Toreo de salón

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Mírame a la cara, eso te está diciendo. Míralo a la cara. No tengas miedo. Míralo fijamente a los ojos. Esos grandes ojos negros. ¿Qué ves en ellos? Díselo. No le mientas. Veo la verdad, dices. Veo la verdad de la vida. Veo la muerte. En tus enormes ojos vacíos, le dices, no veo otra cosa que la muerte. Veo mi muerte reflejada. Y el toro te mira entonces con más ahínco, esperando tus palabras finales.

Veo mi muerte, sí, pero solo si tú eres capaz de procurármela. Solo si eres más hábil, fuerte o astuto que yo. Solo si me vences. Si no, en tu cuerpo muerto y tendido en el ruedo veré la vida. En tus ojos muertos veré el resplandor de la vida. Mi vida, no la tuya, sacrificada para que yo siga viviendo. Para que yo siga entendiendo el sentido de la vida, que no es otro que vencer a la muerte, día tras día, minuto a minuto. Todo eso veo ahora en tu cadáver de animal asesinado, le dices sin derramar una lágrima por su destino cruento.

Él sabe a lo que jugaba y tú también. Te dirán que él no te ha buscado. Te dirán que tus ojos pequeños y vivos se han enfrentado a los suyos por tu propia voluntad. Que a él no le conciernen las verdades que tú buscas en el pozo de su mirada insondable. Eres tú quien necesita de ese enfrentamiento para volver a sentirse vivo. Él solo participa a su manera pasiva. Pero tú sabes que no es así.

El destino del animal y el tuyo deben dirimir en cada encuentro su lugar en el mundo. El filo de la espada divide el espacio que os corresponde a cada uno. Los que te reprochan tu crueldad no comprenden que no hay ningún desprecio en tu gesto sino amor. Amor al humano y amor al animal.

El animal no es mi igual. Amo al animal porque no se parece en nada a mí, no comparte mis debilidades y bajezas. Es un ser más perfecto que yo. Cuando veo el sufrimiento humano no puedo sentir lo mismo que cuando veo el sufrimiento animal. Los humanos hemos nacido para la comedia y el melodrama de la vida aunque al final nos enfrentemos a la tragedia de la muerte. El animal no.

Hay algo sagrado en el animal. Algo divino, que los humanos, siendo también animales, nunca conoceremos con esa pureza e intensidad. El dolor del animal es intolerable. Maldito aquel que inflija penalidades al animal, decían los viejos dioses misericordiosos. Yo digo más. Nadie tiene derecho a hacer daño a un animal. Nadie debería maltratar a un animal excepto si se juega la vida en el lance. El precio por torturar a un animal no deber ser otro. La muerte. Esa es la verdad inaceptable de la vida.