«Vamos a una cultura del ‘best seller’»

Santiago Eraso llevó a buen puerto la candidatura San Sebastián 2016 Capital Cultural.
Santiago Eraso llevó a buen puerto la candidatura San Sebastián 2016 Capital Cultural. / Lusa
  • Santiago Eraso, investigador y gestor cultural, combate por una cultura al servicio de la educación, defiende una revisión de las políticas culturales y apoyó y apoya La Casa Invisible

La gestión cultural es el hábitat de Santiago Eraso (San Sebastián, 1958). Licenciado en Filosofía y Letras dirigió durante 20 años en su ciudad natal Arteleku, un centro interdisciplinar para la creación, reflexión, experimentación y difusión del arte contemporáneo, que se convirtió en referente en toda España. Entre 2009 y 2011 dirigió la candidatura San Sebastián 2016 Capital Cultural (finalmente seleccionada). Sigue vinculado a la capitalidad con la coordinación de Tratado de Paz, un programa de exposiciones, seminarios, laboratorios y conferencias que rescata cómo la historia del arte y del derecho ha abordado la figura de la paz. Es una de las voces más acreditadas de la filosofía política y de la sociología cultural y colabora desde el año 2000 con la Universidad Internacional de Andalucía. No tiene dudas de que el arte y la cultura necesitan apoyo público, «pero antes tendremos que empezar por determinar el sentido de esa inversión». 

– Si le toma el pulso y la temperatura a la cultura en este país, ¿cuál es su diagnóstico?

– Muy parecido al que se puede hacer de otros ámbitos: una disolución del estado del bienestar. Es decir, la privatización de los servicios que se entendían como un derecho y que ahora empiezan a entenderse como responsabilidad exclusiva de los ciudadanos. ¡Que cada un se salve como pueda! Es una estrategia de disolución de los derechos sociales que teníamos, entre los que estaba incluido el acceso a la cultura.

– Pero hemos sido espectadores de grandes inversiones culturales. Con buena parte de ellas, como la del Gugenheim en Bilbao, ha sido muy crítico. ¿Por qué?

–En un sentido muy amplio, esos proyectos no están destinados objetivamente a cubrir las necesidades de la ciudadanía donde se insertan. Están destinados a generar economía y recursos extrayéndolos de la circulación del turista, que generalmente son personas ajenas a esa ciudad. Las ciudades marcas y sus instituciones emblema, muchas de ellas museos, se piensan como máquinas económicas, olvidando su función socializadora, su capacidad de construir sentido comunitario y crítico. Si se opta por ese modelo productivista, los responsables políticos tendrán que decir, a las claras, que la cultura no está entre sus prioridades, porque han decidido subordinar toda la cultura a la eficacia y la rentabilidad económica. Por tanto, habría que preguntarse también de qué hablamos cuando hablamos de crecimiento, para qué, a qué precio (desastre inmobiliario, ecológico etc) y para llegar a qué. En un momento histórico en el que el Estado desaparece, el mercado, de manera tiránica, parece ocupar su lugar, convirtiendo a los ciudadanos en simples consumidores, sin capacidad para elegir su propia condición. Nos convierten en el último eslabón de la cadena de producción. Es además un modelo que se ha convertido en paradigma. De repente es el único modelo que funciona.

– Ese paradigma del que habla se ha instalado también en Málaga con la apertura de un buen número de museos.

– Es el modelo de Dubai. Para genera marca, atracción de capital, turismo y en beneficio de las élites sociales y no de sus ciudadanos. Asistimos atónitos a una mercantilización sin precedentes de la cultura. Los ciudadanos de Arabia Saudí y de otros lugares no van a ver esos museos. No creo tampoco que vayan a verlos los ciudadanos de Málaga sino los turistas que visitan la ciudad. Entiendo la cultura como un conjunto de herramientas para que los ciudadanos puedan formarse y construir su capacidad analítica, puedan reinterpretar la realidad y politizar su experiencia. Y hay una tendencia general a entender la cultura de dos maneras: taquilla y marca. A los políticos le interesa que la cultura sea taquilla – que la gente pague para ver la cultura– y marca, o bien marca turística, marca España o lo que sea. Es decir, una cultura espectáculo. Vamos hacia una cultura del ‘best seller’. Es puro consumo. Todo el saber, todo lo que tiene que ver con el conocimiento, con la construcción de la crítica, con la diversidad o con la pluralidad queda anulado. Porque, ¿qué quiere un turista? Algo reconocible. A un turista no le vas a ofrecer una exposición de tesis, de contenido, con investigadores detrás, sino de los nombres del ‘hit parade’ del arte. Hay que ofrecer grandes obras del Centro Pompidou y del Museo de San Petersburgo. Cultura de ‘Los 40 principales’, de ‘photocall’.

Generar empleo

–¿Es un modelo censurable?

– Yo no digo que sea censurable que esos museos se creen o que exista el Museo Picasso. El problema es que sólo exista ese modelo. Por eso lo que reivindicamos el derecho a la ciudad, entendemos que la ciudad es un conjunto, un cuerpo de células complejas y diversas y que las instituciones públicas tienen que mirar hacia arriba y hacia abajo, hacia la derecha y hacia la izquierda. Es decir, hacia el Museo Picasso, pero también hacia La Casa Invisible.

–En la línea de ese paradigma, el alcalde de Málaga justifica la su política de museos en la capacidad que tiene para impulsar la economía y generar empleo en la ciudad.

–Empleo se puede generar en todo el espectro cultural. Si amplías las actividades extraescolares en las escuelas con música, danza o expresión plástica puedes generar empleo. Pero hay que invertir en el sistema escolar, educativo y cultural. Por ejemplo ampliando los servicios y la oferta cultural en la educación a lo largo de toda la vida, desde las guarderías a los centros de atención a los ancianos, pasando por la universidad y las escuelas populares. ¿Por qué esa inversión se aplica solamente al sector turístico (fundamentalmente hostelería y derivados) y no se redistribuye mucho mejor a través de otras ofertas? Tiene que haber una responsabilidad pública. Parece que, en el caso del Ayuntamiento de Málaga, el objetivo es el turista y no el ciudadano.

– ¿Demasiados museos y poca educación?

–Si yo fuese un mandatario con responsabilidad política en el Estado abandonaría la retórica electoral para ejercer con más sinceridad la acción política consecuente con lo que diga. La educación entendida como una forma de espacio público ampliado, más allá también del sistema estrictamente educativo. Para mí es fundamental y esencial construir ciudadanos libres, independientes, con capacidad crítica y con capacidad para asumir su responsabilidad en el derecho a la ciudad. Lo que más me llama la atención es que a muchos políticos se les llena la boca cuando dicen que hay que invertir en educación y sin embargo hacen todo lo contrario. Eso hay que denunciarlo.

– Se ha referido antes a La Casa Invisible. Usted fue de los grandes defensores de este movimiento sociocultural en Málaga. ¿Qué opina del cierre decretado por el Ayuntamiento?

– Vivo esa decisión paradójicamente, porque pensaba que el Ayuntamiento de Málaga había entendido el significado de la existencia de una institución como La Invisible. No es una cuestión de que estas instituciones sean acogidas por ayuntamientos que sean más o menos de derechas o de izquierdas, simplemente entiendo que cualquier institución gobernada por cualquier partido político tiene que entender que, en ese abanico de diversidades posibles, también entran experiencias como La Invisible. A principios de siglo, algunas instituciones culturales del Estado, por ejemplo el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona, que entonces dirigía Manuel Borja Villel, que hoy dirige el Museo Reina Sofía, o Arteleku, que durante 20 años dirigí yo, pero también algunos grupos de trabajo de la Universidad Internacional de Andalucía y otros empezamos a preguntarnos qué estaba ocurriendo en los movimientos sociales, por qué empezaban a emerger una serie de posicionamientos críticos con respecto a las políticas globales que se estaban aplicando entonces. Y qué prácticas artísticas y culturales se estaban dando en esos movimientos críticos. Hay que acordase de las movilizaciones en Barcelona, de la aparición del movimiento okupa, que son herederos de otros movimientos, como el de objeción de conciencia, antimilitarista y otros que ponen en cuestión la deriva de ese neoliberalismo típico del globalismo que empezaba a desarrollar en Europa sus prácticas políticas y que ahora, en los últimos años, ha generado lo que ha generado.

–¿Y qué papel jugaba La Invisible?

–Fue una de las primeras experiencias que propuso no ser un centro okupa clásico de corte tradicional de lo que se llamaba primera generación, sino de lo que se denominan centros sociales de segunda generación. Asociaciones que estaban dispuestas a dialogar con las instituciones locales. No tanto ir contra, sino trabajar en paralelo, en común, manteniendo su autonomía y autogestión. Para nosotros fue un ejemplo.

Derecho a la ciudad

– Y hace años, recibió el respaldo de prestigiosas instituciones culturales y también de las administraciones públicas.

– Fue apoyada por la Junta de Andalucía, el Ayuntamiento de Málaga y la Diputación como una institución modelo. Con todo el recorrido que ha hecho La Invisible, me sorprende mucho que en este momento de tensión política se ceben con ellos, diciendo que es una iniciativa privada. El Museo Carmen Thyssen sí que es una iniciativa privada, familiar. Sin embargo, La Invisible es un proyecto comunitario, colectivo sin intereses privatizadores, ni privatistas, abierto a la gestión asamblearia, donde todo el mundo participar. Creía que el Ayuntamiento de Málaga había entendido ese derecho a la ciudad que supone asumir la diversidad y que se puede gobernar para todos. En esa gobernanza para todos, cabía La Invisible, y así se firmó el acuerdo. Me sorprende esta reacción, incluso electoralmente. La mejor manera de tener autoridad es la generosidad, en el mejor sentido distributivo de responsabilidades compartidas con el amplio espectro ciudadano y su diversidad.

– El Ayuntamiento ha alegado las deficiencias en el inmueble para proceder a su cierre.

–Quizás las responsabilidades no sean solo del colectivo de La Invisible, sino de las partes implicadas. La casa está intentado conseguir recursos. Pero lo lógico es que ahí hubiese un acuerdo, un pacto. Hubo un proyecto apoyado por profesores de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Granada interesantísimo para recuperación del inmueble. Un proyecto que fue asumido en cierto modo por las instituciones públicas. Ví ese plan de reforma arquitectónica del equipo de José María Romero que vinculaba formación, oficio y coherencia con una rehabilitación pausada y ejemplar frente al constructivismo depredador característico de la burbuja inmobiliaria.

– Contra su cierre se manifestaron 2.000 personas en las calles de Málaga. Parece que tienen el respaldo de muchos ciudadanos.

–Las manifestaciones son una manera de entender el apoyo, pero La Invisible tiene simbólicamente algo que no se puede medir con el número de presencias. Mucha gente y yo no hemos estado en la manifestación pero pensamos que ha hecho un buen trabajo. También ha puesto en marcha una campaña de ‘crowfunding’ y lleva más de 10.000 euros recaudados para hacer las obras en un edificio público, que es propiedad del Ayuntamiento. Y lo van a hacer con los recursos, no sólo de la autogestión de los ciudadanos que habitan ese edificio, sino con el dinero recaudado. Lo lógico sería al revés, como se hace con las iglesias y los edificios públicos. O como cuando eres un arrendatario y el propietario del inmueble está obligado a asumir las obras.

– La Casa Invisible fue pionera en Málaga, pero cobran cada vez más protagonismo en la ciudad las asociaciones de creadores, gestores y particulares que unen fuerzas para crear espacios y agendas de actividades al margen de lo público. ¿Algo está cambiando?

– Claro, las instituciones públicas han decidido que la cultura es un capricho, que no es una necesidad y la gente tiene que empezar a organizarse y a tratar de sacar adelante esos proyectos. Y eso se está multiplicado. Es el momento de que un ayuntamiento piense qué hacer con sus políticas culturales y cómo dinamizar ese tipo de iniciativas ciudadanas. Me parece una riqueza y están convirtiendo esa riqueza en una especie de desperdicio con el planteamiento de, bueno, ahí están, y que hagan lo que sea. Creo que es una obligación de los técnicos de las instituciones públicas, sobre todo municipales, pensar de nuevo las políticas culturales, porque no se puede seguir haciendo lo que se hacía hace 20 años cuando la realidad ha cambiado tanto.

ERE cultural

– El futuro de la cultura. ¿Pasa por esos colectivos?

– Sí, pero sin precarizarlos. Lo que no pueden decir las instituciones es: no tengo dinero para mantener las bibliotecas, así que ahí os las dejo, os las largo y que os zurzan. Sin bibliotecarios profesionales, con trabajo voluntario, sin retribución, sin reconocimiento. Tampoco eso. Eso es quitarse un problema de encima. Privatizarlo. Hay que buscar una nueva fórmula. Si el Estado no puede con todo y hay que pedir corresponsabilidad a la ciudadanía, habrá buscar un nuevo acuerdo sobre la cultura. Todo esto hay que estudiarlo, en todas las ciudades, porque ha habido un ERE brutal en el sistema cultural, pero todo sigue igual.

– Y ese modelo, ¿es sostenible por mucho tiempo?

– En los 70, 80 y 90 se copió en cierto modo el modelo francés y dijeron, venga vamos a hacer museos, archivos, teatros y bibliotecas. Se hizo una gran inversión para generar una gran infraestructura de calidad. Todo eso se hizo con un objetivo. Por ejemplo, en el caso de una sala de exposiciones, que un artista pudiera exponer, o en el caso del teatro, para que el grupo de teatro representase sus obras. Si mantienes el teatro y a los funcionarios que trabajan en él es para que haya gente que haga teatro. Pero los que han salido perdiendo son el último eslabón de la cadena. Porque los gastos de mantenimiento del teatro, del personal, de seguros y los funcionarios se mantienen. Ellos siguen cobrando sus sueldos, con ajustes más o menos. Donde ha dejado de fluir el dinero es en la razón y el objetivo por el que se hicieron los teatros o las salas de exposiciones. El del despacho le dice, tráeme gratis los cuadros y llévatelos como puedas en un camión. Pero los de la maquinaria siguen siendo los mismos. Pero la fiesta se ha terminado y algo habrá que hacer. Está claro que hay que pensar el sistema cultural de arriba abajo.

–¿Y qué propone para esa revisión?

– Frente al modelo estatalista y el privatizador, tendríamos que empezar a pensar el sistema como una posibilidad de desarrollar el bien común: corresponsabilidad entre interés público (infraestructuras, redistribución de recursos) y capacidad ciudadana para autogestionar los medios que son de todos, a partir de movimientos que exijan una mayor participación democrática y no al revés, despolitizando la potencia de la cultura y el arte. Ese bien común del que hablo, necesita de la libertad, la educación y la cultura para ser desarrollado.