Poetas, no poetisas

Poetas, no poetisas
Sr. García .

Durante décadas quedaron excluidas de antologías, libros de texto y editoriales. Ahora se rebelan contra la tradición que las relega a menciones residuales al borde de la página y reserva a los hombres la literatura en mayúsculas

ALBERTO GÓMEZ

Durante décadas fueron excluidas de antologías y recitales. Sus nombres no aparecían en los catálogos de las editoriales ni entre los jurados de los concursos. En más de cuarenta ediciones, sólo seis mujeres han recibido el Premio Nacional de Poesía. Apenas tienen presencia en la Real Academia Española, que establece las normas lingüísticas, o en los libros de texto de colegios e institutos, donde ellos copan las páginas de oro y ellas quedan reducidas a menciones residuales. Por eso muchas autoras se han rebelado en los últimos años contra el término poetisa, que arrastra un aire afectado, casi cursi, como si la poesía en mayúsculas, y por extensión la condición de poetas, estuviera reservada a los hombres. Así lo recoge el documental 'Se dice poeta', de Sofía Castañón, que da voz a más de una veintena de escritoras nacidas entre 1974 y 1990.

Chus Visor, uno de los hombres fuertes del sector editorial en España, despertó los fantasmas del machismo en la poesía, si alguna vez estuvieron dormidos, en 2015, cuando declaró que ni ha habido ni hay mujeres poetas importantes. Le llovieron las críticas, una lucha que dura demasiado. Ya hace casi un siglo que, en una célebre réplica, Concha Méndez plantó cara a Gerardo Diego cuando éste decidió no incluir a ninguna mujer en la antología que acabaría siendo el principal testamento de la Generación del 27: «Mira, tú nos excluirás, pero yo debajo de la falda llevo un pantalón». La afirmación resultaba tan simbólica como literal: la autora madrileña se enfundaba a diario en un mono azul de mecánico para manejar la pesada imprenta que había comprado, de donde salieron revistas como Héroe: «No recuerdo haber visto a otra mujer vestida con pantalones».

Pese a superar en fondo y forma a muchos de sus compañeros de generación, como cuando retrató el desgarro del exilio («Aquí estoy, hundida en la distancia, / en la larga espera temblando, / invocando los nombres de mis viejos amigos»), Méndez quedó reducida a su matrimonio con Manuel Altolaguirre. Como en un vaticinio, en otro de sus poemas escribió: «Como sé lo que quiero, miro al mundo / y le dejo rodar con su mentira». Ninguna de aquellas poetas del 27, conocidas como Las Sinsombrero, alcanzó la fama del peor de sus colegas. Tampoco las autoras del 50 rompieron el techo de cristal, aunque el reconocimiento obtenido por Julia Uceda, Paca Aguirre y María Victoria Atencia, sumado a la irrupción de novelistas como Carmen Laforet, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite, comenzaba a resquebrajarlo. En una entrevista reciente, ante la pregunta «¿De qué se escribe con noventa años?», Uceda respondió: «¿Esa pregunta se la haría usted a un hombre?».

Gloria Fuertes, probablemente la escritora española que ha alcanzado mayor popularidad con su poesía, escribió: «Nací para poeta o para muerto, / escogí lo difícil / —supervivo de todos los naufragios— / y sigo con mis versos, / vivita y coleando». Aquel hito, sin embargo, esconde doble fondo: en su éxito no colaboró tanto la poesía, un género menor, cuando no marginal, como la televisión, que perpetuó su imagen de abuela entrañable hasta arrinconar una realidad mucho más áspera, marcada por infiernos interiores.

Protagonismo arrebatado

El cambio de siglo consagró a varias poetas nacidas en los años cincuenta, como Chantal Maillard, Ángeles Mora u Olvido García Valdés. Las mujeres, hasta no mucho antes más destacadas como musas que como autoras, adquieren parte del protagonismo arrebatado. «Sabes que estás perdida y te levantas. / Nadie ha secado aún el rastro negro / de rímel que se corre en tu mejilla», escribe Mora. La llegada de Internet, su carrusel de blogs, revoluciona la literatura y democratiza el acceso a obras ignoradas. A diferencia de generaciones anteriores, las escritoras más jóvenes no ven supeditada al papel la difusión de sus poemas, una ventana abierta al mundo pero también un arma de doble filo por el riesgo de promocionar la poesía como versos decorativos en redes sociales.

«He estado en recitales donde escritores de mi edad, o más jóvenes, han presentado a una colega como 'la poeta más guapa de tal ciudad'», cuenta Miriam Reyes, nacida en 1974, en 'Se dice poeta'. También la cordobesa Elena Medel, de 1985, reivindica la necesidad de alcanzar una igualdad real en antologías, jurados de premios y librerías. Fundadora de la exquisita editoral La Bella Varsovia, Medel debutó con 'Mi primer bikini' cuando tenía 15 años. «Pensé en mi edad y pensé en vosotros y pensé / que nadie me avisó de madurar así, junto a la vida y el frío en el cajón / de la fruta que se pudre», escribió en 'Chatterton'. Todas confían en que, tras años de desequilibrios, se haga justicia. Y sí: poética.

La extraña, de Julia Uceda

Me levanté sin que se dieran cuenta
y salí sin hacerme notar.
Había estado todo el día
entre ellos, intentando
hacerme oír,
procurando decirles
lo que me habían encargado.
Pero el recado que me dieron
no era preciso. El humo,
la música, el ruido de las risas
y de los besos —estallaban
como las rosas en el aire—,
eran más fuertes que mi voz. Cansada
de mi trabajo inútil,
me levanté,
abrí la puerta
y salí del hermoso lugar.
Desde la calle
miré por la ventana: nadie había
advertido mi ausencia.
Caminé. Volví el rostro:
ninguno me seguía.

Irène Némirovsky (fragmento), de Elena Medel

Yo soy la elegancia, el clasicismo y la frescura
de la boca que Hitler mandó callar un día.
Yo soy Grasset quemando todos tus fonemas
cuando tus hijas aún duermen a tu sombra.
Soy tu mano que acaricia sus cabellos
y que, dedos traviesos, imagina un nuevo cuento.
Y digo que este poema es Irène Némirovsky
lo mismo que yo soy Finlandia en 1918
y tú eres un corazón más en un mundo vacío.

Muñeca rota, de María Victoria Atencia

¿Qué me intenta decir tu deterioro? Vente,
muñeca frágil y doliente y herida,
sin faldones que cubran tu cuerpo descompuesto,
sin un alma mecánica que te cubra, desastre
de los años y el trato.
No me aparté de ti; nos apartaron
convenciones y usos: no era propio quererte,
y hoy pienso que otras manos te han mecido en exceso.

Fuerzas ocultas me sostienen, de Concha Méndez

Fuerzas ocultas me sostienen,
un apoyo invisible en cada brazo.
No creáis que estas fuerzas
son para mí un descanso.
Yo soy la vida en lucha
de cada hora y de casa paso.
Yo soy la fuerza de mí misma,
la antena receptora del milagro.
Yo soy la vida sin remedio.
Mi muerte no será sino un colapso;
porque después de muerta seguirá viviendo,
nadie sabe hasta dónde ni hasta cuándo.

Hace tiempo, de Francisca Aguirre

Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.

Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.

Contra ti, de Ángeles Mora

Y si tú fueras un hombre de bien
(que no lo eres)
vendrías a mezclarte conmigo en las afueras
de Argel o de Venecia
para besar «insieme il sacro piede
e admirare le spaventose meraviglie
superbe della antichitá...»
como cantar solían los poetas.
Pero no eres hombre de bien.
Oh, si lo fueras.