Diario Sur

LA TRIBUNA

Alameda Principal

La vida en común provoca un incremento sustancial de actividades sociales y económicas, y se manifiesta en la presencia, cada vez más necesaria, de una acuciante y compleja trama vial íntimamente ligada a su desarrollo vital. La funcionalidad de las vías urbanas se jerarquiza de acuerdo al uso dominante en cada una; los variados gremios artesanales y servicios las ocuparon con modalidades adaptadas a la época. Ciertas calles y plazas, por diversos motivos, alcanzaron un relevante uso público hasta el punto de adquirir la condición de icono de la aglomeración correspondiente y, como tal, gozar de los privilegios de las instituciones públicas competentes.

El casco intramuros de la Málaga musulmana constituye un conjunto abigarrado con escasa jerarquización de vías y edificios; se salvan de la monotonía las mezquitas y algunas residencias. A últimos del siglo XV, fin de la ocupación musulmana, transcurren dos siglos de escasa alteración del tejido urbano; algunas rectificaciones de alineación, de poca entidad: las actuales calles Granada, Cister, Compañía y Plaza de la Constitución y las aperturas de la calle Nueva y puerta del mismo nombre en la muralla.

En la primera mitad del siglo XVIII, la sociedad malagueña se moviliza, los aires de renovación trascienden a diversos sectores de la actividad urbana, afectando, entre otros, a la estructura vial del casco central. Se reanudan las obras de la Catedral, se derriban las murallas, se mejora la infraestructura portuaria. La economía malagueña apunta un incipiente desarrollo.

El XIX supuso la eclosión de la Alameda como primordial escenario de relevantes acontecimientos sociales y residencia predilecta de conocidas familias. En una de ellas se alojó, en 1810, José Bonaparte. La visita a Málaga de Isabel II, en 1862, motivó su embellecimiento con fuentes artísticas; su denominación de Salón Bilbao fue consecuencia del triunfo del general Espartero al romper el asedio de esa ciudad durante las guerras carlistas. Perdió el protagonismo ciudadano con la apertura del Parque y de la calle del Marqués de Larios. Su papel de primera estrella vial fue languideciendo hasta convertirse, en nuestros días, en una real estación de autobuses. Causa tristeza contemplar la degradada visión actual del paseo. De ser la vía mimada de la ciudad, orgullo del tejido urbano, se ha trastocado en calzada de paso, no de paseo, ocupada íntegramente por vehículos a motor, sede de incontables paradas de autobuses, con peligrosas aceras a dos niveles y vulgares establecimientos comerciales.

Ha llegado la hora de que una vía de tan rancio abolengo, intermedia entre el centro histórico y el nuevo sector urbano de la margen derecha del Guadalmedina, goce de la merecida atención de la ciudadanía e instituciones y recupere, en justicia, el esplendor pasado. Fue residencia y paseo exhibicionista de lo más elitista de la incipiente burguesía local y centro neurálgico de la ciudad a pesar de su encorsetamiento entre la antigua Acera de la Marina y el barrio del Perchel.

Con la naciente necesidad ciudadana de movilidad y el incremento de las actividades sociales y mercantiles, los inicios del siglo XX suscitaron un cambio radical de la sociedad que afectó profundamente al protagonismo urbano de la Alameda, diluyendo su ancestral carácter de remanso romántico, acentuado por la apertura de la calle del Marqués de Larios, la terminación del Parque y el inicio de la zona residencial de la Caleta. La presencia de paradas de la red tranviaria y la incipiente de autobuses aceleraron el proceso. La futura terminal de Metro-Málaga en el lateral norte de la Alameda, esquina a la calle Torregorda, demanda su peatonalización. La actual del tren de cercanías de Renfe, en las proximidades de calle Linaje, acentúa la necesidad de una remodelación urbana y del tráfico en sus proximidades en la que, forzosamente, se han de incluir nuevas ubicaciones de las paradas de autobuses urbanos que tanto estorban a la circulación en general.

Este nuevo medio de transporte subterráneo, por supuesto, es bienvenido no sólo por facilitar la movilidad ciudadana y aligerar el tránsito superficial sino por la obligada necesidad de remodelar la Alameda, tristemente olvidada en los últimos tiempos, con una solución ajustada a la realidad actual, aunque suponga el olvido de un nostálgico romanticismo.

El eje urbano delimitado entre las rotondas del general Torrijos y poeta Manuel Alcántara es, metaforicamente, la columna vertebral de la ciudad. La eliminación del tráfico de la zona central de la Alameda Principal disminuye, e incluso anula, la esencia del citado eje sin posibilidad de una eficaz alternativa. Es muy improbable que en Barcelona y Madrid se promueva el troceo de la circulación de las vías Diagonal y Castellana.

La exclusividad de uso peatonal de la calzada central de la Alameda conllevará, con seguridad, un incremento de la circulación móvil de las calzadas laterales de la misma y de las vías próximas, ya de por sí sobrecargadas, y a un cierto incremento de la peligrosidad ciudadana al intentar acceder al paseo central. Sin embargo, la habilitación para paseo de esas calzadas supondrá una gran mejora ciudadana y un verdadero beneficio para las edificaciones colindantes.

En síntesis, el retorno a la romántica pasarela exhibicionista en que se había tornado el centro de la Alameda no es recomendable actualmente por los cambios sociales y las inaceptables consecuencias que acarrearía al tráfico del resto de las próximas vías. Este gran espacio ciudadano se trocaría en una isla rodeada de intensos fluidos circulatorios. Sin embargo, el mantenimiento en su actual uso beneficiará la peatonalización de las calzadas laterales, supondría una gran mejora de la vida ciudadana, aunque sea a costa de la nostálgica ilusión de reanudar el uso peatonal de la Calzada Central de la Alameda.