Cristóbal Toral deshace su maleta en casa

Cristóbal Toral, ante el cuadro ' Retrato del papa secuestrado por 'Daesh'. /ANTONIO GUERRERO
Cristóbal Toral, ante el cuadro ' Retrato del papa secuestrado por 'Daesh'. / ANTONIO GUERRERO

El artista antequerano firma una ambiciosa exposición en el museo de su ciudad con una potente instalación a partir de equipajes reciclados

ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Los cazadores entraron en aquella choza perdida en medio del monte y pidieron un poco de agua. En el interior de la cabaña descubrieron los dibujos de un niño y comentaron a su padre que el chaval podría ir a la Escuela de Artes y Oficios que había en el pueblo. Aquel hombre era carbonero, había sido abandonado por su mujer y se las apañó para comprar una bicicleta BH y que su hijo empezara el curso. Han pasado más de setenta años y Cristóbal Toral está aquí de nuevo, cruzando la puerta del Palacio de Nájera, girando hacia la derecha y entrando en lo que hoy es la recepción del Museo de la Ciudad de Antequera: «Justo aquí estaba la clase. Aquí empezó mi camino, mis primeros pasos de lo salvaje a la civilización».

Ese camino ha llevado a Toral hasta las colecciones del Centre Georges Pompidou, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Guggenheim de Nueva York y la Hispanic Society, entre otras muchas instituciones. Y ahora, justo 40 años después de su última exposición en su ciudad natal, Cristóbal Toral (1940) firma una muestra retrospectiva y al mismo tiempo de actualidad rabiosa, porque un hilo invisible conecta las piezas separadas por cuatro décadas de trayectoria a través de asuntos como las migraciones, la soledad y el peso de la Historia del Arte. Preocupaciones que encuentran un vaso comunicante en un objeto convertido por Toral en fetiche artístico y metáfora visual: las maletas.

Ahí está la potente instalación que da la bienvenida al visitante: más de medio millar de maletas invadiendo hasta los ventanales del patio interior del palacio del siglo XVIII en la plaza del Coso Viejo. «Esto es una imagen de nuestro tiempo. Un lenguaje que en todos los sitios funciona, porque es el mismo idioma. Son los símbolos del viaje», relata el artista antequerano, que por primera vez expone su 'Retrato del papa secuestrado por Daesh'. Pero será ya en el interior de las salas. Antes, la pieza del atrio merece darle unas vueltas. Físicas y mentales. Vamos de la mano de Toral: «Las maletas no están colocadas así porque sí. Están estudiados los colores, los volúmenes, las líneas... Están manipuladas artísticamente para que haya una composición de color».

Y así, las viejas maletas de cartón se apilan junto a los modernos equipajes de fibra, los macutos y los grandes sacos, hacen sitio a paraguas, cochecitos de bebé y paquetes encordados. Y aquí un puente, una puerta para entrar en la máquina del tiempo y viajar hasta mediados de los años 70. Hasta el cuadro titulado 'El paquete' (1975) que descansa suspendido en un fundido en negro en el piso superior que muestra la colección del Museo de la Ciudad de Antequera. El mismo realismo detallista, la misma mirada detenida en quienes abandonan su tierra en busca de una vida y demasiado a menudo encuentran la muerte. Como 'El emigrante muerto' (1975), premiado en la Bienal de Sao Paulo, que sigue enfrentando en el museo antequerano a 'El tren' (1975), que cuatro décadas después mantiene intacto su melancólica evocación de la soledad.

Porque uno de los grandes alicientes, una singularidad única en este proyecto consiste en asistir a la convivencia de piezas de Toral separadas por casi medio siglo y unidas por su potencia visual y su coherencia conceptual. Sucede de nuevo con las manzanas, otro de sus iconos particulares, pintadas desde los años 60 y aquí presidiendo la última sala del museo antequerano con el 'Tríptico de manzanas en el espacio' (2018). Manzanas, paquetes y maletas repartidas por las zonas de tránsito del palacio que convierten la exposición 'La pintura como testigo' en una gozosa invasión pacífica del todo el edificio a través del proyecto inaugurado este miércoles que cuenta con la colaboración de la Fundación Unicaja, DCoop, Grupo Antequera Golf y 'El Sol de Antequera' y que podrá visitarse hasta el 26 de abril de 2019.

ANTONIO GUERRERO

«Cristóbal Toral siempre está con los humildes, con los jóvenes, con los desfavorecidos. Cristóbal consigue que el realismo sea moderno. Es un realismo imaginativo, no es copiar la realidad», sostiene el comisario de la exposición, Carlos García-Osuna. Un autor saludado por el alcalde de Antequera, Manuel Barón, como «el genio universal de la producción pictórica» que ahora regresa a su ciudad. «Es un orgullo que tu Antequera acoja desde hoy una exposición tuya», remató Barón.

Y regresa Toral con un equipaje no sólo retrospectivo, sino también presente. Porque el artista muestra por primera vez en público su 'Retrato del papa secuestrado por Daesh'. La escena muestra a Benedicto XVI prendido por dos personajes con capuchas negras y, tras ellos, un fondo neutro. «Quería jugar con el tremendo contraste entre el salvajismo de los yihadistas y la paz que transmite el papa, entre el blanco de la sotana y el negro de sus caperuzas», ofrece Toral, que planteó esta pieza como respuesta a una idea que le sobrevolaba la cabeza: «Si esta gente pudo derribar las Torres Gemelas de Nueva York, quizá podrían secuestrar a un papa».

Entonces el artista gira 90 grados a la derecha y presenta otra de las grandes novedades de la exposición: el tríptico 'La ejecución' (2018), que muestra el proceso que sigue una figura borrosa hasta degollar a un anónimo secuestrado de mono naranja. Más muerte, más maletas, en la reinterpretación que Toral hace de 'La isla de los muertos', el clásico simbolista pintado por Arnold Böcklin en 1880 y aquí llevado por el antequerano a su terreno de compromiso social y exigencia estética.

Porque repite Toral que un artista tiene que ser «testigo de su tiempo», que debe enarbolar la bandera del «compromiso»; pero claro, con la otra mano debe sostener el pincel y la mirada, porque si no la obra deviene en panfleto si no guarda en su interior un valor artístico propio.

Es el viaje que aquel niño empezó en una bicicleta BH hasta llegar a los principales museos del mundo, la vida que Toral contó en sus memorias tituladas 'La vida en una maleta' y que dedicó a quien, quizá, haya tenido presente en cada cuadro ganado al destino, en cada éxito arrebatado al infortunio dictado desde la cuna: «A mi padre, carbonero de prestigio».

 

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