Lindsay Kemp: «Me han acusado de querer ser diferente, pero solo quiero ser yo mismo»

Lindsay Kemp, en un momento del espectáculo ‘Kemp Dances’./
Lindsay Kemp, en un momento del espectáculo ‘Kemp Dances’.

«No me siento un mimo, soy un poeta y un bailarín», aclara el artista, que vuelve a los 78 años al Cervantes con sus últimos inventos y reencarnaciones en el Festival de Teatro

REGINA SOTORRÍO

Tras algo más de media hora respondiendo a preguntas sobre su carrera (una de las más brillantes en el mundo de la danza y el mimo), su vida (en la que desde niño recurrió a sus habilidades artísticas para ganarse a los otros) y su relación con David Bowie (a quien transformó para Ziggy Stardust), ahora es él quien cuestiona: «¿Sigue haciendo frío en Málaga?». No es curiosidad sino interés profesional. «El frío, al igual que la oscuridad, es enemigo de los bailarines», continúa Lindsay Kemp (Inglaterra, 1938). Pero no tiene de qué preocuparse, la ola de frío es pasajera y en Málaga le esperan, el 29 de enero, un teatro cálido y esa «audiencia adorable» que recuerda de anteriores visitas. El veterano artista, padre de un lenguaje que mezcla danza, mimo e interpretación, vuelve al Cervantes con Kemp Dances, un espectáculo con números nuevos y revisiones de piezas anteriores.

En detalle

Obra. Kemp Dances. Inventos y reencarnaciones, de Lindsay Kemp.
Elenco. Lindsay Kemp, Daniela Maccari, Ivan Ristallo, David Haughton y James Vanzo.
Lugar. Teatro Cervantes.
Fecha. Domingo, 29 de enero, a las 19.00 horas.
Entradas. Entre 11 y 30 euros.

De ahí el subtítulo: Inventos y reencarnaciones. Porque aunque vuelva sobre personajes conocidos, nunca serán los mismos. «Porque yo cambio con los años y porque cuando entro en escena sigo los impulsos del momento», explica Kemp junto a su estrecho colaborador David Haughton, que ejerce de mediador en esta entrevista telefónica.

Desde niño sigue esos instintos. Imaginen: en los años 40 en una pequeña ciudad costera de Inglaterra, en South Shields, un chico de corta edad se maquilla, viste con kimonos que su padre, marinero, trae de sus viajes por el mundo, y baila. No lo hacía por provocar ni llamar la atención, simplemente se dejaba llevar por sus «impulsos espontáneos, sin pensar. Y hoy es igual». «Me acusaban de querer ser diferente, pero nunca lo he hecho por voluntad. Siempre he querido ser solo yo mismo, y que los demás me entiendan y me acepten», declara.

Tuvo que aprender a ganarse a la gente y recurrió a sus habilidades artísticas: descubrió que podía conquistar a los demás con la risa y el entretenimiento. «Cuando estaba en una escuela para hijos de marineros oficiales, era un mecanismo de defensa y protección.Así aprendí lo esencial para hipnotizar al público, crear complicidad con él y divertirle. Eso me ha seguido durante toda mi carrera, pero ya no como una protección», puntualiza el artista.

Tenía la base, pero le faltaba formación. Y la adquirió de grandes maestros: estudió danza con Hilde Holger y pantomima con el francés Marcel Marceau. Después uniría ambas cosas en sus espectáculos, los elegantes movimientos del cuerpo y la fuerza del gesto, para crear «un lenguaje universal que no necesita traducción». Pero aclara: «Yo no me siento un mimo, me siento un poeta, un bailarín, un actor que amaba el mimo de Marceau». Para el maestro de la pantomima, por ejemplo, saltar estaba prohibido, pero no para Lindsay Kemp. Sí respeta y acentúa esa estética del teatro gestual donde el maquillaje es un elemento más de la escena. «No lo uso como una máscara, no es para esconder nada sino para proyectar las realidades dentro del teatro,ayuda en la transformación del personaje», especifica.

El auténtico mimo, sentencia Kemp, «dejó de existir con la muerte de Marceau». Hay mucha gente que hoy hacen clown, «pero eso no quiere decir que sean mimos de verdad, igual que por mucho que cantes no eres cantante». Y esa realidad, el sentir que una tradición del espectáculo se está perdiendo, le produce «un gran dolor». «Lo encuentro muy triste», reconoce.

Con David Bowie

Su creatividad no se ha limitado a la escena teatral. Lindsay Kemp traspasó las fronteras entre disciplinas y se introdujo en el mundo del rock de la mano de David Bowie. Era inevitable que ese nombre apareciera en la conversación, Lindsay lo sabe y responde a las preguntas sobre el duque blanco con naturalidad... y paciencia.

Tras mantener una breve (pero intensa) relación en los 60, en los 70 vuelven a unirse para un proyecto profesional que marcó la historia individual de Bowie y la universal del género musical: el cantante reapareció en 1972 transformado en Ziggy Stardust, un extraterrestre de imagen andrógina que se convertía en estrella del rock. Una mutación que se basaba en las enseñanzas que recibió de Kemp, que también se encargó de las coreografías de los conciertos. Siempre se habla de lo que Kemp aportó a Bowie, ¿pero qué aportó Bowie a Kemp? «Bueno, quizás yo le haya transmitido más cosas a Bowie que él a mí. Tuvimos una relación creativa muy fuerte en el que cada uno inspiró al otro, teníamos las mismas pasiones, y aprecio su talento y su carisma. Yo le di la habilidad de transformarse», argumenta.

Lindsay Kemp es el rey de las reencarnaciones. Con los años, ya son 78, ha perdido agilidad («sin duda», añade), pero ha ganado en «verdad». «Y en la naturalidad y simplificación del estilo, en la concentración de ciertos detalles y en la transmisión de emoción», enumera. El escenario le hace sentirse «más vivo» y «útil». David Haughton lo corrobora: «Le puedes ver caminar por la calle con poca agilidad, pero una vez que está delante del público, se llena de inspiración, de gracia y de movimientos que no podría hacer en otro lugar».

Hace 30 años que no vive en Inglaterra, reconoce que se sentía allí más «extranjero» que en España, donde pasó una temporada, y en Italia, donde ahora reside en Livorno. «Siento que el público latino es más receptivo a la poesía en el teatro. En Inglaterra hay mucho menos respeto», explica. Pero a Lindsay Kemp le queda esa fina educación de caballero británico. «¿Todo bien? ¿Es suficiente?», pregunta al terminar la entrevista, antes de despedirse con un «hasta luego» y un «muchísimas gracias» en español. En realidad, las gracias tendría que dárselas yo.