Diario Sur

HABLAR Y VIVIR

Andalucía

La semana nos deja materia de análisis sobre Andalucía. No es el lugar de cantar las glorias de nuestra tierra aunque nunca está mal abundar en hechos probados como su inmensa riqueza patrimonial, una de las mayores y mejores del mundo; como la variedad de sus paisajes y la belleza de los mismos; sobre la genialidad de sus artistas en todos los ámbitos; en fin, sería interminable. De todo lo anterior es fácil deducir que Andalucía no necesita falsear su historia ni buscar argumentos para ser lo que es, sustancia de la cultura hispánica, clave del arco de España.

Es un hecho que tanta riqueza es un freno eficaz, un valladar, frente a delirios que han creado un lenguaje -no me refiero a la lengua vernácula que merece todo el respeto y cariño- con argumentos que se concretan en un léxico donde dominan términos como: independencia, derecho a la autodeterminación, diferencia, nación, país explotado por el resto de España, agravio, desigualdad y otros del mismo campo semántico.

En Cataluña existen dos realidades opuestas. La vida cotidiana, por una parte, con sus problemas, que en nada afecta a las relaciones con los que allí llegan y que usa las dos lenguas con absoluta normalidad. La Cataluña oficial, por otra parte, que fomenta los sentimientos de hostilidad con el resto de España y que, si pudiera, prohibiría la lengua de todos. Este es el caldo de cultivo, perfectamente calificable como fascista y despótico, en el que hay que situar el insulto de una señora que, en ese delirio que he nombrado, y con una mala leche notable, permítaseme el uso coloquial, afirma sin descomponerse que muchos niños y adolescentes con problemas que malviven en las calles catalanas son andaluces que esnifan pegamento.

Los nazis se consideraban puros, raza aria en estado de perfección. Construyeron un lenguaje radical. Ellos eran los buenos y los extranjeros, los homosexuales y, sobre todo, los judíos, eran los que amenazaban su utopía. En tono menor, y con Pla riéndose a carcajadas de estos políticos, se lleva años echándole la culpa a cualquiera de las graves deficiencias de los gobiernos catalanes; especialmente se desprecia a los andaluces que han contribuido de manera determinante al progreso de la región. Es algo tan primario y tan burdo. Cataluña, como todas las tierras conocidas, es resultado de mestizaje, de idas y venidas. Renuncian a la universalidad por lo cateto, lo local, lo pequeño.

El lenguaje los delata y al insulto hay que responder sin paños calientes y de manera directa y llamando al pan, pan y al vino, vino. Lo políticamente correcto debilita ante afirmaciones perversas.

Otro tema que toca a Andalucía es uno que se refiere a Podemos. Su máxima dirigente ha declarado que el partido en Andalucía se declara autónomo. Esto no me incumbe. Lo que sí es analizable son las declaraciones del señor Iglesias que define a Andalucía como un «país olvidado».

Una característica básica del discurso totalitario es el dicho «sostenello y no enmendallo», no rectificar nunca aunque lo declarado sea rigurosamente falso. Se trata de mensajes cortos, muy sencillos, pura técnica de mercado, el abecé de la comunicación. En estas declaraciones Iglesias insiste en que cuando los andaluces reclamaban trato de igualdad con las comunidades llamadas históricas, se trataba en realidad de reivindicar la independencia. ¿A quién quiere convencer? Diseccionemos el mensaje. Existe un contenido implícito: España no es una nación, son muchas naciones y hay que favorecer la división y no la unidad. Existe un contenido explícito: Andalucía es una de esas naciones que ha sido olvidada y ahí queda.

La relación causa y efecto es una falacia. No existen argumentos que justifiquen todo lo anterior. Ni Andalucía es un país, en el sentido de estado independiente, ni está olvidado, ni sus habitantes sienten nada de lo anterior. Uno de los lugares comunes que se repite es el alto nivel intelectual de determinados políticos. ¡Ja, ja, ja! Errores de este calibre muestran justo lo contrario. Andalucía es demasiado importante para estar en boca de oportunistas de cualquier laya y de cualquier tendencia política.

Reconozco que el filólogo en este caso se ha dejado llevar un tanto por el apasionamiento pero me parece de justicia desenmascarar las trampas interesadas del idioma aunque sean tan burdas; por desgracia, esta simplicidad es el signo de los tiempos.

En la mañana del jueves escuché a otro prodigio de la política, el señor Rufián, prometo no hacer chistes fáciles, afirmar que las palabras sinvergüenza y traición tienen la misma etimología. ¿Sabe lo que es la etimología? La primera palabra lleva el prefijo sin y el vocablo viene del latín 'verecundia' con síncopa, sonorización y asibilación. Mientras que traición viene de 'traditio' que significa transmisión. La forma culta es tradición, que es la transmisión a través del tiempo de la herencia cultural en sentido amplio. La traición es la transmisión, la entrega pero al enemigo. ¡Ni idea, pero sin despeinarse!