Agua va

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

En los restos arqueológicos de la obra del metro en frente de El Corte Inglés han aparecido interesantes vestigios de las conducciones de saneamiento de la Málaga andalusí, formadas básicamente por fosas sépticas que salían desde las letrinas de las casas. Los andalusíes de Malaka, ahora que el nombre está tan de moda por la serie de la tele, ya diferenciaban entre aguas fecales y pluviales, algo que en pleno siglo XXI se considera supermoderno. Pero eso es otra historia, que viene justamente por no estudiar y aprender algo más de la nuestra.

Luego la cosa se complicó, las tramas urbanas se masificaron, comenzó la vivienda en altura y se impuso aquel escatológico aviso de «agua va», que no era otra cosa que la advertencia de un chaparrón de mierda y orines, lanzado a la calle desde cualquier ventana o balcón, si el paseante distraído no se apartaba a tiempo. Claro que aquello como fórmula de gestión del agüita amarilla (gloria a Los Toreros Muertos) no podía durar mucho, so pena de morir ahogados en la misma mismidad; así que hubo que implantar canalizaciones, cloacas y colectores.

En Málaga, el gran hito de la gestión de la primera etapa del alcalde Aparicio fue precisamente dotar de alcantarillado a muchos barrios que aún carecían de algo tan básico. Y no hace tanto de eso.

Pues bien, las ciudades están cada vez más pobladas y todavía no hemos logrado evitar que nuestra basura orgánica acabe contaminando los ríos y, a la postre, el mar. El saneamiento integral en la provincia es un desastre, y los pepitos grillo de Ecologistas en Acción están ahí una vez más para advertir de que hay que acabar de una vez con una injusticia tan absurda. Absurda, digo, porque está la tecnología, está el dinero (ay, el dichoso canon de la Junta) y sólo falta la voluntad política de hacer las cosas bien, que debe ser algo difícil que te cagas, nunca mejor dicho.

No sólo hay que terminar todavía la gran depuradora de Nerja, que es algo digno de pedir prisión incondicional sin fianza (ni letrina en el calabozo) para más de uno; y acometer otros proyectos en el Guadalhorce y el Genal. Lo más deprimente es que, de todas las que están en marcha, el 40% no cumple adecuadamente con su función, por saturación o por falta de equipamiento, y deja salir por el aliviadero mucho más de lo permitido para garantizar la pervivencia de los seres vivos. Como si en pleno siglo XXI todavía siguiéramos gritando por las ventanas aquello de «agua va»...