Ciberleviatán

MARÍA MAIZKURRENA

Thomas Hobbes escribió su 'Leviatán' en el siglo XVII y José María Lasalle acaba de publicar su 'Ciberleviatán: el colapso de la democracia liberal frente a la revolución digital'. Todo en este libro nos interesa, es decir, nos atañe y debería inquietarnos, preocuparnos y llevarnos a la reflexión. Debo confesar que yo aún no lo he leído, pero sí varias entrevistas con el autor. Así que quiero comprarlo. Si lo compro en papel pago más, pero el objeto es mío y lo puedo prestar, regalar y dar. Si compro el libro digital, no es mío, es de la compañía que me cobra por los datos: ella los suministra y los gestiona y hace todo lo posible para evitar que me salte sus restricciones y me apropie efectivamente de aquello por lo que he pagado. De esto trata el libro de Lasalle: de este mundo en el que se va afianzando un capitalismo que ya no gira sobre la idea de propiedad sino de control de los datos: es el capitalismo cognitivo, con su adelgazamiento del poder político, su neutralización de la democracia y sus monopolios que representan una concentración de poder como no se había dado desde los trusts de finales del XIX.

Desde el estado absoluto de Hobbes la sociedad se ha movido hacia este nuevo Leviatán digital que crece delante de nuestras narices y que nos envuelve y forma parte de nosotros, con su oferta cotidiana de libertad asistida «que sustituye la ley por los algoritmos», dice Lasalle. El mundo se deshumaniza a medida que el cuerpo se retira de la percepción directa de la realidad, sustituido por una realidad virtual de la que cada vez somos más dependientes. «La mayor revolución de la historia se está produciendo ahora», afirma el autor. Y nos propone intervenir para que la técnica no evolucione sola; desarrollar, no una realidad aumentada, sino una humanidad aumentada. Entretanto el Ciberleviatán engorda cada día: ahora que Alexa va a formar parte del sistema nacional de salud británico no sabemos si lo que se ha producido es una operación de control del Estado para que los pacientes reciban información fiable o un suculento regalo de datos.

El problema, creo yo, es que las masas del mundo ni tienen ni pueden tener una actitud favorable a defender una libertad de la que nunca han gozado. Tampoco están en condiciones de distinguir una propiedad que lo es de una que parece serlo, mientras puedan disfrutar de esos bienes que satisfacen sus deseos. Pues como reconocen las corrientes sociales del liberalismo, sin unas condiciones de bienestar material y sin igualdad de oportunidades, la libertad no existe. Dado que venimos de una sociedad en que la libertad ha sido (es aún) de unos pocos, no creo que la mayoría perciba la amenaza del Ciberleviatán. Tirar por la borda el legado de la Revolución Francesa es fácil si no lo conoces. Y es un gran desconocido entre las multitudes de Asia y en el barrio de Carrús, en Elche, por poner dos ejemplos.