No solo de pan vive el hombre

Alcántara, María Zambrano, Savater, Schumacher, Marañón, Félix Ovejero... Amigos, compañeros de viaje y maestros que han ido alimentándonos de eso que Lorca reclamaba más imprescindible que el pan

No solo de pan vive el hombre
José Ibarrola
FEDERICO SORIGUERMédico y Miembro de la Academia Malagueña de Ciencias

Por mi especialidad médica, en estas páginas he pontificado desde hace mas de cuarenta años sobre lo que los humanos debemos o no comer. Un tan noble como frágil empeño, pues bastaba un comentario irónico de D. Manuel Alcántara sobre sus 'vicios privados' para que todo el sesudo y científico tinglado se desmoronara. Porque no solo de pan vive el hombre, que así, con esta referencia bíblica, comenzaba Federico García Lorca en el año 1931 la conferencia con la que inauguraba la biblioteca de Fuente Vaqueros, la primera de toda la provincia de Granada. En ella Federico cuenta que cuando Fedor Dostoyevsky estaba prisionero en Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, en las cartas de socorro a su familia sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!». «Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón». Y aquí, en esta tribuna, siguiendo a Lorca (¡menuda compañía!) hablaré de ese otro alimento que tanto necesitaba Dostoyevsky y de la huella imprescindible que algunos de sus cocineros y cocineras han ido dejando en este estomago agradecido. De D. Manuel, por ejemplo, el milagro de su provecta lucidez. De Hannah Arendt y María Zambrano, su renuncia al resentimiento al que tenían todo el derecho. De Manuel Vicent, al que un día le leí que mientras permanezca una panadería abierta bajo las bombas la civilización universal estará a salvo. De Unamuno, en cuyo 'San Manuel bueno y mártir' tantos nos reconocemos. De Schumacher –el economista, no el piloto–, que lo pequeño es hermosos y que solo los necios creen que vale igual un dólar de pan que un dólar de oro. De Savater, al que nunca agradeceremos bastante su valor cívico, pero en mi caso particular, sobre todo, su afición hípica, esa que le llevó a escribir una elegía a Shergar, un purasangre irlandés secuestrado por ETA con la que me salvó de mi juvenil gregarismo progre. De Félix de Azúa y su imprescindible 'Historia de un idiota contada por el mismo', de Popper, del que aprendí que el relativismo puede ser empírico y no morir de contradicción. De Vargas Llosa, liberal en las costumbres, conservador en lo económico, ingenuo en lo político, contradictorio en lo social e ignorante en lo relacionado con la alimentación. Como cualquier Nobel, en fin. De Jorge Wagensberg y sus inacabables aforismos que lo llevaron a la tumba, su ultimo aforismo. De Diéguez Lucena, su amistad y para qué sirve la filosofía. En su caso, por ejemplo, de cómo se puede conciliar la ciencia con la filosofía y contarlo. De Diego Gracia, su concepto de responsabilidad y su magisterio. De Adela Cortina, su lúcida idea de los interlocutores válidos, una condición mínima para la deliberación. De Lain Entralgo, su historia de la medicina y sus honestísimas rectificaciones. De Ridruejo, su coherencia. De Félix Ovejero, su crítica del arte y su resiliencia antinacionalista. De las tertulias en El Flor con los amigos y de las pato-biografías de miles de pacientes, todo, pues las tertulias y las historias clínicas, ponen a prueba la solidez de unas opiniones siempre poco fiables. De Darwin, el cómo se puede sin prisas cambiar el mundo. De Céline, una terrible lección: que ni la belleza ni la cultura impiden ni justifican la maldad. De E. O. Wilson, que podemos aprender mucho de las hormigas, pero que no somos hormigas por mucho que se empeñen los socio biólogos. De Cervantes, que la mejor novela de un autor no tiene por qué ser ejemplar. De Marañón, su humanismo, algo en lo que no está solo pues el humanismo tiene una deuda contraída y no suficientemente reconocida con los médicos humanistas españoles como Cajal, Novoa Santos, Marañón, Laín Entralgo, Rof Carvallo, Castilla del Pino, Diego Gracia. A los científicos de Atapuerca por haber puesto a la paleontología como postre obligado de cualquier mesa bien servida. A mi padre, que leía diariamente con fruición de entomólogo el diario 'ABC' de Madrid. A José Antonio Marina, ensayista excesivo a quien debo la definición de inteligencia como la capacidad de cada cual para negociar con sus propios límites. A Roca Barea, con la que algunos españoles hemos crecido un par de centímetros. A Cajal, por su ejemplo, su sabiduría y su honradez. A Cioran, por la fuerza vital de un pesimismo suicida e ilustrado. A Caro Baroja, que no necesitó ser catedrático para hacer lo que tenía que hacer. A mis hermanos, cuya fraternidad refuerza lo mejor de la socio-biología a la que antes sutilmente he criticado. A Wikipedia, Pubmed y el DRAE, que juntos son lo más cercano a la biblioteca universal de Borges («la especie humana (…) está por extinguirse, pero la biblioteca perdurará»: Borges dixit). A André Maurois cuando nos recuerda que cultura es lo que nos queda después de olvidar todo lo que aprendimos y a Savater de nuevo, cuando nos enseña –y no olvidamos–, que la cultura sirve al menos para pasarlo bien gastando poco. Y hasta aquí hemos llegado, pues ni queremos ni podríamos aunque quisiéramos ser exhaustivos, que una tribuna admite solo 900 palabras, que son menos de las que uno necesita para el agradecimiento de todos estos amigos, compañeros de viaje y maestros que han ido alimentándonos de eso que Lorca reclamaba más imprescindible que el pan. Y no hay emoción más jubilosa que el agradecimiento, ese sentimiento tan cercano a la inteligencia y a la amistad. Esa emoción tan prescindible y por eso tan humana, que una vez que se comienza a practicar a uno le gustaría, como con el enamoramiento, que no acabara nunca. Feliz Navidad.

 

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