Los libros de texto y el derecho a la educación

Los libros de texto y el derecho a la educación
MIGUEL LÓPEZ MELERO y MARCOS A. PAYÁ GÓMEZ

Hace unos días se publicaba el Informe 'El libro educativo en España. Curso 2018-2019', elaborado por la Asociación Nacional de Editores de Libros y Material de Enseñanza (Anele), en el que, entre otras cosas, los editores prevén una caída de más de un 10% de la facturación del sector, que para elcurso pasado fue de 828,8 millones de euros. Según critican, esta situación se debe a la «heterogeneidad de las políticas educativas en las comunidades autónomas» y «las políticas dispares de financiación de las ayudas a las familias», situación que perturba sus planes de renovación de materiales cada cuatro años acordados en la LOMCE. Al mismo tiempo, conocíamos que el gasto en material escolar de las familias para este curso aumentaba un 4% con respecto al curso pasado, con un desembolso medio que oscila entre los 841 y 1.086 euros por estudiante, según el último análisis de la OCU. Un desembolso imposible para muchas familias en España si tenemos en cuenta que, como expone el reciente Informe de Save the Children, el 28,3% de los niños y niñas viven en riesgo de pobreza infantil y casi 700.000 hogares no consiguen cubrir el coste mínimo para poder criar una hija o un hijo en condiciones dignas, asegurando las condiciones mínimas para garantizar un desarrollo adecuado y el bienestar de la niña o del niño.

Ante esta situación, son muchas las comunidades autónomas que vienen desarrollado políticas destinadas a ayudar a las familias con la adquisición de los libros de texto, como es el caso de Andalucía, Navarra y la Comunidad Valenciana, que cuentan con programas de gratuidad en régimen de préstamo para todo el alumnado. En este sentido, solo en el caso de Andalucía se ha destinado para este curso un total de 93,6 millones de euros. Esto nos llevó a pensar que sería una buena ocasión para reflexionar sobre si los libros de texto han de ser el material de aprendizaje por excelencia que utilice el alumnado para construir la cultura escolar o, si bien, esa inversión podría destinarse a otros servicios en la escuela pública (formación del profesorado, bibliotecas escolares, comedores, aulas matinales o diverso material escolar).

Nuestra preocupación, como profesores de Didáctica y Organización Escolar en la Facultad de Ciencias de la Educación de Málaga –supongo que como la del resto del profesorado– es saber qué debe aprender nuestro alumnado y cómo debemos enseñarlo. Para nosotros este es el sentido del currículum escolar, y no es sólo una cuestión académica sino ética, porque el currículum no tiene que ver sólo con los contenidos, sino, fundamentalmente, con cómo se va configurando la personalidad de nuestras niñas y niños, y también de nuestros jóvenes, a través de los mismos y cómo viven todo este proceso en sus escuelas. De ahí que afirmemos que la doble finalidad de la escuela sea aprender a pensar y aprender a convivir a través de los sistemas de comunicación y de las normas y valores que establezcamos en nuestras clases. Lo que tiene que garantizar el profesorado en la escuela no es la verdad absoluta encarnada en su persona y en los libros de texto, sino la construcción de estrategias mentales, generales y específicas, para aprender a resolver situaciones problemáticas de la vida cotidiana, presentes y futuras. O sea, el profesorado debe garantizar un método de indagación e investigación para saber buscar la información necesaria que se requiera en cada momento.

Si esto es así tendríamos que saber si el alumnado de Infantil, Primaria y Secundaria logra aprender a pensar y a convivir a través de los libros de texto y de la voz de los docentes. Únicos, o casi únicos, medios que utiliza el profesorado en su docencia. Esta es la cuestión de nuestra reflexión. Alguien pensará, pero ¿cómo se van a eliminar los libros de texto cuando es el soporte didáctico por excelencia? Por supuesto que el conocimiento y la cultura escolar son imprescindibles, sin ellos es imposible el desarrollo cognitivo y metacognitivo de nuestro alumnado. Los contenidos en la escuela deben representar la cultura y si ésta produce desarrollo ¿cómo vamos a prescindir de ella? Otra cosa muy distinta es que nos planteemos cómo se produce, si se ha de adquirir con el procedimiento, en la secuencia y en la temporalización que dictan las editoriales (las grandes beneficiadas) que establecen en esos libros de texto un modelo económico, político, social y cultural muy determinado, o se ha de construir de manera cooperativa a través de la indagación y la investigación. Por tanto, corresponde a las y a los docentes definir qué tipo de currículum es válido en la sociedad del conocimiento y si los libros de texto garantizan una ciudadanía con capacidad de pensar y de convivir.

En la escuela es común enseñar contenidos generales y enseñar, asimismo, cómo se hacen las cosas. Pero es muy difícil que el alumnado adquiera la comprensión de por qué un conocimiento es importante y otro es secundario, así como el modo de saber emplear lo adquirido en nuevas situaciones, el valor de los mismos y la necesidad de retenerlos. Es 'raro' encontrar escuelas donde los procesos de enseñanza y aprendizaje se construyan a partir del análisis de situaciones reales vividas o conocidas por el alumnado, donde los conceptos, fenómenos, hechos e ideas fundamentales a aprender sean para buscar estrategias que les permita resolver esas situaciones problemáticas. Esta debería ser la aventura curricular que recorriese nuestro alumnado en nuestras clases al transitar de lo que sabe a lo que no sabe, pero que debe saber. Ahora bien, convertir nuestras clases en comunidades de convivencia y aprendizajes, a través de la indagación y la investigación requiere un cambio radical de metodología donde la dinámica de clase no se organice individual y competitivamente, a través de los libros de texto como única fuente de información y la voz del docente, sino de manera cooperativa y solidaria. El alumnado debe aprender que hay otras miradas.

Por todo ello, consideramos que la mejor solución es dotar de buenas bibliotecas a todos los centros educativos, de buenas conexiones a Internet, no de libros de texto al alumnado, para que aprenda que la verdad es una de las cosas más repartidas del mundo y no la encontramos en una única fuente de información. De este modo el alumnado, lejos de ser un mero receptor pasivo de información y normas, aprenderá de manera activa explorando, seleccionando y transformando el material de aprendizaje de manera cooperativa en conocimiento propio. En este construir el conocimiento de manera social radica a nuestro juicio el aprendizaje imprescindible en la escuela pública donde todas las niñas y todos los niños sin distinción de género, etnia, cultura, religión, hándicap o procedencia son importantes porque enriquecen los procesos de enseñanza y aprendizaje. En definitiva, una apuesta educativa que se esfuerza en hacer realidad el sueño pedagógico de Montaigne cuando afirmó que el universo entero fuese el libro de nuestro escolar.

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