¡Cursi, más que cursi!

Francisco Silvela disecciona en un pequeño libro las características de los modales afectados y del mal gusto tan vigentes en la actualidad

ANTONIO GARRIDO
GRUPO. Jorge Loring, Francisco Silvela, Manuel Rodríguez, Lalo Loring y Amalia Heredia. / SUR/
GRUPO. Jorge Loring, Francisco Silvela, Manuel Rodríguez, Lalo Loring y Amalia Heredia. / SUR

LA palabra 'cursi' es muy gráfica pero de origen incierto; veamos algunas hipótesis. Origen latino con el sentido de lenguaje corriente y que puede ser entendido por todo el mundo pero con el objetivo de parecer refinado. Una de las etimologías más curiosas es la que afirma que la palabra procede del apellido Sicour leído al revés. Los Sicour eran una familia que vivía en Cádiz en el siglo XIX y las hijas eran un modelo de esnobismo y de afectación. Corominas ofrece otro origen, según el que, la palabra procede del árabe de Marruecos y de él pasó al habla andaluza. En origen 'kúrsi' es personaje importante y de ahí evolucionaría a presuntuoso y al uso que se le ha dado en español.

Ramón Gómez de la Serna escribió sobre lo cursi y lo definió como lo afectado, pretencioso, remilgado, recargado, falsamente elegante y, en definitiva, ridículo. Curiosamente el escritor tenía una clara tendencia a coleccionar objetos que se pueden calificar de cursis sin temor a errar. En el habla actual la palabra hortera le ha ido ganando terreno al término cursi hasta el extremo de que ambos términos son casi sinónimos; de manera que lo que escribe Silvela se puede aplicar con propiedad a los horteras que tanto abundan en todos los terrenos.

Para Silvela lo cursi es lo opuesto a la belleza y su breve tratado se plantea como un «Arte» que permite distinguir a los cursis de los que no lo son; estos últimos son los «filócalos», los amantes de ese ideal de equilibrio, de ponderación, de justeza que se pone en paralelo con las formas contenidas de expresión, las que huyen de los epítetos casinos por repetidos. La categoría de lo cursi y sus cultivadores se han dado como una constante de las sociedades, sean estas las que fueren y, además, en todos los tiempos.

Cursis y horteras los ha habido siempre; es inevitable que el que llega a disponer de dineros quiera imitar a los que considera sus ideales; claro está, que estos tampoco se libran de la enfermedad porque, quizás, la elegancia y el sentido del gusto tienen algo de innato que después se cultiva con el paso del tiempo y con una formación adecuada. No es que el dinero no sea importante pero se puede ser «filócalo» sin ser rico.

El «Arte» se divide en dos partes; la primera se dedica a determinar los criterios que separan el buen del mal gusto y la segunda es un divertido Reglamento para el gobierno del club de los «filócalos». Es preciso señalar que el opúsculo del que fuera varias veces presidente del consejo de ministros se adelanta a investigaciones como la de Gillo Dorfles en 'El Kitsch. Antología del mal gusto'.

Igualdad por abajo

La RAE ofrece tres acepciones de cursi; persona que presume de fina y elegante sin serlo; cosa que con apariencia de elegancia o riqueza es ridícula y de mal gusto y, la primera acepción, la que se refiere a artistas y escritores y a sus obras en las que no alcanzan refinamientos expresivos. Tenemos tres términos emparentados estrechamente: cursi, hortera y kitsch, claro que con sus matices, pero de fácil comprensión.

Nuestra cultura que es igualitaria por abajo nos lleva a ser todos igualmente horteras y cursis, con lo que esta categoría se vuelve general y canon; de manera que lo elegante quedaría asumido en el empalagoso océano de la cursilería de la que tantos ejemplos podemos ofrecer: las telenovelas, los programas en los que las parejas cuentan sus intimidades, Gran Hermano, El Tomate, las películas de Navidad con Santa y el reno, la moda egipcia, la moda china, la moda india, me refiero a la que llega a los grandes almacenes en fechas previstas, los artículos de determinados columnistas, el lenguaje político en general, los enormes televisores de plasma para salones muy pequeños, la ostentación de los nuevos ricos como siempre, los leones de piedra artificial en las entradas de los enormes chalés de los nuevos ricos, las camas con dosel de encaje, los platos enormes para ridículas porciones de alimentos, el universo Barbie y, sobre todo, los que van de cultos con lenguaje incomprensible y poses de superioridad cateta.

Silvela es muy ponderado en lo que se refiere al canon, al modelo a imitar, se basa en la sencillez, en el equilibrio y, sobre, todo en la busca de un estilo personal, que no tiene que ser necesariamente original. El autor huye de la igualdad en el mal gusto. Su libro está, además, muy bien escrito. No es poca cosa.