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Un yacimiento enterrado en el olvido

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Un yacimiento enterrado en el olvido

10.07.12 - 01:50 -
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El regusto es casi idéntico en todas las reuniones de antiguos compañeros. La emoción por el reencuentro, el paso de los años y la fuerza de los recuerdos que en su día permitieron hacer un frente común dejan paso a un sentimiento de nostalgia del que pocos escapan. Más aún: si la gesta fue importante e incluso se logró esa pequeña aportación para la historia con la que muchos sueñan, este volverse a ver con el paso de los años se convierte en un momento para enmarcar. Ayer fue uno de esos días. Justo 46 años después de que comenzaran las primeras excavaciones arqueológicas en el Cerro del Villar, aquel grupo heterogéneo de enamorados de la historia que dieron impulso a la recuperación de la huella fenicia en Málaga volvieron a reunirse en la sala de exposiciones de Cajamar con motivo de la inauguración de un montaje que pone en valor todos esos años de trabajo.
«Es un momento único y emocionante». La frase salía de boca de uno de los descubridores del yacimiento, comisario de la muestra e impulsor del proyecto, Juan Manuel Muñoz Gambero, con unas cuantas décadas más sobre su espalda pero con la ilusión intacta. De sus palabras se desprende también cierta amargura de ver cómo aquel escenario de encuentro, de descubrimiento y de pasión por la arqueología languidece hasta la muerte por algo tan poco romántico como la falta de financiación. «Sin dinero no hay nada y ahora prima la estupidez», diagnosticaba con vehemencia el especialista mientras daba los últimos retoques a la interesante exposición que durante todo el mes de julio tratará de aportar luz sobre nuestro pasado.
Porque el trabajo sobre el terreno en lugares emblemáticos como el Cerro del Villar o el Cerro de la Tortuga va más allá del estudio de «cuatro piedras viejas». Los resultados y las conclusiones que se lograron en la época dorada de las excavaciones -es decir, cuando había dinero- superan con creces ese discurso despectivo de que la arqueología no sirve para nada. La exposición inaugurada ayer en la Sala Alameda es la prueba irrefutable de que la historia, con mayúscula, se escribe precisamente sobre estas zonas ahora abandonadas. Ahí podrá conocer el origen de la civilización fenicia que se asentó junto a la desembocadura del Guadalhorce entre los años 800 a 500 a.C. o cómo se gestó la propia Málaga, cómo vivían y comerciaban y cómo, en fin, llegó el ocaso del pueblo.
El discurso, científico y didáctico a partes iguales, se apoya en la interesante colección de piezas que año tras año han ido rescatando los arqueólogos para su estudio. Cerca de 80 piezas originales de la época y una docena de reproducciones cuidadosamente escogidas por el propio Muñoz Gambero, que insiste en la importancia de recuperar esta parte de la historia e incluso ilustra con ejemplos el enorme tirón popular del que disfrutaron iniciativas parecidas. En este punto el arqueólogo recuerda, no sin cierta envidia sana, una exposición sobre el mundo fenicio que se celebró en el Palazzo Grassi de Venecia y que ante la falta de financiación pública logró el apoyo del todopoderoso padre de Fiat, Gianni Agnelli, que demostró con creces que, bien planteada, la arqueología sí es rentable. Juzguen si no las cifras que se manejaron: más de seis millones de euros de beneficios y colas de tres horas a las puertas del palacio veneciano.
Con miras más modestas, por supuesto, los promotores de esta exposición no renuncian sin embargo a convertirse en una oferta más que solvente en la agenda estival de la capital e incluso a darle continuidad a la iniciativa con otras muestras que abunden en las tesis que plantea la que ahora se inaugura. En este sentido, el gran proyecto que capitanean Muñoz Gambero y la Fundación Málaga tiene previsto ampliar el análisis con montajes sobre el arte rupestre malagueño, el Cerro de la Tortuga o el descubrimiento de la escritura. Quizás esta programación sea la herramienta más eficaz para poner en valor un pasado sin cuya comprensión difícilmente se puede mirar al futuro. Y quizá entonces se deje de ver la arqueología como una disciplina de «cuatro piedras viejas».
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Una foto de familia para el recuerdo, con algunos de los entusiastas que dieron impulso al Cerro del Villar. Muñoz Gambero, en el centro con corbata. :: JAIME GALLARDO

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