Los clásicos

El más antiguo de los tres locales es La Quiniela, entre el arroyo Granadillas y el paseo marítimo. :: sur/
El más antiguo de los tres locales es La Quiniela, entre el arroyo Granadillas y el paseo marítimo. :: sur

De la Cala del Moral a Torre de Benagalbón nos encontramos con tres locales que perviven en el tiempo desde los años sesenta y setenta

MIGUEL ÁNGEL OESTERINCÓN DE LA VICTORIA

Si un joven espectador le preguntara a un viejo cinéfilo por tres clásicos incontestables con los que acercarse al cine clásico por primera vez, el cinéfilo podría decirle que 'Ciudadano Kane', 'La Diligencia' y 'Casablanca'. Aunque si le preguntáramos a otro, seguramente respondería otros tres títulos, por ejemplo: 'Matar un ruiseñor', 'Cantando bajo la lluvia' y 'Vacaciones en Roma'. Y así sucesivamente. Algunos coincidirían, por supuesto, pero con seguridad los títulos variarían sin perjuicio para el espectador, porque si una cosa tienen los clásicos es que nunca fallan, o no suelen hacerlo. De la Cala del Moral a Torre de Benagalbón nos encontramos con tres clásicos, tres locales que perviven en el tiempo desde los años sesenta y setenta, cuando ni siquiera existía el paseo marítimo, cuando se podía pescar y los pescadores vendían a los restaurantes los pescados recién cogidos, totalmente frescos.

El más antiguo es La Quiniela, de 1964, que se sitúa entre el Arroyo Granadillas y el paseo marítimo. En realidad, la mayoría de la gente lo conoce como Puente Romano, en una clara alusión irónica al de Marbella. «Fue ocurrencia de un grupo de clientes que se pasaban desde la mañana a la noche en el local, y claro, el nombre se ha extendido», cuenta María, hija de los dueños, que nació aquí, y que como el resto de sus cuatro hermanos trabaja en el chiringuito, y remata: «A veces este grupo de clientes llegaban antes que el personal e incluso uno de ellos hasta pintó un cartel». Luego está Los Campanillas, de 1980, que antes, en 1970, era la Marisquería Rojano. Los hermanos que llegaron de Campanillas ya trabajaban en el Rojano y como todo el mundo lo llamaban por el lugar de procedencia, cuando se hicieron con el local decidieron cambiarle el nombre para hacerlo más reconocible. En los setenta y ochenta era una simple casa mata de pescadores, con patio de cañizo y «cuando subía la marea entraba el agua en el patio», dice Emilio, camarero que lleva allí toda la vida. «En 1984 se reforma y ya es como lo ves ahora», explica Carmen Toro, sobrina del fundador, y en estos momentos una de las cocineras del restaurante. Al lado de este sitio está el que se conoce como el Flores, cerca de la antigua estación de tren del Rincón, ubicado entre un Burguer King y un Chino, que data de 1988, aunque en un primer momento fue un Bar Quitapenas. El dueño, Juan Carlos Muñoz, que lleva treinta años al frente del negocio recuerda cómo le llevaban el pescado vivo, recién cogido, y advierte: «aquí estamos, resistiendo el temporal, porque la venta ya no es la misma». Para él, desde la construcción del paseo, la zona apenas ha cambiado.

«Mi abuelo Jaime acertó la quiniela y decidió montar el local», cuenta Julio Seguro, espetero desde hace 28 años, que explica que el único secreto para un buen espeto es la calidad del pescado, porque en el espeto no hay trucos. La temporada de La Quiniela (o Puente Romano como se le conoce) comienza en Semana Santa y termina en diciembre, en el puente de la Inmaculada. «Yo soy de Málaga, pero descubrí el sitio por un amigo de Madrid que veranea aquí y me he hecho adicto porque fríen el pescado como Dios», confiesa Manolo. «Somos familia, pero nos llevamos como el perro y el gato a la hora de la bulla», dice, con una media sonrisa, Antonio, aunque se le conoce como el Francés. María, que no concibe la vida sin el local, como los demás hermanos, cuenta que la pregunta del verano es cómo fríen las berenjenas.

El trato es familiar, cercano, María se sienta a la mesa para tomar la nota, al tiempo que habla amigablemente con los clientes, muchos la conocen, «porque si vienes repites», afirma un cliente que cena con la familia. Si La Quiniela no acepta reservas y te van apuntando en una pizarra a medida que uno llega, en Los Campanillas no le pasan comandas a la cocina, sino que todo está cantado, una forma estupenda de ejercitar la memoria. «La gente que no está acostumbrada se queda con la boca abierta», informa Carmen, 'la multiusos', según advierte su prima Saray, que trabaja de camarera y comenta que lo de cantar las comandas «es una locura, aunque es mucho más rápido». Emilio recuerda que antes, en lo que era la vía de tren y ahora es el paseo, pasaba la carreterilla y los coches aparcaban en plena puerta del merendero y montaban las mesas en plena playa, en la arena, «y no una, por lo menos 60», concluye. Blanca, que conoce estos sitios porque es de la zona y se está comiendo un boquerón vitoriano, «¿ves cómo están unidos por la cola?, así se fríe el boquerón», zanja. Tanto Los Campanillas como el Flores tienen acceso por el paseo y por la carretera. Paco, que es un habitual de estos lugares apunta que «la gente joven prefiere una hamburguesa al pescaíto frito». Y es que precisamente estos chiringuitos de toda la vida son una ventana abierta a la tradición de Málaga, a sus sabores y olores. Los tres son sitios modestos, humildes, sencillos, despreocupados por la decoración y centrados en la materia prima. Sitios familiares, pues en ellos trabaja la familia y amigos desde hace años, que se preocupan por el trato afable, que desprenden un encanto único, cada uno a su manera, pero, que como les sucede a los clásicos, no suelen defraudar, y han sabido mantener la esencia durante estas décadas.