Celia Villalobos, una mujer que no deja indiferente

De fuerte personalidad, de ideas avanzadas en cuestiones sociales, con una amplia trayectoria, precursora de la transformación de Málaga y envuelta en la polémica. Así es la diputada malagueña

Celia Villalobos, una mujer que no deja indiferente
Ilustración: Felip Ariza
Antonio M. Romero
ANTONIO M. ROMERO

En alguna ocasión, Celia Villalobos Talero (Málaga, 18 de abril de 1949) afirmó que cuando dejara la primera línea política no se iba a dedicar a hacer calceta sino que sería «la mosca cojonera del alcalde de turno». Unas declaraciones con las que dejó bien claro que aunque se marche de la política seguirá involucrada en las cuestiones que afecten a la sociedad y dando guerra desde otras tribunas, como la televisiva, donde empezó a fraguarse su imagen pública allá por los años noventa del pasado siglo como tertuliana de Jesús Hermida. Ahora tendrá más tiempo después de que ayer anunciara que dejará la política cuando a principios de marzo se disuelvan las Cortes Generales. Una decisión que, al igual que ha sido toda su amplia trayectoria y su gestión en los ámbitos local y nacional –nunca pasó por la política autonómica–, no deja a nadie indiferente.

Se va una política de fuerte personalidad que desde 1986 ocupó un escaño en el Congreso de los Diputados por Málaga y bajo las siglas del PP; un partido al que llegó en los años ochenta del pasado siglo, bajo el liderazgo de Manuel Fraga, después de haber coqueteado con movimientos de izquierda en su etapa estudiantil. Durante las diez legislaturas en la Cámara Baja vio pasar por el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo a los presidentes del Gobierno Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez y ocupó importantes responsabilidades como secretaria y vicepresidenta primera de la mesa, el órgano encargado de dirigir las sesiones parlamentarias.

En su dilatada trayectoria política, durante poco más de un año ocupó un escaño en el Parlamento Europeo –en 1994–, aunque lo dejó después de que en 1995 fuera elegida alcaldesa de Málaga. Encabezando la candidatura del PP en las elecciones municipales de ese año obtuvo 15 concejales, se quedó a uno de la mayoría absoluta, mientras que IU con Antonio Romero logró nueve y el PSOE, con Eduardo Martín Toval consiguió 6 actas tras protagonizar los tres, entonces dirigentes con proyección nacional, la llamada 'Batalla de Málaga'. La falta de acuerdo de la izquierda propició que el 17 de junio de 1995 se convirtiera en la primera mujer regidora de la capital de la Costa del Sol y llevó a Romero a declararse 'alcalde moral'. Cuentan que aquel día, la dirigente del PP llegó al pleno con dos discursos: uno por si conseguía la vara de mando y otra por si finalmente se quedaba como líder de la oposición.

Finalmente ocupó la Alcaldía e inició una gestión donde alcanzó acuerdos con la izquierda –ya que no tenía mayoría absoluta– y logró hitos como la aprobación del nuevo PGOU, la construcción del túnel bajo la Alcazaba que mejoró la conectividad viaria entre el este y el oeste de la ciudad, impulsó el Festival de Cine Español, o puso en marcha infraestructuras como el Palacio de los Deportes y del Palacio de Congresos. Además, luchó para que el AVE llegara a Málaga, enfrentándose incluso al Gobierno de Aznar. Bajo su mandato empezaron a sentarse la bases de la transformación de la ciudad.

En las elecciones municipales de 1999 logró una amplia mayoría absoluta en la Casona del Parque, aunque apenas estuvo un año. En abril de 2000 y atendiendo la llamada del presidente del Gobierno, José María Aznar, se convirtió en ministra de Sanidad. En este departamento protagonizó un sonado episodio polémico como cuando en plena crisis por la enfermedad de las vacas locas, recomendó que no se empleasen huesos de vacuno en la preparación del caldo de puchero sino de cerdo. Una frase que le ha acompañado siempre. En 2002 fue destituida como ministra, aunque continuó con su actividad parlamentaria. Años después desveló que tras salir del ministerio le ofrecieron volver al Ayuntamiento: «No volví y no me equivoqué».

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Celia Villalobos, casada con quien fue hasta no hace muchos meses uno de los principales asesores del PP, Pedro Arriola, y madre de tres hijos, continuó su actividad parlamentaria y siguió envuelta en algunas polémicas como cuando fue pillada jugando al Candy Crush mientras presidía una sesión del pleno del Congreso. Asimismo, cuando en una reunión de los grupos parlamentarios se hablaba sobre los contratos de las personas con discapacidad se refirió en varias ocasiones al asunto como «el tema de los tontitos». En otra ocasión gritó y llamó «tonto» a su chófer en las puertas de la Cámara Baja por considerar que tardaba en recogerla e hizo unas declaraciones sobre las rastras del diputado de Podemos Alberto Rodríguez al decir que le daba igual que llevará así el pelo «pero que las lleven limpias para no pegarme los piojos».

Rompió la disciplina de voto para apoyar el aborto y el matrimonio gay

Y es que su naturalidad y locuacidad ha llevado a esta funcionaria del Estado a pisar numerosos charcos, incluso a enfrentarse a su propio partido cuando se han abordado cuestiones sociales sensibles como el aborto o el matrimonio homosexual. En este sentido, Celia Villalobos fue un verso suelto desde sus posiciones alejadas del conservadurismo moral del PP y manteniendo posiciones avanzadas y progresistas en estos asuntos. Así, en varias ocasiones fue multada por romper la disciplina de voto y alinearse con el PSOE en cuestiones sobre la interrupción del embarazo o los derechos del colectivo homosexual.

Villalobos forma parte de aquel grupo de mujeres, donde estaban Isabel Tocino, Ana y Loyola de Palacio, Teófila Martínez, Luisa Fernanda Rudi o Rita Barberá, que al principio de los noventa dio un aire nuevo al PPpresidido por José María Aznar, al que le unió siempre una buena relación, aunque en los últimos años se mostró crítica y distante con el expresidente del Gobierno por su oposición a Rajoy.

La proyección pública de quien fuera pregonera de la Semana Santa de Málaga de 2002 le hizo ser objetivo de la banda terrorista ETA, que intentó en varias ocasiones atentar contra ella, aunque sin conseguirlo.