La 'pinza' que viene

Pablo Iglesias (i) y Pablo Casado. /Paco Campos (Efe)
Pablo Iglesias (i) y Pablo Casado. / Paco Campos (Efe)

Sánchez acepta participar en dos debates que pueden visualizar la imagen de «todos» en su contra, lo que encierra riesgos y oportunidades

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

«Si no quieren taza, dos tazas». Con sorna un colaborador de Pedro Sánchez explicaba este viernes en San Sebastián la resolución del enredo de los debates televisivos. Al final, el presidente y candidato socialista a la reelección acudirá a los dos duelos junto a Pablo Casado, Pablo Iglesias y Albert Rivera. La doble cita se coloca como factor clave en la última semana de campaña, con un porcentaje de indecisos que ronda el 40%, con una especial incidencia en el centro-derecha, con un voto oculto detectado por los expertos demoscópicos sobre todo en el ámbito conservador. Sus rivales, ciertamente, habían conseguido 'descentrar' a Sánchez con el asunto de los debates y pierden ahora una baza de ataque.

Pero la campaña sigue, aunque estos días de Semana Santa sea un tanto a medio gas, entre las vacaciones y la borrasca que cruza la Península como una metáfora del momento político. De hecho, el 'marco incomparable' de la bahía de la Concha de San Sebastián se convertía este sábado en la imagen del día. Pedro Sánchez aprovechó su acto en los jardines de Alderdi Eder, en una ciudad repleta de turistas, para reforzar su mensaje hacia el electorado urbano más moderado. Y es que el PSOE quiere cultivar ese flanco, el del centro, en los próximos días. Y su baño de masas donostiarra constituye un gesto revelador, además de recordar la resistencia del PSE frente a ETA en los años duros. Un socialista histórico recuerda una famosa frase de Xabier Arzalluz: «Los conversos, a la cola».

Esa disputa por el centro de cara al 28 de abril no puede ocultar que el eje izquierda-derecha resiste contra viento y marea como elemento de polarización. A Sánchez le interesa sobre todo alentar ese marco ideológico y mental; una batalla entre conservadores y progresistas en la que está en juego el avance o el retroceso. Los sondeos diarios refleja a un Partido Popular un tanto desmovilizado, apegado sobre todo a las generaciones más mayores y a la España rural, con un problema de credibilidad en un sector de su electorado más urbano, con Pablo Casado necesitado de sobreactuar para evitar la caída.

En Europa se están emitiendo algunas señales premonitorias al respecto. En las últimas elecciones en Finlandia los socialdemócratas han quedado primeros pero con sólo seis mil votos más que la ultraderecha, que se ha comido de un bocado a los viejos partidos burgueses. La derecha convencional europea empieza a saltar por los aires, entre otras cosas porque, como ya pronosticó Winston Churchill, «no puedes razonar con un tigre cuando tienes la cabeza en su boca». Es decir, el apaciguamiento sirve para engordar a la opción radical más original.

Se diría que el partido liderado por Santiago Abascal representa el fin de lo políticamente correcto pero quién sabe si al final la llegada de Vox va a asemejarse a un fenómeno parecido, salvadas las distancias, al triunfo de Podemos en los comicios de 2015 y 2016. Vox vendría a ser como 'el Podemos de derechas', es decir, la expresión virulenta de un voto de protesta frente al sistema y el 'establishment', que, paradójicamente, presenta un programa de corte neoliberal pero claramente rupturista en otros aspectos (familia, Estado autonómico autoridad, identidad española, inmigración, seguridad…). Un descontento que ha encontrado una válvula emocional de escape expresa el hartazgo ante la inmigración en los barrios de clase media-baja. Atención a lo que significa la aparición de este voto en las analíticas democráticas de la sociedad española. Podría tratarse de un fenómeno similar a la aparición en Francia en los años 80 del Frente Nacional que, tras diferentes mutaciones, ha terminado por aglutinar casi un 35% de voto de reacción en el marco de la implosión del sistema político tradicional francés.

La pregunta del debate

El centroderecha pretende poner a toda costa como eje de discusión el conflicto catalán y la hipótesis de un de un eventual indulto de un futuro Gobierno del PSOE tras las futuras condenas. La pregunta es bien previsible: «¿va a indultar usted señor Sánchez a los condenados del 'procés'?», le interpelarán Pablo Casado y Albert Rivera.

Pero los socialistas siguen en sus trece en una apuesta que denominan «a España del respeto, que no grita, que no insulta». Están convencidos que es una inversión muy rentable a corto y largo plazo, porque conecta con una parte muy importante de la sociedad española, muy fatigada de la permanente confrontación y de la bronca, que aprecia el diálogo y que no es intransigente.

Mientras tanto Pablo Iglesias fustiga a Sánchez con un mensaje insistente: «votarle es permitir que Albert Rivera entre en el Gobierno» La formación morada intenta blindar su flanco más frágil, el del voto útil hacia Sánchez. Los socialistas prefieren obviar a Podemos pero ya deslizan la vuelta de una «pinza». El mantra que viene es «todos contra Sánchez». Los dos debates serán fieles botones de muestra de ello.