Juan José Téllez, el canto feliz a la derrota

Juan José Téllez, el canto feliz a la derrota

Convencido de que la pérdida «puede ser una bandera», lejos de frustraciones, el poeta gaditano elige la compasión y esquiva los ajustes de cuentas: «Adoré los templos y negué a sus dioses»

ALBERTO GÓMEZ

Comenzó a escribir «por una cuestión estratégica». Con 15 años, sin moto de la que presumir en el barrio, Juan José Téllez pensó que «el mejor modo de llegar al corazón de una mujer era un poema». Ahora, cuando recuerda a la chica pero no los versos que le dedicó, se cumplen cuatro décadas desde la publicación de su primer libro, 'Crónicas urbanas', donde el autor gaditano reivindicaba sus orígenes humildes: «Nosotros, poetas de tercera fila, / hemos nacido en los suburbios. / No supimos quién era Ginsberg / hasta veinte años después de 'Howl'». Lleva toda la vida «entre dos bahías», la de su Algeciras natal y la de Cádiz, ciudad de adopción a la que llegó siendo niño, cuando destinaron a su padre, que trabajaba como albañil. Téllez inició su carrera en periódicos y programas de televisión «porque mi familia no nadaba en la abundancia, yo quería ser escritor e, ingenuo de mí, pensé que la mejor manera de ganarse la vida escribiendo era el periodismo».

De la infancia, ese paraíso recurrente entre poetas, Téllez rescata cierta sensación de ternura, de alegría también, «incluso con su gama de grises», aunque desecha la nostalgia como forma de vida y obra: «Dicen que la niñez es la patria del poeta, pero yo prefiero pensar que es el lenguaje». Tal vez porque nació en un hogar de «ilustres analfabetos», hijo único que lleva huérfano demasiado tiempo pero aún es capaz de reconocer el verdadero oro del legado recibido: «Me siento un privilegiado por poder usar la palabra para una de sus misiones más altas, el entendimiento, porque todos, salvo los fanáticos, tenemos un sexto sentido que es común y en ese territorio podemos entendernos aunque nos distancie la religión, la ideología o el equipo de fútbol».

La brecha social ya latía en sus primeros poemas como un zarpazo mal curado, una herida abierta. Por eso reprocha que «aquí / no vale escribir, gritar, sacar la voz / de hombre honesto y decir andan mal / las cosas, ciudadanos, ustedes, / los intelectuales, saben de esto poco: / leen libros, asisten a conferencias, / se les escapa un versito, qué hermoso / y qué tierno, camarada (nosotros / no tenemos tiempo para repasar 'El Aleph')». Sin perder esa conciencia de clase, evidente en toda su obra, Téllez huye de los ajustes de cuentas: «El periodismo me ha salvado de la épica y creo que mis escasos lectores lo agradecen. No utilizaría un poema para transformar una realidad que considero injusta, como tampoco usaría un artículo de prensa para enamorar a alguien».

Con el tiempo, su poesía se vuelve más resistente a las certezas, convencido Téllez de que sólo existe una victoria y resulta inalcanzable, «improbable» al menos: esquivar la muerte. En 'Ciudad sumergida' (1985) escribe: «Hay que decir buenas noches a tiempo, / despedirse de afectos y allegados, / cuando se sabe que el viaje termina de improviso, / que no vale la pena la ira ni el asombro / y son cuatro días, como dijo el sabio, / y amar fue siempre un ave peregrina». Ahora esos poemas le parecen «escritos por otro», un viejo conocido a quien no juzga porque «a quienes fuimos sólo podemos comprenderlos», pero persiste en su obra esa atracción por la derrota, consciente de que la pérdida «puede convertirse en una bandera», lejos de frustraciones: «El arte, y especialmente la poesía, sirve para conocer mejor nuestros propios límites, y eso ahorra muchas facturas del psiquiatra».

Bofetadas de realidad

Porque a Téllez le reconfortan los poemas que sirven «para sentir compasión por alguien que no ha podido cumplir sus sueños o que no se ha atrevido a buscarlos». En 'Las grandes superficies', lanzado en 2010 y distinguido con el Premio Unicaja de Poesía, confiesa esa adhesión a la utopía, a la derrota feliz, sin dramas ni efectismos: «Él quiso tocar con los Ramones / pero actuaba en orquestas de feria o de verbena: / cantaba pasodobles y punteaba boleros / como si le fuese la vida en cada baile». Ahora, con 60 años, el poeta colecciona bofetadas de realidad: «Yo también habría querido tocar con Los Ramones y fracasé en el intento, aunque me gusta la orquesta de feria en la que toco ahora».

En sus libros procura ocultar las emociones inmediatas porque «no hay que estar en la trastienda pero tampoco en el escaparate». Le cuesta elegir un poema que describa lo que sintió cuando conoció su reciente destitución como director del Centro Andaluz de las Letras, institución que comandaba con brillantez desde 2012: «Lo suyo sería una elegía, pero soy supersticioso y prefiero reservarlas para la muerte. Esto es un tránsito». Ahora, confiesa, busca empleo mientras continúa escribiendo, testigo complacido de ciertas victorias «que son derrotas encubiertas», soñando con tocar en una banda de punk pero feliz con su casa a cuestas, en busca de la palabra precisa.

JUAN JOSÉ TELLEZ

Mensaje en la botella

Superé con suerte la era de la infancia,
pero el pasado murió antes de entenderlo.
No he llorado con éxito a menudo,
aunque el amor viniera a verme con frecuencia.

Sufrí tiempos de emociones, guerras de ternura,
viajé por las ideas, me perdí en mí mismo.
Adoré los templos y negué a sus dioses.

Supe que mirar a los ojos del miedo
tampoco iba a servir demasiado.

(Sin título)

No se lamente,
paisano, uno no sabe apreciar
lo que le falta. Hemos
inventado el punk, de una manera
discreta, para no desabrigar
nuestros temores ante el espejo,
para decir a nuestros hijos
que hemos tenido pasado,
para sentirnos menos solos
cuando descorchemos la última
botella en nuestro piso,
el elepé de Sex Pistols, el ácido
y el desayuno con beicon
y naranjas. ¿Qué debía decirte
de la historia, hermano,
decirte del pulso, el anís
y las anfetas?

Él quiso tocar con los Ramones

Él quiso tocar con los Ramones
pero actuaba en orquestas de feria o de verbena:
cantaba pasodobles y punteaba boleros
como si le fuese la vida en cada baile.
Cuando clareaba por fin la madrugada
y barrían la pista de frases manidas y trajes nuevos,
solo en la tarima entonaba a menudo
los primeros acordes de I wanna be sedated.
Soñaba estadios rendidos y colas de muchachas
ante su camerino suplicando un gesto.
Luego volvía al hogar de una esposa cansada
y de un joven que le mira preguntándose por qué
nunca se atrevió su padre a tocar con los Ramones.

La montaña mágica (inédito)

Quimera llaman al país de mi sangre:
una ráfaga de luz sobre los riscos
y esa voz de siglos que sale a recibirme
como un abrazo mineral en cada curva.

Yo nací antiguamente de ese engaño:
el espejismo de unas casas que no existen
más que en la niebla infantil de los trenes
y en el eco en blanco y negro de unas fotos.

A veces vuelven rostros por el río y varea
los olivos una mano familiar, como de nieve.
Hiela entonces en mitad de las palabras
y hay humo de carbón sobre las cumbres.

Ya no me queda magia en los bolsillos
ni una gruta ancestral abre su boca
para que arroje como un lastre mi maleta
y bese el polvo que me aguarda y que fui.

Quimera llaman a la cuna de mis huesos,
a su veterano frío que aún me reconoce
como uno de los suyos, remoto y fugitivo,
oculto en ciudades donde el mar nubla su nombre.

Su montaña me llama a gritos desde antiguo,
como un eco que sonase aún entre mis dudas.
Su oleaje de cimas me llevó hacia el océano.
Su nostalgia de escamas reclama mi regreso.

Ars amandi (inédito)

Del dolor llegaste y con ojos de perra apaleada.
rumor de rabia y lágrimas como rizos.
Volvías en autostop de algún lugar antiguo,
con la cara llena de preguntas.

Si no fuera por el velo de tristura
y las marcas en el gesto de lloverte,
a esa leve brisa en tus velas
quizá supiéramos llamarle esperanza.

País del miedo podía leerse en tu carnet,
aunque yo no fuera el mejor de los remedios.

Te observaba en silencio
morder las balas perdidas.
Había rastro de fango en tus certidumbres
y una rara neblina en el desierto.

No sería sencillo besar tus cicatrices
pero sólo habría una forma de saberlo.

Nuestro mayor obstáculo, nosotros mismos.