Diario Sur

LA TRIBUNA

La vuelta de Occidente

El término Occidente se crea tras la segunda guerra mundial, en lo que se definió como 'la nueva edad de la historia', con el objetivo de marcar una distancia social, política e ideológica respecto a su opuesto Oriente. A lo largo de los últimos setenta años, las economías de Europa y de la América continental del hemisferio norte han sido las grandes impulsoras del desarrollo mundial, y sus corporaciones, las creadoras de tendencias empresariales y liderazgo en las revoluciones industriales. Desde el proceso de 'reestructuración' o como es conocido mundialmente 'perestroika' de mediados de los años 80, el bloque oriental vio cómo sus estados se desmembraban del núcleo soviético, además de incorporar a sus hábitos los principales fundamentos básicos del modo de vida occidental. Todo este flujo político y social respondía a la demanda de la globalización, la cual trataba de homogeneizar y democratizar a todas las sociedades por igual, llevando a cada rincón del mundo un modo de vida casi común.

Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, declaró hace bien poco que Europa tiene una «crisis existencial»: esta afirmación es extensible a todo el mundo occidental.

Son varios los influjos que acrecientan a la par la pérdida de confianza en el modelo occidental y la mencionada crisis de identidad: en primer lugar, el aspecto económico; los efectos de la crisis mundial aún no han sido del todo corregidos, ya que aunque las autoridades monetarias como el Banco Central Europeo se afanan por trasladar la masa monetaria creada a los ciudadanos, a partir de la compra de deuda empresarial y de los estados, y puesta en manos bancarias de grandes cantidades de liquidez con destino los ciudadanos, las desigualdades sociales son cada día más notorias. En segundo lugar, los avances tecnológicos aún no tienen un impacto real sobre la productividad de los recursos naturales destinados a la subsistencia de la población mundial; siendo Occidente la base del conocimiento, la creatividad tecnológica, aún no tiene su objetivo fundamental la optimización de los recursos básicos de la humanidad. Sí se ha conseguido generar flujo de conexión entre personas, sobre todo en lo referido a las redes sociales, pero la verdadera productividad que debe de ser capaz de 'multiplicar' los pocos recursos para hacerlo llegar a más personas es un apunte en el debe de Occidente. En tercer lugar, la actitud irresponsable de algunos representantes de los ciudadanos occidentales está generando dudas sobre el modelo que ha liderado el mundo en el último siglo; en este sentido, dos ejemplos claros: la campaña política por las presidenciales estadounidense, donde el candidato del 'Grand Old Party' (GOP) multimillonario pero representando las reivindicaciones de los 'blue collars' y clases menos favorecidas, que reclaman un liderazgo más endógeno y excluyente del resto del mundo occidental; o como una mínima mayoría en número pero no en aportación real a la economía británica, que hace que uno de los pilares de la UE caiga de forma estrepitosa, con un 'Brexit' con consecuencias internas para el país y extensibles al resto de la unión, aún por conocer.

Además, en este escenario inequívocamente convulso, el 'nuevo bloque' liderado por China y Rusia sigue trabajando por el establecimiento de un nuevo 'orden mundial'. La estrategia que persiguen se basa en el control de los medios de producción mundial, el control de los recursos energéticos y la deslegitimación de la política internacional del bloque occidental con mensajes destinados a hacer creer que el modelo está finiquitado. Esta estrategia surte efecto parcial, y su último ejemplo se dio hace pocos días con el acuerdo comercial y estratégico suscrito entre Filipinas y China, cancelando de facto el histórico acuerdo entre el país de Asia-Pacífico y Estados Unidos. Tampoco ayuda la falta de cohesión interna en Occidente, donde aún las minorías son más importantes que las mayorías, y como ejemplo el flagrante caso de Valonia, región belga que ha sido capaz ella sola de bloquear un acuerdo transatlántico entre la UE y Canadá.

En esta demostrada pérdida de influencia de Occidente no cabe otra solución que iniciar lo antes posible un proceso de reinvención. La base de esta reinvención debería estar basada en dos elementos: innovación y política de 'motivación'. La innovación es un elemento fundamental, puesto que pone a la imaginación, la formación y la inteligencia en un mismo eje, en pos del bien común. La innovación que Occidente ha aportado al mundo es sin duda la mayor vía evolutiva de la humanidad. Esta innovación debe estar menos orientada al control de las personas y más orientada a la optimización de los, cada día, más escasos recursos naturales. Por otro lado, las políticas de 'motivación' serían la correa de transmisión del nuevo modelo socio-económico, basado en la recuperación de la clase media, la consolidación de valores fundamentales como la cultura del esfuerzo y la posibilidad de disponer de representantes públicos mejor preparados y con mayor vocación por el servicio público y menos vocación por los intereses de sus partidos. Es preciso, además, relanzar el modo de vida occidental, el cual incluso con sus defectos y limitaciones es el que demuestra el mayor valor y aprecio por la vida de sus ciudadanos.

Es sin duda el momento de Occidente, el momento de volver al liderazgo del progreso económico y social a nivel mundial. La nueva generación de líderes occidentales tiene ante sí su reto más importante del último siglo.