La clase empresarial asume su victoria

Vista aérea de un acto de López Obrador. /Reuters
Vista aérea de un acto de López Obrador. / Reuters

Entre bambalinas, el nuevo líder de la izquierda ha tranquilizado a los poderes fácticos con una transición sin sobresaltos ni nacionalizaciones

MERCEDES GALLEGOEnviada especial a Ciudad de México

Wall Street se despertó sobresaltado, «Wow, un presidente de izquierda en México, a ver qué pasa con el Nafta. Los nacionalismos destruirán al mundo», opinaba Rick Shuster, asesor financiero de bancos y firmas de inversión. En México, sin embargo, el mundo empresarial había decidido ya sumarse al llamado de reconciliación del nuevo mandatario.

Con sorprendente celeridad, los que antes le habían atacado pasaron a celebrar «la victoria de la democracia» y le ofrecieron su apoyo para generar inversión, empleo y una economía fuerte «como siempre lo hemos hecho», dijo por televisión el presidente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE), Juan Pablo Castañón, antes incluso de que se oficializase el resultado. Otros, como el todopoderoso banquero Ricardo Salinas exhortó por Twitter a que todos se unieran al nuevo mandatario porque «así nos irá mejor y más pronto tendremos un país en el que todos seamos prósperos».

Frente a las pantallas de televisión, los seguidores de Andrés Manuel López Obrador que han echado humo durante 18 años viendo cómo le atacaban con el fantasma de Venezuela se reían divertidos con la conversión de los poderes fácticos, pero los mensajes contribuían a la tranquilidad que AMLO buscaba. El nuevo presidente electo ha puesto ya a su incondicional mecenas, el empresario de Monterrey Alfonso Romo, un sobrino nieto de Madero que quiere convertir el país «en un paraíso de inversión», y al profesor de Economía del Tecnológico de Monterrey Carlos Urzúa a «atender la economía y las finanzas» durante la transición.

El líder obrero de los tabasqueños que luchó por sus derechos frente a las petroleras ha prometido una transición «sin sobresaltos ni nacionalizaciones» con el que sacar adelante «a nuestro querido México». En su mensaje de calma a los mercados se comprometió a respetar la autonomía del Banco de México, a mantener la disciplina fiscal y reconocer todos los compromisos contraídos con empresas o bancos nacionales y extranjeros.

Hay una letra pequeña, que fue muy grande en su campaña: el orgullo nacional de Petróleos de México (Pemex), privatizado por el gobierno de Enrique Peña Nieto que dio pie al llamado «gasolinazo» –tremenda subida del precio del combustible- y la lucha contra la corrupción. Eso se traducirá en la revisión de emblemáticos contratos públicos, como la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, pensando para ser un gran hub de Latinoamérica, y los del sector energético «suscritos con particulares». En estos últimos, los que más nerviosos ponen a EEUU, promete hacerlo con escrupuloso apego a la legalidad. «Si encontramos anomalías que afecten el interés nacional se acudirá al Congreso de la Unión (donde previsiblemente su coalición tendrá mayoría absoluta) y a tribunales nacionales e internacionales», anunció en su discurso del Zócalo. «Es decir, no actuaremos de manera arbitraria ni habrá confiscación o expropiación de bienes».

El anuncio ratifica lo que sin duda ya se había pactado en secreto durante meses de anticipada victoria, que dieron tiempo al sector empresarial para asumir con calma el cambio cultural que se avecina. A lo Trump, AMLO ha jugado duro en sus declaraciones como forma de negociación, asustando a los que ya tenían adjudicados los contratos del aeropuerto con retirar la inversión del estado. Eso trajo de inmediato un cambio de actitud que permitirá renegociarlos.

Como el populista de derecha que gobierna al norte del río Bravo, este populista de izquierda tiene deudas contraídas con sus bases, como la reforma laboral de Peña Nieto que facilita el despido, minimiza las indemnizaciones, libera la subcontratación, dificulta la afiliación sindical, pone requisitos a la huelga y dificulta la negociación colectiva.

La civilidad con que tanto sus rivales políticos como sus enemigos empresariales han acogido su victoria da fe del pragmatismo adquirido por este político de 64 años que en su tercer intento presidencial ha aprendido a pulir su discurso y a negociar entre bambalinas. A algunos adeptos se han sentido ofendidos por ese cambio que asocian a una traición de sus ideales, pero otros celebran la reconciliación que anticipa estabilidad para el país y un apoyo necesario para su programa de gobierno.

El pacto, dicen, también fue político. A su más inmediato rival en el Partido de Acción Nacional (PAN), Ricardo Anaya, le habría prometido pasar por alto la investigación por lavado de dinero a través de Gibraltar que ya se había iniciado tanto en México como en Europa. Al Partido Revolucionario Institucional (PRI) en el poder, una salida digna que no investigue su rampante corrupción. Según estas fuentes, hace meses que los departamentos de gobierno intentan poner en orden los libros porque «en diciembre viene El Peje» (pez tabasqueño que le da mote).

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