El nombre de la ciudad de Málaga: origen y significado a través de la Historia

La leyenda que aparece en las monedas de bronce que ya bajo dominio romano se acuñaron en la ciudad durante los siglos II y I antes de Cristo, fueron por primera vez reconocidas como de la antigua Málaga en un trabajo publicado en 1801 por el orientalista danés Oluf Gerhard Tychsen

Una de las versiones del nombre fenicio de Malaka que puede verse en la entrada meridional del túnel de La Alcazaba/
Una de las versiones del nombre fenicio de Malaka que puede verse en la entrada meridional del túnel de La Alcazaba
Pedro Rodríguez Oliva
PEDRO RODRÍGUEZ OLIVA

Es verdad que, aparte de la nuestra, hay otras localidades repartidas por el mundo (parece que pueden ser una veintena) que llevan exacto o con variantes el nombre de Málaga; la mayoría son lugares poco conocidos, aunque en el caso de la Málaga de Colombia hay que recordar que con Soatá es cabecera de una diócesis católica; es casi seguro que se llaman así porque quienes las fundaron eran de origen malagueño y cabe suponer que lo que intentaban al nombrar de ese modo a aquellos lejanos lugares era honrar a su añorada ciudad de procedencia y mantener así vivo su recuerdo.

Hay, sin embargo, en Malasia una ciudad cosmopolita y muy renombrada por haber sido durante siglos un gran centro de confluencias comerciales: es la Malaca que da nombre a la península y al estrecho en cuyo borde se ubica. Parece que el topónimo deriva del de un árbol muy característico de aquella zona malaya, hay no falta quien lo cree de origen árabe y llega a emparentarlo filológicamente con nuestra Málaga. Como los documentos eclesiásticos se escriben en latín y el nombre latino de Málaga es Malaca, algún historiador cayó en la confusión de incluir en la relación histórica de los prelados malagueños a alguno de los obispos que dirigieron en el continente asiático esa diócesis de Malaca durante el dominio colonial portugués de aquellas tierras en los siglos XVI y XVII.

Durante mucho tiempo se viene admitiendo por los eruditos en la materia y de modo casi unánime que el nombre de Málaga ha llegado hasta la actualidad deriva del que los fenicios dieron al establecimiento (quizá hacia el siglo VIII antes de nuestra Era, o puede que antes) que aquellos colonos orientales fundaron en torno a la colina donde en el Medievo habría de construirse la fortaleza-palacio de la Alcazaba y a no mucha distancia de la desembocadura de una corriente de agua a la que los musulmanes, siglos después, conocerían como «rio de la ciudad» (Guadalmedina). Evidencia indiscutible es que el nombre de la Málaga de hoy refleja una continuidad de aquella primitiva «Malaka» fenicia a través del latino «Malaca» de época romana y del árabe «Malaqa» con el que se conoció a nuestra ciudad durante toda la Edad Media. El primitivo nombre Malaka (MLK ) se mantuvo, pues, casi intacto en la posterior ciudad romana de Malaca («malacitanus» era el natural de Malaca y «malacitani» los nacidos en la ciudad), y para el que las fuentes literarias antiguas ofrecen las variantes Malaca/Malacha en versión latina y Malaka/Malake en los textos escritos en griego.

La leyenda que aparece en las monedas de bronce que ya bajo dominio romano se acuñaron en la ciudad durante los siglos II y I antes de Cristo, fueron por primera vez reconocidas como de la antigua Málaga en un trabajo publicado en 1801 por el orientalista danés Oluf Gerhard Tychsen. Dicha leyenda, en signario neopúnico y de la que hay que destacar su muy evidente relación con el mundo norteafricano, ofrece versiones distintas: como un nombre trilítero (Mlk) o cuatrilítero (Mu(¿)lk) y es una de esas variantes la que se ha reproducido en grandes letras metálicas en la entrada sur del túnel de la Alcazaba, al pie de la Coracha, para recordar que hasta muy cerca de allí llegaban las aguas de la ensenada en cuyo borde nació la Málaga primitiva. Que el viejo nombre ha pervivido con muy ligeras variantes fonéticas hasta nuestros días no ofrece dudas para quienes practican ese tipo de estudios que algunos denominan como onomástica geográfica, es decir, la toponimia, el estudio y análisis del origen de los nombres propios de los lugares. Y en tal sentido, el caso malagueño ha venido siendo objeto de un profundo debate desde el Renacimiento hasta hoy.

Moneda de Malaka con el nombre de la ciudad.
Moneda de Malaka con el nombre de la ciudad.

En el siglo XVII el padre Martín de Roa, que fue rector del colegio de la Compañía de Jesús de Málaga (centro del que aún queda el recuerdo del lugar que ocupó: la calle «Compañía»), en su libro Málaga. Su fundación, su antigüedad eclesiástica y seglar (1622) se hizo eco de varias opiniones de autores anteriores sobre la etimología del nombre antiguo de Málaga; algunas eran tan pintorescas y descabelladas como aquella que lo hacía derivar del de la «mala Cava», la hija del conde don Julián, el gobernador de Ceuta que colaboró con los árabes en la invasión de la España visigoda, o aquella otra que consideraba al nombre un derivado del de un fenicio que habría sido el fundador de Malaka. El erudito jesuita, sin embargo, entendía que Malaka era una palabra semita que derivaba de un verbo similar al hebreo «malach» en su significado de «reina», como en la lengua árabe donde también la base «m-l-k» se usa para describir a la realeza y por eso se denomina «al rey, Méliq», decía él.

En el siguiente siglo el canónigo valenciano Francisco Pérez Bayer opinaba de modo parecido, aunque añadía que la ciudad tenía el mismo nombre que el de la diosa oriental Malacha cuya raíz procedía del verbo hebreo que significaba «reinar». Es esta la etimología que tanto y durante tanto tiempo ha gustado, la que hacía a Málaga una «reina» entre las ciudades de este litoral mediterráneo. En tal sentido, a mediados del siglo XIX el historiador malagueño Manuel Rodríguez de Berlanga, que aceptaba que la etimología de este topónimo fenicio significaba reina, lo emparentó con el nombre de la diosa oriental Malache («quiere decir reina»), identificando, además, a esa deidad femenina representada en algunas escenas grabadas en espejos etruscos con la cabeza radiada que se ve en los reversos de algunas monedas malagueñas, afirmando que la «inscripción púnica del anverso de estas medallas hará referencia, tanto a Malaca, nombre de la ciudad, como a Malache, que es el de la indicada divinidad.

De donde podrá concluirse, que los fenicios al fundar este puerto de mar le dieron el nombre de esta heroína que era Malache, originaria del oriente, y a la que ellos adoraban». Mas tarde se comprobó que el nombre etrusco de esa diosa de los espejos es Malavisch y que no cabe relacionarla con el mito de los Cabiros de Lemnos como hizo el alemán Eduard Gerhard a quien Berlanga siguió en sus interpretaciones. Además, toda una legión de filólogos y orientalistas -que aceptaban ser éste un topónimo de tipo fenicio- han ido ofreciendo otras versiones entre las que durante mucho tiempo predominó la que en su libro de la Geografía Sagrada (1646) expresara el hebraísta francés Samuel Bochart que aceptó que el nombre Malaka derivaba del verbo Malach (aderezar con sal) significando, pues, algo así como pescado en salazón, y como el geógrafo Estrabón de Amasia a comienzos de nuestra Era había escrito que en la romana Malaca había grandes fábricas de salazón de pescado, con tal argumento la opinión de Bochart tuvo bastante cabida entre los estudiosos del tema.

Opinión distinta fue la de Einrich Friedrich Gesenius (1786-1842) que veía en la palabra un nombre semita (Mala´kat) que significaba taller, fábrica y que el gran filólogo alemán relacionó con los talleres metalúrgicos existentes en la Malaka púnico-romana, actividades estas a las que, según él, debía referirse la imagen de un dios barbado acompañado de una tenaza de forja, similar al greco-romano Hefaistos/Vulcano, que se ve en los anversos de algunas de las monedas acuñadas en la ceca malacitana en los dos siglos anteriores al cambio de la Era. Aceptando como todos los anteriores que el apelativo Málaga era una palabra de origen fenicio, analistas más recientes (E. Littmann, Schulten, Millás Vallicrosa, Solá Solé...) la han ido emparentando con argumentos filológicos de peso con una serie de nombres semitas que vienen a significar cosas como «sitio para el comercio», «factoría», «lugar de escala», «sitio de trabajo»... denominaciones todas que, efectivamente, de un modo u otro coinciden con lo que fue la primitiva Málaga fenicia, un establecimiento comercial en torno a un puerto y abierto a amplias relaciones marítimas. Opiniones distintas son las de quienes quieren ver en el topónimo original una referencia a detalles del paisaje donde la ciudad se sitúa.

En esta línea, Lipinski hizo derivar el nombre de Malaka de la palabra «malaku» que viene a significar algo así como corredor o marcha. Mas en esta línea de relacionar al topónimo con algún rasgo físico del lugar es donde se ha empezado a poner en duda aquella aceptación unánime de que el nombre original de Málaga era de raíz fenicia como le ha venido considerando. En los últimos años algunos expertos no encuentran argumentos filológicos de peso para mantener que el nombre de Málaga sea fenicio (Sznycer); otros (Q. E. Lindberg) han hecho notar que las leyendas de las monedas acuñadas en Malaka con signarlo neopúnico indican las fuertes relaciones de aquella ciudad con las gentes púnicas del Norte de África y su nombre se ha puesto en relación con un topónimo y un hidrónimo nortefricanos conocidos por fuentes griegas que es Malakhath y que como aquél del que derivaría el nombre de Málaga se considera que eran nombres paleomediterrános (Sanmartín), es decir, que ya existían antes de la llegada de los fenicios a Occidente.

Frente a la arraigada opinión de considerar al nombre de Málaga de raíz fenicia también ahora algunos indoeuropeistas (Villar Liébana) han propuesto que el nombre sería el de un hidrónimo (quizá el Guadalmedina) al que así denominaban las gentes autóctonas que habitaban este lugar en el que tiempo después se asentarían los fenicios. Toda una cuestión compleja esta del origen y significado del nombre de nuestra ciudad a la que podríamos añadir otro problema toponímico. Rufo Festo Avieno, que fue un poeta del siglo IV después de Cristo, incluyó en uno de los versos de su Ora maritima unas noticias tomadas de un texto de hacia el siglo VI antes de Cristo en el que se dice que «la ciudad de Malacha con el río del mismo nombre siglos atrás se había llamado Menace (Mainake). Estrabón, el geógrafo griego de principios de nuestra Era al que antes citamos, negaba que Malaka y esa Mainake, que era la más alejada hacia Occidente de las colonias fundadas por los griegos de Focea, fueran la misma ciudad... Pero esto es otra historia.