Un policía devuelve a una familia en apuros la indemnización por una lesión que le causó su hijo

Manuel Martín, junto a su coche patrulla, en Antequera, donde lleva destinado ocho años. /A. J. G.
Manuel Martín, junto a su coche patrulla, en Antequera, donde lleva destinado ocho años. / A. J. G.

El agente, que sufrió un corte profundo en un dedo por un mordisco, trató de ayudar a los padres a recuperar al menor, que tiene 14 años y problemas con las drogas

JUAN CANO y ANTONIO J. GUERREROMálaga

Pocas cosas puede haber más traumáticas que denunciar a tu propio hijo y ver cómo lo detienen. Sin embargo, el día que Manuel Martín arrestó al hijo pequeño de Ana, a ella y a su familia les cambió la vida. Porque Manuel y su compañero Paco no se quedaron en el trámite y supieron ver el drama que a veces queda sepultado bajo la montaña de diligencias e informes. Entre otras cosas, ha decidido devolver a los padres, que llegan con apuros a fin de mes, la indemnización de 1.210 euros que habían tenido que pagarle por la lesión que le causó su hijo. «Antes que policías, somos personas», resume.

Corría el 20 de noviembre del año 2017 cuando los dos agentes, que están destinados en la comisaría de Antequera, recibieron un aviso de un servicio a través de la sala del 091. Un alumno del colegio de Los Salesianos estaba muy violento. «Había pegado a su madre y estaba muy agresivo con los profesores», explica Manuel, granadino de 37 años, los últimos ocho destinado en la Ciudad del Torcal.

Al llegar, el adolescente, de 14 años, estaba en la recepción, sentado frente a la puerta del director. «Estaba solo, aunque había un profesor cerca, pendiente de él. Su actitud era chulesca», recuerda el policía nacional. Él y su compañero se entrevistaron con el responsable del centro y con la madre para saber lo que había sucedido y después trataron de conversar con el menor. «Nos contestó con mucho despotismo. Le pedí que se sacara lo que llevara en los bolsillos y él respondió que hacía lo que le daba la gana. El chaval se puso de pie y encaró conmigo».

Un rescate heroico de siete miembros de una familia

Fue una actuación conjunta entre policías nacionales y locales, que trabajaron mano a mano para rescatar en el 1 de junio a siete miembros de una misma familia, cuatro de ellos menores de edad, tras originarse un incendio en la planta baja de una vivienda en Antequera. Para ello, colocaron un vehículo radiopatrulla debajo de un balcón y, después de subirse al techo del coche, lograron trepar hasta la planta alta del inmueble y evacuar a los moradores. Uno de los protagonistas de ese rescate fue, precisamente, Manuel Martín, que aquella noche estaba de servicio. Al parecer, el incendio se inició en el cuadro de contadores de la planta inferior de la vivienda, que se encontraba en obras y que carecía de mobiliario, lo que favoreció a que las llamas no se propagaran con celeridad.

Los agentes lo redujeron y trataron de tranquilizarlo. Pese a su corta edad, el joven arrastra graves problemas con las drogas que empezaron cuando tenía 12 años, y de las que ahora trata de desintoxicarse. Pero esa tarde había consumido, de ahí su agresividad. «Cuando lo teníamos echado boca abajo en el banco, me dio un mordisco en el pulgar derecha. Me hizo una lesión considerable», explica Manuel, que empezó a sangrar abundantemente por la mano. «La madre (Ana, aunque es nombre ficticio para preservar la identidad del menor) se asustó mucho y empezó a llorar. Yo le dije: 'Señora, tranquila, que quien tiene el problema es el niño. Nos dimos cuenta de que era una buena mujer que estaba completamente desbordada por la situación».

Manuel fue al hospital. No le pudieron poner puntos de sutura porque era una herida muy abierta, así que le curaron la herida y le colocaron unos apósitos. También avisaron al fiscal de guardia, como establece la ley, e instruyeron unas diligencias por atentado a agente de la autoridad que acabaron en un juzgado de Menores.

Para Ana, aquella era la gota que colmaba el vaso. «Había intentado que lo internaran en un centro (para desintoxicarse), pero me decían que era imposible porque no era mayor de edad». El gran cambio, dice, fue cuando entró en el instituto, con 12 años. «Era un niño normal, pero allí... las malas compañías. Al séptimo día vino el primer parte; al terminar el primer trimestre, habían llegado más de 100 (por faltas o mal comportamiento)».

El menor entró en solo dos años en una espiral de autodestrucción en la que, según su madre, ha probado todo tipo de sustancias, desde hachís y marihuana hasta las drogas sintéticas. «Yo creo que hasta la cocaína», confiesa ella. «Le hacía unos test en casa y daba positivo a opiáceos. Yo antes no había escuchado hablar de eso en mi vida». Ana asegura que empezó a ser violento: «Estaba cada vez más canijo y empezó a perder la cabeza, con la mirada perdida todo el tiempo. Me pegaba, se pegaba él... Un digo llegó coma etílico. No se imagina lo que hemos pasado...».

Probó con un instituto privado en su pueblo y luego rogó a los Salesianos de Antequera -ellos viven en otro lugar de la provincia- primero para que lo aceptaran y, después, para que no lo expulsaran, ya que no es un centro especializado en menores drogodependientes. Y su hijo consumía a diario. Pero, ¿cómo se lo costeaba? «Nos robaba dinero o vendía objetos de la casa. Y lo peor es que había empezado a trapichear. La gente a la que compraba la droga le encargaban que llevara cosas de aquí para allá».

Y en esas, con el adolescente internado en un centro de menores de forma provisional, llegó el juicio por atentado contra Manuel y su compañero. «El día anterior, el chaval había tenido un brote psicótico y no asistió, pero se le prorrogó la medida cautelar seis meses más», interviene ahora el policía. «Al mes -prosigue- me llamaron del juzgado y me dijeron que fuese a retirar la indemnización que me correspondía por la lesión del dedo».

Un nuevo «mazazo»

Al otro lado, Ana recibió la notificación del importe que debían pagar como «otro mazazo más». «Tenemos sueldos muy justos y un bocado de estos lo notas. Mi marido tuvo que pedir un adelanto de la nómina e ingresamos el dinero en la cuenta del juzgado». Manuel no tuvo duda alguna. «Yo había mantenido el contacto con ellos, y sabía que era una familia humilde, con sus problemas para llegar a fin de mes. Pensé: 'A mí no me sacan de pobre y a esa familia sí le va a hacer mucho daño. Ese dinero les iba a venir muy bien para el crío, para medicinas...».

Manuel llamó a Ana y le preguntó cuánto había ingresado. La indemnización ascendía a 1.210 euros. «No se preocupe, señora, que le voy a devolver el dinero», le dijo. Desde el mismo número de cuenta del juzgado, devolvió la transferencia. «El dinero no pasó ni por mis manos», afirma el agente. «La mujer me dijo que muchas gracias, que no se la esperaba, y que hoy en día cree mucho más en la policía».

Ana y su marido se quedaron boquiabiertos con el gesto, que les permitió ir un poco más desahogados (tienen otro hijo). «El siempre me dijo que no había pedido indemnización por los daños. Y comprendí que seguía siendo la misma persona honesta que había conocido. La verdad es que estaremos eternamente agradecidos a Manuel y a su compañero Paco. Pero no solo por el dinero, sino también porque ellos han sido el puente para que mi hijo tenga una solución». Ana no confiaba en que se rehabilitara en el centro de menores, pero al menos serviría para detener el círculo vicioso en el que había entrado. «Estaba preocupada porque pensaba que lo iban a tener allí encerrado, como en un chiquero, pero pronto vi que no era así. Hay terapeutas y le están ayudando mucho. Mi hijo está mejor. No bastante mejor, pero sí mejor. Y todo empezó gracias a ellos».

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