamos viaje juntos. Las ventajas son notables: el precio se abarata, la polución se controla, las carreteras se despejan, los riesgos se comparten y, lo que es más importante, el trabajo lo hace otro, total o parcialmente. Ahora si hay una empresa que pone el servicio a tu disposición, mejor que mejor. Aviones, trenes despegan y salen con cierta frecuencia y son puntuales, limpios y llevan asientos para reposar y dedicarse a cosas más productivas que mirar fijamente el camino: la lectura, la literatura, la conversación.

Pero, si quieres venir desde el aeropuerto a Marbella, ármate de paciencia. Si eres rico, puedes optar por guardar tu coche en el parking vecino cuando salgas de viaje. Vuelve pronto, sí, porque si tardas algo puede ser que te convenga no rescatar el vehículo y con lo que te ahorras y un poco más, te compras otro. Si tienes el bolsillo bien provisto puedes coger un taxi cuya tarifa es generalmente superior a lo que has pagado por viajar desde Oslo, por ejemplo. Lo lógico, en caso de que tengas alma de proletario como yo, es que confíes en el servicio de autobuses que te llevarán a la ciudad. Esta alternativa está presente en todas las ciudades, desde Dublín hasta Nueva Delhi. Como a los campos de aviación ya no se va a pasear y, después de un vuelo, hay ganas de llegar a destino, lo normal es que la cadencia entre un viaje y otro no supere la media hora, la hora, como mucho. La única línea que recorre el camino nos pone a disposición trece al día -hora y media entre cada uno- y el último arranca a las diez y pico de la noche. Si llegas después, duerme en la terminal, hasta el día siguiente a las nueve que hay donde echarse. Pedir más frecuencia sería una quimera.

Pero el remate de los tomates, el pasado lunes. Por esas casualidades del destino, mi avión se adelantó y el bus se atrasó por lo que llegué mientras partía. No pude abordarlo: no tenía billete, claro, había corrido para alcanzarlo. Lo grave es que no podía comprárselo al amable conductor, privado del manejo del dinero para evitar asaltos y robos y de una maquinita para abonar con tarjeta. Tampoco adquirirlo por internet porque ya no se vendía al ser la hora pasada de la partida. Y, claro, no podía acercarme a la taquilla y esperar que todo el pasaje me esperase. La solución sugerida era esperar una hora y media hasta el siguiente. Lo vi partir delante de mis narices.

Resolví el problema por otro lado pero fracasé en mi empeño y eso que desplegué todo mi sex appeal.

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