El fax que suena a diario

Las manos de Manuel Alcántara sobre su Olivetti Valentine en 1999. /
Las manos de Manuel Alcántara sobre su Olivetti Valentine en 1999.
Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Una breve alegría diaria envuelve la Redacción de este periódico cuando cae la tarde y suena el fax, inconfundible. Alcántara ha enviado su artículo, escrito en una antigua máquina Olivetti resistente como él. «Sí, don Manuel, lo hemos recibido. ¿Todo bien? Hasta mañana», suele escucharse como respuesta a la llamada que completa la feliz liturgia, prolongada desde hace casi 30 años. En su biografía bullen hitos y premios, almuerzos célebres y homenajes bañados en ginebra, pero bajo la leyenda se esconde un hombre «bueno y malo lo mismo que cualquiera», como escribió en 'Excusas a Lola', un maestro del articulismo que, soplados los noventa, sigue ajustando cuentas con la actualidad a golpe de juegos de palabras, poeta sobre cualquier otro título.

Su receta para la felicidad, confiesa, consiste en que las obligaciones se vuelvan devociones, aunque el hedonismo no siempre fue posible. Nacido el 10 de enero de 1928 en la calle del Agua, anticipo de su nostalgia mediterránea, Alcántara vivió los horrores de la Guerra Incivil, como le gusta llamarla citando a Unamuno. Aquel chico absorto en sus soldaditos de plomo no tardaría en encontrar una mirada personalísima que volcó primero en verso («No se estaba ya en guerra aquel verano, / mi padre me llevaba de la mano, / yo estudiaba segundo de jazmines», escribió en 'Niño del 40') y luego en sus columnas, moldeadas desde la misión cumplida de nunca aburrir al lector, objetivo para el que ha sabido armarse de delicada socarronería, siempre con precisión de cirujano.

Instalado en Madrid, donde Renfe había destinado a su padre, Alcántara conoció a Paula Sacristán, con quien se casaría ocho años después, y desarrolló una ascendente trayectoria periodística en diarios como Marca o Pueblo sin descuidar su faceta poética, que en 1963 le valió el Premio Nacional de Literatura por 'Ciudad de entonces'. Antes había publicado 'El embarcadero' y 'Plaza Mayor', con varios guiños a sus orígenes: «Me hice a la mar, estando hecho al recuerdo, / por perderme otra vez como me pierdo / junto al que fui, cogidos de la mano». A finales de los sesenta compró una casa en Rincón de la Victoria para calmar su creciente necesidad de contemplar el mar y pisar su tierra natal, a la que durante toda su vida ha considerado «amable en el más estricto sentido: digna de ser amada», como escribió en el artículo 'Málaga nuestra'.

Ni disidente ni lisonjero, como él mismo se definió una vez, Alcántara fue abriéndose un hueco definitivo entre la cumbre del articulismo y la poesía de nuestro país. Ahora, cuando se acerca a los 91 años contra su propio pronóstico, declarado culpable de la extendida costumbre de comenzar a leer el periódico por la contraportada, continúa tecleando su Olivetti con disciplina de recién llegado, regalando el aviso de un fax que todavía suena a diario.

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