Joaquín Achúcarro: «Todavía estoy con hambre de piano»

Joaquín Achúcarro actuará esta tarde en la Sala Unicaja de Conciertos María Cristina. /Yvonne Fernández
Joaquín Achúcarro actuará esta tarde en la Sala Unicaja de Conciertos María Cristina. / Yvonne Fernández

El pianista de 86 años, historia viva de la música clásica, clausura hoy el 150 aniversario de la Sociedad Filarmónica

REGINA SOTORRÍOMÁLAGA.

Fue en los años 50, no recuerda exactamente cuándo ni cómo llegó desde Bilbao («el viaje no andaría lejos de las 24 horas»), pero aquella sala se le quedó «grabada en el corazón». Hoy Joaquín Achúcarro (Bilbao, 1932) vuelve a la Sala Unicaja de Conciertos María Cristina para clausurar el 150 aniversario de la Sociedad Filarmónica de Málaga con obras de Chopin, Debussy y Ravel (20.00 horas, entradas agotadas). Cuando atiende el teléfono a eso de las once de la mañana, ya lleva tres horas sentado al piano para desentrañar los muchos secretos que aún se reserva el instrumento. A sus 86 años, el Premio Nacional de Música y Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes todavía tiene «hambre de piano». La sacia de escenario en escenario por el mundo. Después de Málaga, impartirá una masterclass de 30 horas semanales en Catania (Italia), actuará en el Festival de Verbier en Suiza, tocará la 'Segunda sinfonía' de Rachmaninov en Japón y le esperan en Rochester (EE UU). «Uno no se aburre, se lo aseguro», afirma.

-Me dicen que tiene el teléfono junto al piano para no separarse demasiado de él.

-(Ríe) Pero de vez en cuando un paseíto hacia otro teléfono de la casa viene bien. Hay que hacer ejercicio.

«Donde no llega la poesía llega la música. Un preludio de Bach puede hacernos llorar»

-¿Sigue manteniendo una rutina diaria con el piano?

-Hoy llevo tres horas ya (son las 11.00 horas). Y todavía queda bastante del día. Tengo que tener cuidado de cómo lo administro, sin forzar mucho las manos, que no me pase lo que a los deportistas que les da una tendinitis.

-¿Nunca se ha saturado de piano?

-No, no. Todavía estoy con hambre.

-Después de tantas giras y conciertos. ¿No se ha planteado descansar?

-¿Para qué quiero descansar de una cosa que me encanta?

-¿Toca por placer o por necesidad de mantenerse activo?

-Toco porque tengo que tocar. Placer desde luego. Y después, está el buscar la manera de hacer un pasaje, de tener la fuerza suficiente, de poner el corazón y la poesía cuando la hay, la energía cuando la hay, la tristeza... Un piano puede hacer de todo y, por eso, lo que hago todos los días es preguntarle, a ver si me contesta de vez en cuando.

-¿El piano tiene todavía secretos para usted?

-Tiene secretos para todo el mundo, absolutamente. El número de sonidos es real y literalmente infinito. El que una nota pueda ser tocada desde un 'pianissimo' a un 'fortissimo', el que un grupo de dos notas pueda ser fraseado de cien mil maneras diferentes, el que el pedal ayude o estorbe... Tantísimas cosas. ¿Usted sabe cuántas piezas tiene un piano de cola? 12.000, entre los muelles de los martillos, la madera de cada nota, la tabla de resonancia, las cuerdas que soportan una tensión de 20 toneladas... Hasta que se inventaron las cuerdas de acero no se podían fabricar estos pianos que tiene esta enorme potencia de sonoridad. Una vez que se descubre esto es el cuento de nunca acabar. Pero es divertido, aunque de vez en cuando sea también frustrante...

-Imagino que cuando, a estas alturas, siente que avanza en algo le debe embargar una extrema felicidad.

-Sí señora. Así es. Y ese milímetro diario que se puede conseguir si todo va bien es muy bonito.

-Son ya casi ocho décadas al piano. ¿Ha apreciado un cambio en la percepción de la música clásica por el público?

-Como el público después de un concierto mío está contento, creo que estoy en el buen camino. La música lo que tiene es que transmitir emociones, bien sea de furia, bien sea de amor, de dolor, de pena... Donde no llega la poesía llega la música. Un preludio de Bach puede hacernos llorar.

-Sin embargo, ¿cree que hay miedo a la música clásica?

-Eso es lo que temo que ocurre. La gente que no asiste a los conciertos clásicos es un poco por eso, porque creen que no van a entender nada o que se van a aburrir como una ostra.

-Dicen que hay que quitar elitismo a la música clásica. ¿Cómo se hace eso? ¿Explicando la música?

-La música clásica pide muchísimas cosas. No es que uno se siente tranquilamente y ya se emocione sin más. La música clásica ha sido siempre de minorías. En los tiempos de Bach, el que quería escuchar música tenía que ir a la iglesia los domingos para oír el órgano. O bien tú sabías tocar o cantabas, pero era lo único que había. Hoy tenemos todas las grabaciones de todo el mundo. Basta con tocar un botón y ya está. Lo que no cuesta un esfuerzo no se aprecia en todo su valor. Cuanto más uno sabe de música clásica más profundidad encuentra. Pero el que no sepa y va a oír una sinfonía de Beethoven ya sale contento.

-¿Recuerda la primera vez que tocó en la sala María Cristina de Málaga?

-Cuándo no, pero me acuerdo de la sala de lo que entonces era el conservatorio. Se me ha quedado en el corazón. Cómo no. Los primeros pasos, las primeras aventuras, los primeros conciertos, cómo saldrá, como no saldrá... Eso sigue siendo, sigue funcionando. Hay que pensar en el factor humano, y del compositor también. Cuando estoy tocando una obra de estos grandes, me lo imagino con la pluma en la mano pensando «¿voy a poner un sol sostenido o un sol natural?». Falla se pasaba días enteros buscando sus armonías.

-¿Practica la nostalgia? ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

-Da igual que fuese mejor o peor, fue pasado y ahora estamos en el presente. Aquel tiempo tenía cosas que este no tiene y este tiene cosas que aquel no tenía. Como esta especie de madurez tranquila, de saber lo grande que es la música y de darnos cuenta de que es algo tan esencial al ser humano que casi parece superior.