Con acento propio

El habla andaluza no sólo es correcta sino que es una de las formas más avanzadas del castellano. Sin embargo, los prejuicios perviven aún dentro y fuera de la región

MARINA MARTÍNEZ| MÁLAGA
Con acento propio

«Has tenío tiempo de hablá de veinte cosas antes que de mi madre; er perro, los sirbíos, mi cara, tu negosio, la hora, las purgas...». Es sólo uno de los comentarios del personaje de Martirio en una escena de la obra de los hermanos Álvarez Quintero 'Ganas de reñir'. Un montaje representado en toda España sin necesidad de subtítulos. Bueno, quizás a la diputada popular Montserrat Nebrera le hicieran falta a la vista de los comentarios que vertió el pasado fin de semana en un programa radiofónico. No anduvo muy fina al ridiculizar a la ministra Magdalena Álvarez. Nebrera aseguraba no entender el acento de la titular de Fomento, para más señas, malagueña. Lo calificó de «chiste». El revuelo fue inmediato. La diputada insistía en que era un malentendido, que se refería al «tono chulesco y barriobajero» de Álvarez. Nadie lo vio así, y su partido le abrió un expediente ante su sorpresa.

No es la primera vez que ocurre algo así. El pasado año, por ejemplo, la también diputada del PP Ana Mato no titubeó al decir que los niños andaluces «son prácticamente analfabetos». Por no hablar de las declaraciones de la ex presidenta del PP en el País Vasco María San Gil, que consideraba que, a los andaluces, «la realidad nacional les suena más a chirigota». O aquella frase del eurodiputado popular Alejo Vidal-Qadras en la que tachaba a Blas Infante de «cretino integral» y «payaso».

Está claro que Andalucía sigue siendo foco de mofa. Los tópicos mandan. Y no sólo en lo que a fiesta se refiere. Eso de asociar el acento del Sur a un bajo nivel cultural sigue siendo algo muy extendido. «Estamos sometidos a muchos prejuicios», comenta el escritor y profesor de la Universidad de Málaga Francisco Morales Lomas, presidente de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios y autor del libro 'Claves del andaluz. Historia de una controversia'.

Falta de información

Prejuicios que se observan tanto dentro como fuera de la Comunidad. El problema es el desconocimiento. Como apunta Morales Lomas, «la mayor parte de los rasgos del andaluz están en el castellano desde el siglo XV». Lo que ocurre es que, desde el siglo XVIII, la Real Academia de la Lengua es la que impone la norma. Y esa norma tira más hacia el norte y el centro, que hacia el sur. Hasta tal punto que ha aceptado el 'laísmo', tan propio de Madrid. No obstante, el andaluz es una forma más de hablar castellano. Y una de las más avanzadas, según Antonio Garrido, doctor en Filología Hispánica y ex director del Instituto Cervantes de Nueva York Por supuesto, tiene sus características propias. El ceceo, el seseo, la desaparición de 'r' o 'l' al final de la palabra ('regulá' en lugar de 'regular') o la relajación de la 'j' son algunos de ellos.

A juicio de Morales Lomas, todo se resume en una «gran vivacidad, economía lingüística y ligereza». Aunque, todo hay que decirlo, no se trata de un dialecto. Más bien de habla, o mejor dicho, de hablas. Así lo entiende el profesor de Lengua Española de la Universidad de Sevilla Antonio Narbona, miembro correspondiente de la Real Academia Española (RAE) en Andalucía y autor de numerosas investigaciones. En su opinión, la razón de esta denominación está en la «diversidad y heterogeneidad» de los andaluces. «Ni un solo rasgo fonético es común a todos», advierte, poniendo como ejemplo cómo la marcada abertura de las vocales finales de los granadinos o los cordobeses choca a otros paisanos andaluces.

No en vano, dentro de la propia región existen diferentes tipos de habla. En general, se dividen en oriental y occidental. Así, según el profesor Morales Lomas, en la franja costera predomina el ceceo, justificado en los procesos migratorios vividos a lo largo de la historia. Por su parte, en el norte de Sevilla y Jaén, por ejemplo, se distingue más la 's', mientras en zonas de Huelva y Cádiz se observa la aspiración sonora de la 'j' entre vocales, caso de 'aho' (por 'ajo').

Y es que cada provincia tiene su peculiaridad. Sin tener por qué ser incorrecta. De hecho, tanto el ceceo como el seseo se consideran válidos. Lo que ocurre es que tienen muy mala prensa. Decir 'ceñorita', en lugar de señorita, no está bien visto. Otra cosa son los vulgarismos, tipo 'amoto' o 'haiga', «que se pueden oír tanto a un andaluz como a un gallego», observa Garrido.

Cambio automático

Sin embargo, como advierte el profesor de Sociolingüística Andaluza en la Universidad de Sevilla Juan Manuel García, «el complejo de inferioridad continúa existiendo, aunque en menor medida». Aunque más que de complejo, habría que hablar de sentimiento, según Narbona. Es lo que hace que muchos andaluces cambien automáticamente su forma de hablar cuando se encuentran con cualquier otro español. De forma casi inconsciente, salen las 's' finales o la 'd' en palabras como 'acabado' -que se pierden en el habla andaluza-.

Una tendencia que ni es necesaria ni recomendable. Como apunta Antonio Garrido, «hay que hablar sin exagerar, ni por exceso ni por defecto, sin caer en el falso hipercultismo, en lo forzado». «Las hablas andaluzas son unas de las formas más avanzadas del castellano en cuanto a recursos y economía lingüística», añade.

No hay más que ver el sinfín de términos que se manejan en los cientos de pueblos de la Comunidad. Eso en cuanto a riqueza léxica. En lo que respecta a la economía, incluso hay fórmulas que ya han importado otros hablantes castellanos, como la caída de la 'd' entre 'a' y 'o' finales -véase 'pescao' o 'empezao'-. Hasta la RAE ya acepta 'bailaor', como 'bailador de música flamenca'.

Sin embargo, este ahorro lingüístico ha sido uno de los enemigos del habla del Sur, asociado por ello así a la pereza. Recuerda Garrido esa frase tan extendida de que los andaluces «son unos vagos, se comen letras». Tópicos que se han ido acumulando en la cultura popular. No en vano, ya en el siglo XV, Antonio Nebrija se topó con la oposición de muchos castellanos, que rechazaban su 'Gramática de la lengua castellana' (1492) por ser andaluz.

Para Morales Lomas, «los andaluces nos manejamos a gusto dentro de nuestra habla en nuestra vida cotidiana. Sin embargo, en ocasiones más solemnes el proceso se invierte, y la comodidad resulta incomodidad. Tratamos de disimular los rasgos del habla andaluza y recurrimos a pronunciar la modalidad castellana. Se cree que la pronunciación de nuestra lengua es peor que la castellana». Cuando, como advierte Antonio Garrido, «ninguna lengua es superior a otra ni hay zonas en las que se hable mejor». «Siempre que no se cometan incorrecciones, cualquier modalidad del castellano es tan válida como otra», destaca.

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