La urbanización se transforma en centro comercial

La Virginia, un rincón desconocido para muchos, abre sus puertas al tradicional mercadillo artesano de la primavera

MÓNICA PÉREZMARBELLA.
Las calles se llenaron de curiosos atraídos por el entorno y la variedad de productos que se ofrecían. ::
                             JOSELE-LANZA/
Las calles se llenaron de curiosos atraídos por el entorno y la variedad de productos que se ofrecían. :: JOSELE-LANZA

Algunos la calificacan como una excepción dentro del urbanismo exacebado que caracteriza a Marbella. De ahí su encanto y el poder de atracción que tiene para vecinos y turistas. La urbanización La Virginia abrió ayer su tradicional mercadillo de primavera, una cita ineludible para los amantes del tipismo y de las compras de todo tipo. «Ofrecemos la oportunidad que comprar productos de toda índole en un marco incomparable», explica Pilar Vigaray, una de las organizadoras. No le falta razón. La urbanización La Virginia, la primera que se construyó en la ciudad al estilo andaluz hace unos 40 años, llama la atención por sus callejuelas estrechas, empedradas y rodeadas de vegetación. «Es como un pueblo dentro de otro», aseguraba Teresa Herrero, mientras colocaba algunos productos en su expositor. «Vengo de Málaga, y es la primera vez que traigo mi stand a este mercadillo. Me parece idílico el lugar».

Pilar Vigaray, propietaria además del Restaurante La Virginia, recordaba ayer el origen de este encuentro que durante unas horas -desde el mediodía hasta la puesta del sol, como figuraba en los carteles anunciadores del evento- transforma esta urbanización en todo un centro comercial. «Nació de manera casual. Cuando nos construyeron la autovía aquí al lado, quisimos colocar vegetación alrededor de la urbanización para que no se viera la carretera. Así empezamos a quedar entre nosotros. Y poco a poco, cada uno de los que aquí residimos sacábamos a la calle lo que teníamos». Luego se abrió el encuentro a artesanos de otros lugares. Hoy, 37 años después, el encuentro es mucho más que un rastrillo al uso.

Medio centenar de expositores llenaron las calles. En ellos, se podía encontrar desde ropa, a artesanía, joyas hechas a mano, artículos de decoración y productos gastronómicos. «Estos pendientes tienen unas piedras que son de una tribu de Malasia», explicaba en uno de los tenderetes una comerciante ante la mirada atónita de varias clientas.

En otro punto, un joven ofrecía vasos de Caipiriña; y más arriba una residente ucraniana, platos de salmón ahumado. «Aquí hay para todos los gustos», explicaba Noel Bohorquez, norteamericana, pero resdiente en Marbella desde hace diez años. Descubrió La Virginia, se enamoró del comercial que le vendió la casa, y desde entonces reside en esta urbanización.

Rincón secreto

Celosos del «tesoro» que tienen como lugar de residencia, algunos de sus habitantes echan la vista atrás para explicar que a los promotores del complejo no les hubiera gustado mucho la idea de abrir las calles al público en general. «Juan Manuel Figueras y Freddy Wildman, ambos fallecidos ya, idearon la urbanización con la mente puesta en protegerla de la masificación, como si fuera un rincón secreto», explica Pilar Vigaray.

Y es que este núcleo de población es casi capaz de desarrollar una vida independiente del resto de la ciudad. Tienen comercios, bares y hasta iglesia. Incluso al presidente de la urbanización, Alejandro Dogan, se le conoce como el alcalde de La Virginia.

«Vivir aquí es como estar en cualquier parte del mundo».

«Este rincón es lo más desconocido que hay en Marbella».

«Es la primera vez que vengo y estoy alucinada con el entorno».