El corazón de Málaga

No hay muchas ciudades en el mundo que atesoren en menos espacio, apenas un kilómetro cuadrado o, si me apuran, una milla cuadrada que podríamos denominar de oro, una oferta cultural, arqueológica e histórica similar a la de Málaga. Por su privilegiada ubicación como último gran puerto, última gran ciudad, antes del Estrecho de Gibraltar, del Non Plus Ultra de las columnas de Hércules y de nuestro escudo, Málaga es heredera y guardiana del legado de las grandes civilizaciones del Mediterráneo.

Fenicios, griegos, romanos, godos y árabes se establecieron aquí, como atestiguan el Teatro Romano, las pilas de garum que pueden contemplarse en el edificio del Rectorado, o las fortalezas de Gibralfaro y la Alcazaba. Si a esos hitos sumamos nuestra magnífica Catedral y su atractivo relato, la belleza decimonónica de la calle Larios con el atractivo de un centro histórico peatonalizado con acierto, la integración urbana del puerto y la renovación del Parque, nos encontramos ante una ciudad dinámica a la que sólo faltaba el acontecimiento que hoy celebramos.

En la última década Málaga ha vivido y sigue viviendo lo que algunos llamamos su particular Edad de Oro, una etapa de esplendor, de eclosión cultural y transformación urbana sin precedentes que se completa con la inauguración del nuevo gran museo.

Un Museo, el de la Aduana, que constituye un escaparate inmejorable para mostrar la extraordinaria riqueza arqueológica y artística de nuestra provincia. Sala a sala, los afortunados visitantes del nuevo museo podrán descubrir piezas tan impresionantes como el mosaico romano del nacimiento de Venus encontrado en Cártama, maravillarse con la bienvenida que ofrece el espectacular conjunto de esculturas de la colección Loringiana, apreciar los restos prehistóricos hallados en las cuevas de la Pileta, Nerja, Ardales o Zafarraya o contemplar el legado fenicio de la villa de Chorreras, en Vélez Málaga.

De Acinipo, Ronda la Vieja, a Suel, en Fuengirola; del Cerro del Villar en Málaga a Lacipo, en Casares; de las huellas mozárabes de Ben Hafsún en Bobastro al Corán de Cútar, prácticamente todos los municipios de nuestra provincia pueden ver reflejada y expuesta su rica historia en las salas del Palacio de la Aduana, contribuyendo notablemente a las 15.000 piezas arqueológicas y artísticas que componen su colección.

El edificio, en sí mismo, es otro testigo de nuestra historia. Reformado y adaptado como museo tras una inversión de casi 40 millones de euros realizada por el Gobierno central, hay que subrayar que se ha ejecutado una intervención arquitectónica y museológica ejemplar, a la altura de la más exigente de las expectativas, y de la que la sociedad civil malagueña, verdadera artífice de este Museo tan largamente esperado y demandado, puede sentirse más que orgullosa.

Tenemos la suerte de vivir en uno de los territorios con más pasado, presente y futuro de Europa. Si entre las paredes de la Aduana podemos contemplar esa historia hasta casi nuestros días, el Museo que hoy abre sus puertas sirve también como ejemplo y símbolo del liderazgo cualitativo al que aspiramos.

La provincia de Málaga cuenta con todos los elementos para convertirse en el tercer gran eje social, económico y cultural de nuestro país, tras Madrid y Barcelona. Como en el cuadro de Simonet que simboliza la colección pictórica, Málaga ha descubierto su corazón. Y cuando entre todos, administraciones y sociedad civil, conseguimos que lata al unísono, se convierte en imparable.

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