Ayo, el indio de Nerja

Ayo sigue haciendo las paellas con fuego de leña, a la vista de todos./
Ayo sigue haciendo las paellas con fuego de leña, a la vista de todos.

MIGUEL A. OESTE

Hace más de 30 años 'Verano azul' revolucionó la televisión y el pueblo de Nerja. La influencia de la serie sigue presente en cada rincón de la zona: el Paseo Marítimo Antonio Mercero, la ruta turística que en la actualidad hace Tito (el pequeño de la serie). y sobre todo la figura de Ayo con su chiringuito en la playa de Burriana y su paella («Está buenísima», dice Piraña; «Francamente buena», ratifica Tito, en el capítulo 3, titulado 'Pancho Panza', en el que le roban a Ayo su yegua blanca y tiene un pequeño papel). Todavía hoy muchas personas van a ver a Ayo, a hacerle y hacerse fotos con él (no menos de cien diarias). Todavía hoy, con más de 70 años, sigue al pie del cañón, con el pelo largo como salía en la serie, aunque ahora ya está blanco, sus ojos claros, la mirada honesta. Todavía hoy parece un indio, uno sabio, que habla con humildad y cercanía y tiene un amplio concepto de la amistad.

Wulf Berg, alemán de 70 años, primer guía turístico de Nerja, recuerda que conoció a Ayo cuando vendía refrescos en una bicicleta de la que tiraba un carro y, dicho esto, se deshace en elogios hacia él: «No he conocido a nadie con su corazón ni tan trabajador. Alimenta a toda la familia». Cuando Wulf llegó en 1967 no había nada, «sólo rocas y arena», y siempre estaba buscando sombrillas, coca-cola, lo que fuera, para sus turistas. «Yo traía grupos de turistas alemanas y la Guardia Civil las controlaban porque estaba prohibido el biquini, besar en la calle.».

Una década antes, en 1957, a Ayo lo llamaban el loco del pueblo porque corría carreras de atletismo: «Cuando vieron que salía en el 'Marca' ya empezaron a pensar que no estaba tan loco», recuerda. Siguió compitiendo y ganando carreras hasta los sesenta, hasta que montó el merendero La Parrala 'Ayo' en 1969, en una ubicación distinta a la actual, en plena playa, como se observa en los capítulos de la serie 'Verano Azul'. «Antonio Mercero venía buscando un chiringuito que estuviera todo el año abierto, que tuviera gente y coincidió que su flor favorita era la buganvilla, que cubría el chiringuito», cuenta Ayo mientras algunas personas lo saludan. Por lo demás, Mercero fue cautivado por una persona con el pelo largo recogido con una cinta y una sueca (la ex mujer de Ayo) que estaba en la caja y el ambiente de buenas vibraciones que desprende el lugar. En 1989, con la reforma del paseo, el merendero, que estaba en una zona de Costas, se trasladó más arriba, «con lo que mejoró la playa y el chiringuito», explica Ayo. Pero el sitio conserva la esencia, como dice Alfredo, un cliente, «es el típico chiringuito de toda la vida, el suelo de arena, el cañizo, el buen rollo».

En la actualidad, hay una zona de parras y otra de cañizo, en los aseos femeninos una foto de Lola Flores, en los masculinos una de Camarón, desde las 13.00 a 17.00 horas, las 127 mesas del Ayo están ocupadas, y el personal, unas cincuenta personas, rinde a pleno pulmón. Y es que el local funciona como el primer día, «la calidad de las paellas y de los demás platos no ha bajado», asevera Wulf. En este chiringuito todos los días se cocina paella y lo más importante, «se vende aunque llueva», confirma Ayo, que continúa: «Me di cuenta de que el turista tiene muchos tiempos muertos y que al hacer la paella se entretenían». Así empezó. Hoy, además de seguir siendo el plato estrella (un domingo pueden servir más de 2.000 platos de paellas), Ayo y sus trabajadores siguen con el ritual de hacer las paellas con fuego de leña, a la vista de todos, un espectáculo en el que los clientes no dejan de tomar fotos y de repetir, porque uno puede repetir paella por el mismo precio.

Por eso, para no quemarse, Francisco Ortega, que ese es su verdadero nombre, «aunque todo el mundo me conoce por Ayo porque cuando era niño finalizaba todas las palabras con esa terminación», lleva en las piernas cartones y calcetines largos, como si fueran espinilleras de futbolista. En un momento en el que llaman a Ayo para encargarse de algo (todo se le consulta), se acerca Julio Vega, bailarín de clásico español, que actúa los miércoles desde hace 14 años en el local y que me dice: «Mucho sacrificio le ha costado a Ayo esto. Sacrifico y misericordia con todo, porque tiene mucha gente a su cargo». Sea como sea, para Ayo todo el mundo es importante, se nota en el trato que tiene con sus empleados y con las personas que pasean y lo llaman para saludarlo o preguntarle cualquier cosa. Él tiene tiempo para cada uno. «Hay que cuidar las cosas y las personas. Entonces todo marcha», comenta. Por eso, por mucho trabajo que tenga, se detiene con quien le pregunte para darle información o lo que necesite; por eso, aunque en invierno el trabajo baje mantiene todo el personal contratado durante todo el año; por eso, el lugar está impregnado del espíritu de Ayo al que le gusta el olor del fuego y la paella. y el chiringuito que es su vida. Y es que el sitio, al igual que era el punto de encuentro de la pandilla de la serie, sigue siendo el chiringuito más emblemático del pueblo, porque como dice con una sonrisa Vanesa, una clienta: «El Ayo es un clásico, el de 'Verano azul'».