Veinte años de la tragedia del Pauknair

Traslado de las víctimas. /Ñito Salas
Traslado de las víctimas. / Ñito Salas

Un avión de Málaga a Melilla se estrelló en el Cabo Tres Forcas muriendo sus 38 ocupantes

José Manuel Alday
JOSÉ MANUEL ALDAY

Esta semana se han cumplido veinte años del trágico accidente aéreo de un avión de la compañía Pauknair que cubría la ruta de Málaga a Melilla y que se estrelló contra el cabo Tres Forcas en Marruecos falleciendo sus 38 ocupantes, 34 pasajeros y 4 tripulantes. El accidente sobrevino el 25 de septiembre de 1998 cuando el avión se aproximaba al aeropuerto de Melilla, volaba a una altitud por debajo de la mínima de seguridad establecida y se estrelló contra una cima. Una década después, la Comisión de Investigación apuntó a un fallo de la tripulación como la causa del trágico accidente, que pudo verse influenciada por la poca visibilidad en la zona.

El avión de la compañía Pauknair, un tetrareactor BAE-145, despegó del aeropuerto de Málaga con destino a Melilla a las 08.25 horas de aquel 25 de septiembre. Sobre las 08.50 horas, unos veinticinco minutos después, el aparato se estrelló en Cabo Tres Forcas, a unas 8,5 millas náuticas de Melilla, en la localidad de Ich-N-Joua, resultando completamente destruido al impactar con una colina de unos 269 metros de altura. En las últimas comunicaciones, el piloto se quejó de la niebla existente en la zona. Tras perder la comunicación con el aparato, las autoridades marroquíes autorizaron a un avión militar español a entrar en Marruecos y localizar al avión. Pocos minutos después informó de la existencia de la visión de una columna de humo desde tierra. La inaccesibilidad del terreno de montañas pedregosas, al que sólo se podía acceder a pie o en helicóptero, y las tremendas consecuencias del impacto, que provocó que los restos se esparcieran en una superficie de más de un kilómetro cuadrado, motivaron que la recuperación de los cuerpos se prolongaran durante más de diez horas.

La totalidad de los efectivos tanto de Sanidad militar como civil de Melilla fueron alertados ante la posibilidad de que hubiera supervivientes. Horas después, el Gobierno de Marruecos confirmaba la tragedia: no había ningún superviviente. Tras las negociaciones que llevó a cabo el entonces ministro Jaime Mayor Oreja vía telefónica con el ministro del Interior marroquí se logró que la identificación de los cadáveres pudiera realizarse en Melilla, a donde fueron trasladados en helicópteros del Ejército español. El avión se había volatilizado tras la colisión, desperdigándose en decenas de pedazos por un terreno de difícil acceso. Unidades del Ejército Español, Cruz Roja, médicos españoles y dotaciones del ejército marroquí colaboraron en la recuperación de los cuerpos.

La noticia de la muerte de los 38 ocupantes conmocionó de manera especial a Melilla, de donde eran 17 de los fallecidos, y a Málaga, de donde eran siete pasajeros. La Audiencia Nacional sobreseyó el caso del accidente en 2002, y el juez destacó la «absoluta falta de control» de las torres de Melilla y Sevilla sobre el vuelo. En el auto, el juez exculpó a la tripulación y señaló que «ante la absoluta falta de control de la torre de Melilla y del control de Sevilla, tuvo que preocuparse de autocontrolar su posición y la de otro avión que, procedente de Madrid, tenía como destino el aeropuerto de Melilla». Añadió que la tripulación del avión siniestrado tuvo que mantener por ese motivo «constantes conversaciones» con el avión procedente de Madrid, que «momentos antes del impacto contra el Cabo de Tres Forcas se encontraba prácticamente encima suyo, en una fase de vuelo visual en la que ninguna autoridad aérea controlaba su posición y situación para poder evitar el fatal desenlace».

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El auto de sobreseimiento, basado en el informe de la Comisión de Investigación del Ministerio de Transportes y Marina Mercante de Marruecos, estableció que los análisis toxicológicos que constataron la presencia de 0,41 gramos de alcohol por litro de sangre en el cadáver del piloto de la aeronave «no aportaban informaciones significativas», pues según el juez, los cadáveres «con grandes mutilaciones» estuvieron «más de nueve horas a la intemperie en pleno mes de septiembre en una zona norteafricana que favoreció la descomposición de los cuerpos, el proceso de putrefacción y la producción postmorten de etanol».

El Instituto Nacional de Toxicología descartó, sin embargo, que esa cantidad de alcohol tuviese su origen en la descomposición del cadáver, porque transcurrió «poco tiempo» desde la muerte del piloto hasta su autopsia y posterior refrigeración, «por lo que no se puede admitir científicamente que el alcohol etílico encontrado se debiera a la descomposición».

La Comisión de Investigación apuntó a un fallo de la tripulación como la causa del trágico accidente. Según ésta, la tripulación creyó que se encontraba sobre el mar y el vuelo en los últimos minutos describió varios cambios de rumbo tratando de buscar referencias exteriores o terrestres, obviando la trayectoria de llegada debido a que las condiciones meteorológicas no permitían mantener el contacto visual con el terreno, y volando a una altitud por debajo de lo establecido según los parámetros de seguridad. Determinó, además, que la tripulación reaccionó de forma incorrecta al saltar las alarmas de la aeronave, que acabó estrellándose contra las montañas.

 

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