Reflexión final de una gran feria

Ambiente en el real./Ñito Salas
Ambiente en el real. / Ñito Salas
Pedro Luis Gómez
PEDRO LUIS GÓMEZ

Toda fiesta tiene su final, y hoy llega el epílogo de la Feria de Málaga 2018, una gran feria tanto por participación como por la afluencia de visitantes, pero que en cierta forma ha dejado ya clara la intención de cambiar de modelo por parte de los regidores municipales, algo que desde luego tiene su lógica, porque los parámetros con los que se ideo esta feria nuestra a mediados de los 80 han cambiado y mucho, sobre todo por la existencia de un gran real, ya plenamente acondicionado, y que funciona las 24 horas del día.

Los puntos fuertes de esta feria 2018 han sido, precisamente, el real, que ha tenido una gran actividad, sobre todo de día, y el intento de ordenar, que obtuvo cierto éxito (el que se puede dentro de lo que tiene de desorden la jarana), el Centro. Repito la frase que utilicé en una de mis primeras Cotraferias: hay que buscar un mínimo orden para evitar el desorden, y con las actuaciones, tal como se ha clamado desde estas mismas páginas años pasados, se ha conseguido. Estaba claro que dejando de la mano del destino la feria del Centro a la espera de que muriera, el éxito y tal cosa no iban a lograrse nunca; antes al contrario: quedó presa de descamisados y de todo tipo de especímenes de la jungla del alcohol.

La idea ahora es suprimir las barras y las casetas en el Centro, y tiene su lógica: ¿por qué hacer la competencia a los restaurantes y bares que pagan impuestos todo el año y que aguantan las vacas flacas? Normal. Lo anormal es lo contrario. Que sean ellos los que regulen el espacio para la fiesta, que sirvan y que lo cuiden. ¿Eso significa suprimir la feria del Centro? Para nada, simplemente dotarla de cierto concierto para que la música y el baile sigan sonando.

El real está pletórico. Ahora saldrán muchas novias... pero los que han apostado por el mismo son los que tendrán más participaciones para quedarse con el premio. Se lo merecen. Si hay que poner un pero es el problema de que no existe una mínima disciplina para los caballos y carruajes, campando muchos a sus anchas, y si los equinos no beben, hay muchos jinetes que sí, y eso hay que controlarlo. Enhorabuena sin duda a las empresas de restauración del Centro que han apostado con su nombre y apellidos por el real. Y una última nota: hay que controlar la reventa de espacios de casetas, eso ya no hace falta para 'engordar' los listados, y no conduce a nada nuevo, y sobre todo evitar a los listos que intentan controlar varios espacios a la vez con nombres diferentes.

De los fuegos hay que decir que mejoraron los de los últimos años, aunque sigue el 'pero' de que no se oye la música nada más que en un punto concreto: hay que intentar que al menos en el litoral haya altavoces para poder comprender bien el espectáculo ...

En esta reflexión también tiene un hueco el ciclo taurino, que sin duda llevaba la peor nota de esta feria hasta la corrida de ayer tarde, con la excepcional actuación de Enrique Ponce, genio y figura, y Roca Rey. No está de moda ir a los toros, y eso se ha visto con las pobres entradas (menos ayer, repito) registradas en La Malagueta, quizás también porque para ver algo hermoso y emocionante hay que aguantar muchas horas de tedio. No vienen buenos tiempos para la fiesta taurina, que entre unos pocos (muchos) dentro y otros muchísimos fuera se la están cargando, y mucho que lo siento. Ponce y Roca se encargaron de salvar el ciclo taurino, menos mal, y salieron a hombros.

En fin, sirva esta reflexión final de la fiesta para decir en este último día que, con sus luces y sus sombras, ha sido una gran feria, y para elogiar el enorme trabajo que han realizado el equipo del amplio operativo de fiestas (y cómo no a Limasa, EMT y policía local) que comanda la edil Teresa Porras. Su esfuerzo ímprobo ha servido y mucho. Al César lo que es del César y a Teresa lo que es de Teresa.

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